MAGISTERIO

My Photo
Name:
Location: Valencia, Malvarrosa, Spain

Wednesday, January 27, 2010

Jornada Mundial de la Paz 2010 (Benedicto XVI)

Mensaje de S.S. Benedicto XVI para la Jornada Mundial de la Paz 2010
Martes 15 de diciembre de 2009

SI QUIERES PROMOVER LA PAZ, PROTEGE LA CREACIÓN

1. Con ocasión del comienzo del Año Nuevo, quisiera dirigir mis más fervientes deseos de paz a todas las comunidades cristianas, a los responsables de las Naciones, a los hombres y mujeres de buena voluntad de todo el mundo. El tema que he elegido para esta XLIII Jornada Mundial de la Paz es: Si quieres promover la paz, protege la creación. El respeto a lo que ha sido creado tiene gran importancia, puesto que «la creación es el comienzo y el fundamento de todas las obras de Dios», [i] y su salvaguardia se ha hecho hoy esencial para la convivencia pacífica de la humanidad. En efecto, aunque es cierto que, a causa de la crueldad del hombre con el hombre, hay muchas amenazas a la paz y al auténtico desarrollo humano integral – guerras, conflictos internacionales y regionales, atentados terroristas y violaciones de los derechos humanos–, no son menos preocupantes los peligros causados por el descuido, e incluso por el abuso que se hace de la tierra y de los bienes naturales que Dios nos ha dado. Por este motivo, es indispensable que la humanidad renueve y refuerce «esa alianza entre ser humano y medio ambiente que ha de ser reflejo del amor creador de Dios, del cual procedemos y hacia el cual caminamos». [ii]

2. En la Encíclica Caritas in veritate he subrayado que el desarrollo humano integral está estrechamente relacionado con los deberes que se derivan de la relación del hombre con el entorno natural, considerado como un don de Dios para todos, cuyo uso comporta una responsabilidad común respecto a toda la humanidad, especialmente a los pobres y a las generaciones futuras. He señalado, además, que cuando se considera a la naturaleza, y al ser humano en primer lugar, simplemente como fruto del azar o del determinismo evolutivo, se corre el riesgo de que disminuya en las personas la conciencia de la responsabilidad. [iii] En cambio, valorar la creación como un don de Dios a la humanidad nos ayuda a comprender la vocación y el valor del hombre. En efecto, podemos proclamar llenos de asombro con el Salmista: «Cuando contemplo el cielo, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que has creado, ¿qué es el hombre, para que te acuerdes de él, el ser humano, para darle poder?» (Sal 8,4-5). Contemplar la belleza de la creación es un estímulo para reconocer el amor del Creador, ese amor que «mueve el sol y las demás estrellas».[iv]

3. Hace veinte años, al dedicar el Mensaje de la Jornada Mundial de la Paz al tema Paz con Dios creador, paz con toda la creación, el Papa Juan Pablo II llamó la atención sobre la relación que nosotros, como criaturas de Dios, tenemos con el universo que nos circunda. «En nuestros días aumenta cada vez más la convicción –escribía– de que la paz mundial está amenazada, también [...] por la falta del debido respeto a la naturaleza», añadiendo que la conciencia ecológica «no debe ser obstaculizada, sino más bien favorecida, de manera que se desarrolle y madure encontrando una adecuada expresión en programas e iniciativas concretas». [v] También otros Predecesores míos habían hecho referencia anteriormente a la relación entre el hombre y el medio ambiente. Pablo VI, por ejemplo, con ocasión del octogésimo aniversario de la Encíclica Rerum Novarum de León XIII, en 1971, señaló que «debido a una explotación inconsiderada de la naturaleza, [el hombre] corre el riesgo de destruirla y de ser a su vez víctima de esta degradación». Y añadió también que, en este caso, «no sólo el ambiente físico constituye una amenaza permanente: contaminaciones y desechos, nuevas enfermedades, poder destructor absoluto; es el propio consorcio humano el que el hombre no domina ya, creando de esta manera para el mañana un ambiente que podría resultarle intolerable. Problema social de envergadura que incumbe a la familia humana toda entera».[vi]

4. Sin entrar en la cuestión de soluciones técnicas específicas, la Iglesia, «experta en humanidad», se preocupa de llamar la atención con energía sobre la relación entre el Creador, el ser humano y la creación. En 1990, Juan Pablo II habló de «crisis ecológica» y, destacando que ésta tiene un carácter predominantemente ético, hizo notar «la urgente necesidad moral de una nueva solidaridad». [vii] Este llamamiento se hace hoy todavía más apremiante ante las crecientes manifestaciones de una crisis, que sería irresponsable no tomar en seria consideración. ¿Cómo permanecer indiferentes ante los problemas que se derivan de fenómenos como el cambio climático, la desertificación, el deterioro y la pérdida de productividad de amplias zonas agrícolas, la contaminación de los ríos y de las capas acuíferas, la pérdida de la biodiversidad, el aumento de sucesos naturales extremos, la deforestación de las áreas ecuatoriales y tropicales? ¿Cómo descuidar el creciente fenómeno de los llamados «prófugos ambientales», personas que deben abandonar el ambiente en que viven –y con frecuencia también sus bienes– a causa de su deterioro, para afrontar los peligros y las incógnitas de un desplazamiento forzado? ¿Cómo no reaccionar ante los conflictos actuales, y ante otros potenciales, relacionados con el acceso a los recursos naturales? Todas éstas son cuestiones que tienen una repercusión profunda en el ejercicio de los derechos humanos como, por ejemplo, el derecho a la vida, a la alimentación, a la salud y al desarrollo.

5. No obstante, se ha de tener en cuenta que no se puede valorar la crisis ecológica separándola de las cuestiones ligadas a ella, ya que está estrechamente vinculada al concepto mismo de desarrollo y a la visión del hombre y su relación con sus semejantes y la creación. Por tanto, resulta sensato hacer una revisión profunda y con visión de futuro del modelo de desarrollo, reflexionando además sobre el sentido de la economía y su finalidad, para corregir sus disfunciones y distorsiones. Lo exige el estado de salud ecológica del planeta; lo requiere también, y sobre todo, la crisis cultural y moral del hombre, cuyos síntomas son patentes desde hace tiempo en todas las partes del mundo. [viii] La humanidad necesita una profunda renovación cultural; necesita redescubrir esos valores que constituyen el fundamento sólido sobre el cual construir un futuro mejor para todos. Las situaciones de crisis por las que está actualmente atravesando –ya sean de carácter económico, alimentario, ambiental o social– son también, en el fondo, crisis morales relacionadas entre sí. Éstas obligan a replantear el camino común de los hombres. Obligan, en particular, a un modo de vivir caracterizado por la sobriedad y la solidaridad, con nuevas reglas y formas de compromiso, apoyándose con confianza y valentía en las experiencias positivas que ya se han realizado y rechazando con decisión las negativas. Sólo de este modo la crisis actual se convierte en ocasión de discernimiento y de nuevas proyecciones.

6. ¿Acaso no es cierto que en el origen de lo que, en sentido cósmico, llamamos «naturaleza», hay «un designio de amor y de verdad»? El mundo «no es producto de una necesidad cualquiera, de un destino ciego o del azar [...]. Procede de la voluntad libre de Dios que ha querido hacer participar a las criaturas de su ser, de su sabiduría y de su bondad».[ix] El Libro del Génesis nos remite en sus primeras páginas al proyecto sapiente del cosmos, fruto del pensamiento de Dios, en cuya cima se sitúan el hombre y la mujer, creados a imagen y semejanza del Creador para «llenar la tierra» y «dominarla» como «administradores» de Dios mismo (cf. Gn 1,28). La armonía entre el Creador, la humanidad y la creación que describe la Sagrada Escritura, se ha roto por el pecado de Adán y Eva, del hombre y la mujer, que pretendieron ponerse en el lugar de Dios, negándose a reconocerse criaturas suyas. La consecuencia es que se ha distorsionado también el encargo de «dominar» la tierra, de «cultivarla y guardarla», y así surgió un conflicto entre ellos y el resto de la creación (cf. Gn 3,17-19). El ser humano se ha dejado dominar por el egoísmo, perdiendo el sentido del mandato de Dios, y en su relación con la creación se ha comportado como explotador, queriendo ejercer sobre ella un dominio absoluto. Pero el verdadero sentido del mandato original de Dios, perfectamente claro en el Libro del Génesis, no consistía en una simple concesión de autoridad, sino más bien en una llamada a la responsabilidad. Por lo demás, la sabiduría de los antiguos reconocía que la naturaleza no está a nuestra disposición como si fuera un «montón de desechos esparcidos al azar»,[x] mientras que la Revelación bíblica nos ha hecho comprender que la naturaleza es un don del Creador, el cual ha inscrito en ella su orden intrínseco para que el hombre pueda descubrir en él las orientaciones necesarias para «cultivarla y guardarla» (cf. Gn 2,15).[xi] Todo lo que existe pertenece a Dios, que lo ha confiado a los hombres, pero no para que dispongan arbitrariamente de ello. Por el contrario, cuando el hombre, en vez de desempeñar su papel de colaborador de Dios, lo suplanta, termina provocando la rebelión de la naturaleza, «más bien tiranizada que gobernada por él». [xii] Así, pues, el hombre tiene el deber de ejercer un gobierno responsable sobre la creación, protegiéndola y cultivándola.[xiii]

7. Se ha de constatar por desgracia que numerosas personas, en muchos países y regiones del planeta, sufren crecientes dificultades a causa de la negligencia o el rechazo por parte de tantos a ejercer un gobierno responsable respecto al medio ambiente. El Concilio Ecuménico Vaticano II ha recordado que «Dios ha destinado la tierra y todo cuanto ella contiene para uso de todos los hombres y pueblos». [xiv] Por tanto, la herencia de la creación pertenece a la humanidad entera. En cambio, el ritmo actual de explotación pone en serio peligro la disponibilidad de algunos recursos naturales, no sólo para la presente generación, sino sobre todo para las futuras. [xv] Así, pues, se puede comprobar fácilmente que el deterioro ambiental es frecuentemente el resultado de la falta de proyectos políticos de altas miras o de la búsqueda de intereses económicos miopes, que se transforman lamentablemente en una seria amenaza para la creación. Para contrarrestar este fenómeno, teniendo en cuenta que «toda decisión económica tiene consecuencias de carácter moral», [xvi] es también necesario que la actividad económica respete más el medio ambiente. Cuando se utilizan los recursos naturales, hay que preocuparse de su salvaguardia, previendo también sus costes –en términos ambientales y sociales–, que han de ser considerados como un capítulo esencial del costo de la misma actividad económica. Compete a la comunidad internacional y a los gobiernos nacionales dar las indicaciones oportunas para contrarrestar de manera eficaz una utilización del medio ambiente que lo perjudique. Para proteger el ambiente, para tutelar los recursos y el clima, es preciso, por un lado, actuar respetando unas normas bien definidas incluso desde el punto de vista jurídico y económico y, por otro, tener en cuenta la solidaridad debida a quienes habitan las regiones más pobres de la tierra y a las futuras generaciones.

8. En efecto, parece urgente lograr una leal solidaridad intergeneracional. Los costes que se derivan de la utilización de los recursos ambientales comunes no pueden dejarse a cargo de las generaciones futuras: «Herederos de generaciones pasadas y beneficiándonos del trabajo de nuestros contemporáneos, estamos obligados para con todos y no podemos desinteresarnos de los que vendrán a aumentar todavía más el círculo de la familia humana. La solidaridad universal, que es un hecho y beneficio para todos, es también un deber. Se trata de una responsabilidad que las generaciones presentes tienen respecto a las futuras, una responsabilidad que incumbe también a cada Estado y a la Comunidad internacional». [xvii] El uso de los recursos naturales debería hacerse de modo que las ventajas inmediatas no tengan consecuencias negativas para los seres vivientes, humanos o no, del presente y del futuro; que la tutela de la propiedad privada no entorpezca el destino universal de los bienes; [xviii] que la intervención del hombre no comprometa la fecundidad de la tierra, para ahora y para el mañana. Además de la leal solidaridad intergeneracional, se ha de reiterar la urgente necesidad moral de una renovada solidaridad intrageneracional, especialmente en las relaciones entre países en vías de desarrollo y aquellos altamente industrializados: «la comunidad internacional tiene el deber imprescindible de encontrar los modos institucionales para ordenar el aprovechamiento de los recursos no renovables, con la participación también de los países pobres, y planificar así conjuntamente el futuro». [xix] La crisis ecológica muestra la urgencia de una solidaridad que se proyecte en el espacio y el tiempo. En efecto, entre las causas de la crisis ecológica actual, es importante reconocer la responsabilidad histórica de los países industrializados. No obstante, tampoco los países menos industrializados, particularmente aquellos emergentes, están eximidos de la propia responsabilidad respecto a la creación, porque el deber de adoptar gradualmente medidas y políticas ambientales eficaces incumbe a todos. Esto podría lograrse más fácilmente si no hubiera tantos cálculos interesados en la asistencia y la transferencia de conocimientos y tecnologías más limpias.

9. Es indudable que uno de los principales problemas que ha de afrontar la comunidad internacional es el de los recursos energéticos, buscando estrategias compartidas y sostenibles para satisfacer las necesidades de energía de esta generación y de las futuras. Para ello, es necesario que las sociedades tecnológicamente avanzadas estén dispuestas a favorecer comportamientos caracterizados por la sobriedad, disminuyendo el propio consumo de energía y mejorando las condiciones de su uso. Al mismo tiempo, se ha de promover la búsqueda y las aplicaciones de energías con menor impacto ambiental, así como la «redistribución planetaria de los recursos energéticos, de manera que también los países que no los tienen puedan acceder a ellos». [xx] La crisis ecológica, pues, brinda una oportunidad histórica para elaborar una respuesta colectiva orientada a cambiar el modelo de desarrollo global siguiendo una dirección más respetuosa con la creación y de un desarrollo humano integral, inspirado en los valores propios de la caridad en la verdad. Por tanto, desearía que se adoptara un modelo de desarrollo basado en el papel central del ser humano, en la promoción y participación en el bien común, en la responsabilidad, en la toma de conciencia de la necesidad de cambiar el estilo de vida y en la prudencia, virtud que indica lo que se ha de hacer hoy, en previsión de lo que puede ocurrir mañana. [xxi]

10. Para llevar a la humanidad hacia una gestión del medio ambiente y los recursos del planeta que sea sostenible en su conjunto, el hombre está llamado a emplear su inteligencia en el campo de la investigación científica y tecnológica y en la aplicación de los descubrimientos que se derivan de ella. La «nueva solidaridad» propuesta por Juan Pablo II en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1990, [xxii] y la «solidaridad global», que he mencionado en el Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2009, [xxiii] son actitudes esenciales para orientar el compromiso de tutelar la creación, mediante un sistema de gestión de los recursos de la tierra mejor coordinado en el ámbito internacional, sobre todo en un momento en el que va apareciendo cada vez de manera más clara la estrecha interrelación que hay entre la lucha contra el deterioro ambiental y la promoción del desarrollo humano integral. Se trata de una dinámica imprescindible, en cuanto «el desarrollo integral del hombre no puede darse sin el desarrollo solidario de la humanidad». [xxiv] Hoy son muchas las oportunidades científicas y las potenciales vías innovadoras, gracias a las cuales se pueden obtener soluciones satisfactorias y armoniosas para la relación entre el hombre y el medio ambiente. Por ejemplo, es preciso favorecer la investigación orientada a determinar el modo más eficaz para aprovechar la gran potencialidad de la energía solar. También merece atención la cuestión, que se ha hecho planetaria, del agua y el sistema hidrogeológico global, cuyo ciclo tiene una importancia de primer orden para la vida en la tierra, y cuya estabilidad puede verse amenazada gravemente por los cambios climáticos. Se han de explorar, además, estrategias apropiadas de desarrollo rural centradas en los pequeños agricultores y sus familias, así como es preciso preparar políticas idóneas para la gestión de los bosques, para el tratamiento de los desperdicios y para la valorización de las sinergias que se dan entre los intentos de contrarrestar los cambios climáticos y la lucha contra la pobreza. Hacen falta políticas nacionales ambiciosas, completadas por un necesario compromiso internacional que aporte beneficios importantes, sobre todo a medio y largo plazo. En definitiva, es necesario superar la lógica del mero consumo para promover formas de producción agrícola e industrial que respeten el orden de la creación y satisfagan las necesidades primarias de todos. La cuestión ecológica no se ha de afrontar sólo por las perspectivas escalofriantes que se perfilan en el horizonte a causa del deterioro ambiental; el motivo ha de ser sobre todo la búsqueda de una auténtica solidaridad de alcance mundial, inspirada en los valores de la caridad, la justicia y el bien común. Por otro lado, como ya he tenido ocasión de recordar, «la técnica nunca es sólo técnica. Manifiesta quién es el hombre y cuáles son sus aspiraciones de desarrollo, expresa la tensión del ánimo humano hacia la superación gradual de ciertos condicionamientos materiales. La técnica, por lo tanto, se inserta en el mandato de cultivar y guardar la tierra (cf. Gn 2,15), que Dios ha confiado al hombre, y se orienta a reforzar esa alianza entre ser humano y medio ambiente que debe reflejar el amor creador de Dios». [xxv]

11. Cada vez se ve con mayor claridad que el tema del deterioro ambiental cuestiona los comportamientos de cada uno de nosotros, los estilos de vida y los modelos de consumo y producción actualmente dominantes, con frecuencia insostenibles desde el punto de vista social, ambiental e incluso económico. Ha llegado el momento en que resulta indispensable un cambio de mentalidad efectivo, que lleve a todos a adoptar nuevos estilos de vida, «a tenor de los cuales, la búsqueda de la verdad, de la belleza y del bien, así como la comunión con los demás hombres para un desarrollo común, sean los elementos que determinen las opciones del consumo, de los ahorros y de las inversiones». [xxvi] Se ha de educar cada vez más para construir la paz a partir de opciones de gran calado en el ámbito personal, familiar, comunitario y político. Todos somos responsables de la protección y el cuidado de la creación. Esta responsabilidad no tiene fronteras. Según el principio de subsidiaridad, es importante que todos se comprometan en el ámbito que les corresponda, trabajando para superar el predominio de los intereses particulares. Un papel de sensibilización y formación corresponde particularmente a los diversos sujetos de la sociedad civil y las Organizaciones no gubernativas, que se mueven con generosidad y determinación en favor de una responsabilidad ecológica, que debería estar cada vez más enraizada en el respeto de la «ecología humana». Además, se ha de requerir la responsabilidad de los medios de comunicación social en este campo, con el fin de proponer modelos positivos en los que inspirarse. Por tanto, ocuparse del medio ambiente exige una visión amplia y global del mundo; un esfuerzo común y responsable para pasar de una lógica centrada en el interés nacionalista egoísta a una perspectiva que abarque siempre las necesidades de todos los pueblos. No se puede permanecer indiferentes ante lo que ocurre en nuestro entorno, porque la degradación de cualquier parte del planeta afectaría a todos. Las relaciones entre las personas, los grupos sociales y los Estados, al igual que los lazos entre el hombre y el medio ambiente, están llamadas a asumir el estilo del respeto y de la «caridad en la verdad». En este contexto tan amplio, es deseable más que nunca que los esfuerzos de la comunidad internacional por lograr un desarme progresivo y un mundo sin armas nucleares, que sólo con su mera existencia amenazan la vida del planeta, así como por un proceso de desarrollo integral de la humanidad de hoy y del mañana, sean de verdad eficaces y correspondidos adecuadamente.

12. La Iglesia tiene una responsabilidad respecto a la creación y se siente en el deber de ejercerla también en el ámbito público, para defender la tierra, el agua y el aire, dones de Dios Creador para todos, y sobre todo para proteger al hombre frente al peligro de la destrucción de sí mismo. En efecto, la degradación de la naturaleza está estrechamente relacionada con la cultura que modela la convivencia humana, por lo que «cuando se respeta la “ecología humana” en la sociedad, también la ecología ambiental se beneficia». [xxvii] No se puede pedir a los jóvenes que respeten el medio ambiente, si no se les ayuda en la familia y en la sociedad a respetarse a sí mismos: el libro de la naturaleza es único, tanto en lo que concierne al ambiente como a la ética personal, familiar y social. [xxviii] Los deberes respecto al ambiente se derivan de los deberes para con la persona, considerada en sí misma y en su relación con los demás. Por eso, aliento de buen grado la educación de una responsabilidad ecológica que, como he dicho en la Encíclica Caritas in veritate, salvaguarde una auténtica «ecología humana» y, por tanto, afirme con renovada convicción la inviolabilidad de la vida humana en cada una de sus fases, y en cualquier condición en que se encuentre, la dignidad de la persona y la insustituible misión de la familia, en la cual se educa en el amor al prójimo y el respeto por la naturaleza. [xxix] Es preciso salvaguardar el patrimonio humano de la sociedad. Este patrimonio de valores tiene su origen y está inscrito en la ley moral natural, que fundamenta el respeto de la persona humana y de la creación.

13. Tampoco se ha de olvidar el hecho, sumamente elocuente, de que muchos encuentran tranquilidad y paz, se sienten renovados y fortalecidos, al estar en contacto con la belleza y la armonía de la naturaleza. Así, pues, hay una cierta forma de reciprocidad: al cuidar la creación, vemos que Dios, a través de ella, cuida de nosotros. Por otro lado, una correcta concepción de la relación del hombre con el medio ambiente no lleva a absolutizar la naturaleza ni a considerarla más importante que la persona misma. El Magisterio de la Iglesia manifiesta reservas ante una concepción del mundo que nos rodea inspirada en el ecocentrismo y el biocentrismo, porque dicha concepción elimina la diferencia ontológica y axiológica entre la persona humana y los otros seres vivientes. De este modo, se anula en la práctica la identidad y el papel superior del hombre, favoreciendo una visión igualitarista de la «dignidad» de todos los seres vivientes. Se abre así paso a un nuevo panteísmo con acentos neopaganos, que hace derivar la salvación del hombre exclusivamente de la naturaleza, entendida en sentido puramente naturalista. La Iglesia invita en cambio a plantear la cuestión de manera equilibrada, respetando la «gramática» que el Creador ha inscrito en su obra, confiando al hombre el papel de guardián y administrador responsable de la creación, papel del que ciertamente no debe abusar, pero del cual tampoco puede abdicar. En efecto, también la posición contraria de absolutizar la técnica y el poder humano termina por atentar gravemente, no sólo contra la naturaleza, sino también contra la misma dignidad humana. [xxx]

14. Si quieres promover la paz, protege la creación. La búsqueda de la paz por parte de todos los hombres de buena voluntad se verá facilitada sin duda por el reconocimiento común de la relación inseparable que existe entre Dios, los seres humanos y toda la creación. Los cristianos ofrecen su propia aportación, iluminados por la divina Revelación y siguiendo la Tradición de la Iglesia. Consideran el cosmos y sus maravillas a la luz de la obra creadora del Padre y de la redención de Cristo, que, con su muerte y resurrección, ha reconciliado con Dios «todos los seres: los del cielo y los de la tierra» (Col 1,20). Cristo, crucificado y resucitado, ha entregado a la humanidad su Espíritu santificador, que guía el camino de la historia, en espera del día en que, con la vuelta gloriosa del Señor, serán inaugurados «un cielo nuevo y una tierra nueva» (2 P 3,13), en los que habitarán por siempre la justicia y la paz. Por tanto, proteger el entorno natural para construir un mundo de paz es un deber de cada persona. He aquí un desafío urgente que se ha de afrontar de modo unánime con un renovado empeño; he aquí una oportunidad providencial para legar a las nuevas generaciones la perspectiva de un futuro mejor para todos. Que los responsables de las naciones sean conscientes de ello, así como los que, en todos los ámbitos, se interesan por el destino de la humanidad: la salvaguardia de la creación y la consecución de la paz son realidades íntimamente relacionadas entre sí. Por eso, invito a todos los creyentes a elevar una ferviente oración a Dios, Creador todopoderoso y Padre de misericordia, para que en el corazón de cada hombre y de cada mujer resuene, se acoja y se viva el apremiante llamamiento: Si quieres promover la paz, protege la creación.

Vaticano, 8 de diciembre de 2009

BENEDICTUS PP XVI


Notas

[i] Catecismo de la Iglesia Católica , 198.
[ii] Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 2008, 7.
[iii] Cf. n. 48.
[iv] Dante Alighieri, Divina Comedia, Paraíso, XXXIII, 145.
[v] Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1990, 1.
[vi] Carta ap. Octogesima adveniens, 21.
[vii] Mensaje para la Jornada Mundial de la Paz 1990, 10.
[viii] Cf. Carta enc. Caritas in veritate, 32.
[ix] Catecismo de la Iglesia Católica , 295.
[x] Heráclito de Éfeso ( 535 a .C. ca. – 475 a .C. ca.), Fragmento 22B124, en H. Diels-W. Kranz, Die Fragmente der Vorsokratiker, Weidmann, Berlín 19526.
[xi] Cf. Carta enc. Caritas in veritate, 48.
[xii] Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 37.
[xiii] Cf. Carta enc. Caritas in veritate, 50.
[xiv] Const. past. Gaudium et spes, 69.
[xv] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Sollicitudo rei socialis, 34.
[xvi] Carta enc. Caritas in veritate, 37.
[xvii] Pontificio Consejo «Justicia y Paz», Compendio de la Doctrina social de la Iglesia, 467; cf. Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 17.
[xviii] Cf. Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 30-31.43.
[xix] Carta enc. Caritas in veritate, 49.
[xx] Ibíd.
[xxi] Cf. Santo Tomás de Aquino, S. Th., II-II, q. 49, 5.
[xxii] Cf. n. 9.
[xxiii] Cf. n. 8.
[xxiv] Pablo VI, Carta enc. Populorum progressio, 43.
[xxv] Carta enc. Caritas in veritate, 69.
[xxvi] Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 36.
[xxvii] Carta enc. Caritas in veritate, 51.
[xxviii] Cf. ibíd., 15.51.
[xxix] Cf. ibíd., 28.51.61; Juan Pablo II, Carta enc. Centesimus annus, 38.39.
[xxx] Cf. Carta enc. Caritas in veritate, 70.

Labels: , ,

Homilía Sagrada Familia

HOMILÍA del Emmo. y Rvdmo. Sr. Cardenal-Arzobispo de Madrid en la Fiesta de la Sagrada Familia Plaza de Lima, 27.XII.2009; 12’00 horas (Si 3,2-6.12-14; Sal 127; Col 3,12-21; Lc 2,41-52)

Mis queridos hermanos y hermanas en el Señor:

Una vez más, una Plaza madrileña, la Plaza de Lima, nos ofrece un bello marco para celebrar la Fiesta de la Sagrada Familia públicamente ante la sociedad y ante el mundo como “una Misa de las Familias”: de las familias de Madrid y de toda España. Así sucedió el pasado año. Hoy, además, como una Eucaristía de las familias de toda Europa. Me es muy grato, por ello, saludar con afecto fraterno en el Señor a los Sres. Cardenales, Arzobispos y Obispos de las Diócesis de España, pero, especialmente, a los hermanos venidos de Roma y de diversos países europeos. En un lugar destacado quisiera hacerlo con el Sr. Cardenal Prefecto del Pontificio Consejo para las Familias, que subraya con su presencia el valor pastoral que le merecen al Santo Padre y a sus colaboradores más próximos nuestra iniciativa a favor de la familia. El luminoso y siempre certero mensaje del Papa Benedicto XVI no nos ha faltado tampoco en esta ocasión en que la Eucaristía de las familias cristianas de España se abre a las Iglesias particulares de Europa. Mi saludo muy cordial se dirige también a los innumerables hermanos sacerdotes españoles y europeos, cercanos siempre a las familias que ellos atienden y sirven con cuidadoso celo y caridad pastorales. Nuestro más efusivo saludo va dirigido, sin embargo, a las innumerables familias – abuelos, padres, hijos, hermanos… – que se han sacrificado para venir a Madrid y poder celebrar en esta fría mañana madrileña, unidos en una extraordinaria asamblea litúrgica con los fieles de nuestra diócesis, la Acción de Gracias eucarística con alegría jubilosa por el inmenso don de la familia cristiana: familia que se mira en la Sagrada Familia de Nazareth como el modelo insuperable y decisivo para poder vivir en plenitud la riqueza de la gracia del matrimonio cristiano en el día a día del crecer y del quehacer de la propia familia. La familia cristiana sabe, además, que en Jesús, María y José, encuentra el apoyo sobrenatural necesario que le ha sido preparado amorosamente por Dios para que no desfallezca en la realización de su hermosa vocación.

Vuestra multitudinaria presencia, queridas familias, y vuestra participación atenta, piadosa y activa en esta celebración eucarística habla un claro y elocuente lenguaje: ¡queréis a vuestras familias! ¡queréis a la familia!; ¡mantenéis fresca y vigorosa la fe en la familia cristiana!; estáis seguras, compartiendo la doctrina de la Iglesia una, santa, católica y apostólica, de que el modelo de la familia cristiana es el que responde fielmente a la voluntad de Dios y, por ello, es el que garantiza el bien fundamental e insustituible de la familia para sus propios miembros –los padres y los hijos en eminente lugar–, para toda la sociedad y, no en último lugar, para la Iglesia. La Iglesia es, en definitiva, la “construcción de Dios”, “en la que habita su familia”, como enseña el Vaticano II; y la familia en ella es “Iglesia doméstica” (LG 6 y 11). Queridas familias cristianas: sois muy conscientes, incluso en virtud de vuestras propias experiencias de la vida en el matrimonio y en vuestra familia, de que ese otro lenguaje de los diversos modelos de familia, que parece adueñarse, avasallador y sin réplica alguna, de la mentalidad y de la cultura de nuestro tiempo, no responde a la verdad natural de la familia, tal como viene dada al hombre “desde el principio” de la creación y de que, por ello, es incapaz de resolver la problemática tantas veces cruel y dolorosa de los fracasos materiales, morales y espirituales que afligen hoy al hombre y a la sociedad europea de nuestro tiempo con una gravedad pocas veces conocida por la historia. Queridas familias: porque queréis vivir vuestra familia en toda la verdad, la bondad y la belleza que le viene dada por el plan salvador de Dios, estáis aquí como protagonistas del nuevo Pueblo y de la nueva Familia de Dios, que peregrina en este mundo hacia la Casa y la Gloria del Padre, celebrando con la Iglesia el Sacramento del Cuerpo y de la Sangre de Cristo, culmen y fuente de toda la vida cristiana –y consecuentemente ¡de la verdadera vida de vuestras familias!– como una Fiesta, iluminada por la memoria, hecha actualidad, de la Sagrada Familia de Nazareth.

Con la Sagrada Familia, formada por Jesús, María y José, se inicia el capítulo de la nueva y definitiva historia de la familia: el de la familia, que, fundada por el Creador en el verdadero matrimonio entre el varón y la mujer, va a quedar liberada de la esclavitud del pecado y transformada por la gracia del Redentor. Acerquémonos pues con la mirada de la fe, clarificada por la palabra de Dios, a la realidad de esta familia, sagrada y entrañable a la vez, que abre a las nuestras el tiempo nuevo del amor y de la vida sin ocaso. Llama la atención desde el primer momento de su preparación y constitución que lo que guía y mueve a María y a José a desposarse y acoger en su seno al Hijo, a Jesús, es el cumplimiento de la voluntad de Dios sin condiciones; aunque, humanamente hablando, les cueste comprenderla. María dice “Sí” a la maternidad de su Hijo, que era nada menos que el Hijo del Altísimo. Lo concibe por obra del Espíritu Santo, siendo Virgen y permaneciendo Virgen. José acepta acoger a María en su casa como esposa, castamente, sabiendo que el Hijo que lleva en sus entrañas no es suyo, ¡es de Dios! Se abandonan a su santísima voluntad, sabiendo que responden así a los designios inescrutables, pero ciertos, del amor de un Dios que quiere salvar al hombre por caminos que le sobrepasan por la magnitud infinita de la misericordia que revelan. Son cada vez más conscientes de que a ellos se les ha confiado la vida y la muerte terrena de un niño, que es el Hijo de Dios, el Mesías, el Señor. Sí, sobre todo, lo sabe su Madre María que lo acompaña, a veces desde la distancia física, pero siempre desde una inefable cercanía del corazón hasta el momento de la Cruz: ¡la hora de la expropiación total del Hijo y de la Madre en aras del Amor más grande! En la escena del adolescente Jesús, perdido y hallado por sus padres en el Templo de Jerusalén, que nos relata hoy el Evangelio de San Lucas, se confirmaba y se preludiaba hasta qué grado de entrega y oblación de la vida conllevaba la aceptación amorosa de la voluntad del Padre: “¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que yo debía estar en la casa de mi Padre?”. Y, aunque ellos no comprendieron del todo lo que les quería decir, su angustia precedente quedó enternecedoramente compensada por el Hijo: Jesús bajó con ellos a Nazareth y, bajo su autoridad, “iba creciendo en sabiduría, estatura, y en gracia ante Dios y ante los hombres”. Y “su madre conservaba todo esto en su corazón”. De aquel amor de María y José, amor de total entrega a Dios, y, por ello, de una fecundidad humanamente inimaginable, ¡sobrenatural!, surge la familia en la que nace, crece y vive el Salvador del hombre, el Autor de la Nueva Vida, el Cabeza del Nuevo Pueblo de Dios, el Primero entre una incontable multitud de hermanos, que habrían de configurar la nueva familia humana.

Queridas familias cristianas de España y de toda Europa: miraos a vosotras mismas como esposas y esposos, padres e hijos, en el límpido espejo de ese prototipo de la nueva familia querida y dispuesta por Dios en su plan de salvación del hombre, que es la familia de Jesús, María y José. ¿Verdad que también vosotros podéis certificar que, cuando todo ese edificio de íntimas relaciones personales entre vosotros y con vuestros hijos se fundamenta en la vivencia fiel y siempre renovada de vuestro compromiso contraído sacramentalmente en Cristo, ante Dios y ante la Iglesia, os es posible e incluso sencillo y gratificante configurar vuestra familia como esa íntima comunidad de vida y amor donde se va abriendo día a día, “cruz a cruz”, el camino de la verdadera felicidad? Entonces os sentís “como elegidos de Dios, santos y amados, para revestiros “de la misericordia entrañable, bondad, humildad, dulzura, comprensión”. Sabéis pedir perdón y perdonáis. Sabéis sobrellevaros y ¿os santificáis mutuamente? Colocáis por encima de todo “el amor” que “es el ceñidor de la unidad consumada”. ¿En quién y en dónde podrán encontrar los niños, que van a nacer, los discapacitados, los enfermos, los rechazados… etc., el don de la vida y del amor incondicional sino en vosotros, padres y madres de las familias cristianas? ¿Hay quien responda mejor y más eficazmente a las situaciones dramáticas de los parados, de los ancianos, de los angustiados por la soledad física y espiritual, de los rotos por las decepciones y fracasos sentimentales, matrimoniales y familiares, que la familia verdadera, la fundada en la ley de Dios y en el amor de Jesucristo?

En esta madrileña Plaza de Lima, el día 2 de noviembre de 1982, el inolvidable Juan Pablo II, declarado Venerable el pasado día 19 de diciembre por nuestro Santo Padre Benedicto XVI, celebraba una Eucaristía memorable, convocada como “la Misa para las familias” en el tercer día de su largo primer viaje por toda la geografía de las Diócesis de España ¡Viaje Apostólico inolvidable! En su vibrante homilía se encuentra un pasaje, cuya vigorosa fuerza profética no ha perdido ni un ápice de actualidad. Permitidme que os lo recuerde:

“Además, según el plan de Dios, –afirmaba el Papa– el matrimonio es una comunidad de amor indisoluble ordenado a la vida como continuación y complemento de los mismos cónyuges. Existe una relación inquebrantable entre el amor conyugal y la transmisión de la vida, en virtud de la cual, como enseñó Pablo VI, “todo acto conyugal debe permanecer abierto a la transmisión de vida”. Por el contrario, –como escribí en la Exhortación Apostólica “Familiaris Consortio”–“al lenguaje natural que expresa la recíproca donación total de los esposos, el anticoncepcionismo impone un lenguaje objetivamente contradictorio, es decir, el de no darse al otro totalmente: se produce no sólo el rechazo positivo de la apertura a la vida, sino también una falsificación de la verdad interior del amor conyugal.

Pero hay otro aspecto aún más grave y fundamental, que se refiere al amor conyugal como fuente de la vida: hablo del respeto absoluto a la vida humana, que ninguna persona o institución, privada o pública, puede ignorar. Por ello, quien negara la defensa a la persona humana más inocente y débil, a la persona humana ya concebida aunque todavía no nacida, cometería una gravísima violación del orden moral. Nunca se puede legitimar la muerte de un inocente. Se minaría el mismo fundamento de la sociedad.”

Benedicto XVI nos enseña hoy, en medio de una crisis socio-económica generalizada, un cuarto de siglo después de la homilía de la Plaza de Lima, en su Encíclica “Cáritas in Veritate”: “La apertura moralmente responsable a la vida es una riqueza social y económica… Por eso, se convierte en una necesidad social, e incluso económica, seguir proponiendo a las nuevas generaciones la hermosura de la familia y del matrimonio, su sintonía con las exigencias más profundas del corazón y de la dignidad de la persona. En esta perspectiva, los estados están llamados a establecer políticas que promuevan la centralidad y la integridad de la familia, fundada en el matrimonio entre un hombre y una mujer, célula primordial y vital de la sociedad”.

El panorama que presenta la realidad de la familia en la Europa contemporánea no es precisamente halagüeño. El preocupante diagnóstico del estado de salud de la familia europea, que hacía en octubre de 1999 la II Asamblea Especial para Europa del Sínodo de los Obispos y que, después, Juan Pablo II recogía, detallaba y confirmaba en la Exhortación Postsinodal “La Iglesia en Europa”, se ha ido agravando más y más. La actualidad del matrimonio y de la familia en los países europeos está marcada por la facilitación jurídica del divorcio hasta extremos impensables hasta hace poco tiempo y asimilables al repudio; por la aceptación creciente de la difuminación, cuando no de la eliminación, primero cultural y luego legal de la consideración del matrimonio como la unión irrevocable de un varón y una mujer en íntima comunidad de amor y de vida, abierta a la procreación de los hijos; por el crecimiento, al parecer imparable, de las rupturas matrimoniales y familiares con las conocidas y dramáticas consecuencias que acarrean para la suerte y el bien de los niños y de los jóvenes. A esta situación se ha añadido la crisis económica, con la inevitable secuela del paro y el desempleo como factor sobrevenido a la situación ya muy extendida de la crisis del matrimonio y de la familia. El derecho a la vida del niño, todavía en el vientre de su madre –del “nasciturus”–, se ve lamentablemente suplantado en la conciencia moral de un sector cada vez más importante de la sociedad, y en la legislación que la acompaña y la estimula, por un supuesto derecho al aborto en los primeros meses del embarazo. La vida de las personas con discapacidades varias, de los enfermos terminales y de los ancianos, sin un entorno familiar que las cobije, se ve cada vez más en peligro. Un panorama a primera vista oscuro y desolador. Sólo a primera vista. En el trasfondo alumbran los signos luminosos de la esperanza cristiana: ¡Aquí estáis vosotras, las queridas familias cristianas de España y de toda Europa, para dar testimonio de esa esperanza y corroborarla. Con el “sí” gozoso a vuestro matrimonio y a vuestra familia, sentida y edificada cristianamente como representación viva del amor de Dios –amor de oblación y entrega, ofrecido y fecundo también en “vuestra carne”– y con vuestro “sí” al matrimonio y a la familia como “el santuario de la vida” y fundamento de la sociedad, estáis abriendo de nuevo el surco para el verdadero porvenir de la Europa del presente y del futuro. Europa, sin vosotras, queridas familias cristianas, se quedaría prácticamente sin hijos o, lo que es lo mismo, sin el futuro de la vida. Sin vosotras, Europa se quedaría sin el futuro del amor, conocido y ejercitado gratuitamente; se quedaría sin la riqueza de la experiencia del ser amado por lo que se es y no por lo que se tiene. El futuro de Europa, su futuro moral, espiritual e, incluso, biológico, pasa por la familia realizada en su primordial y plena verdad. ¡El futuro de Europa pasa por vosotras, queridas familias cristianas!

Habéis recibido el gran don de poder vivir vuestro matrimonio y vuestra familia cristianamente, siguiendo el modelo de la Familia de Nazareth, y, con el don, una grande y hermosa tarea : la de ser testigos fieles y valientes, con obras y palabras, del Evangelio de la vida y de la familia en una grave coyuntura histórica de los pueblos de Europa, vinculados entre sí por la común herencia de sus raíces cristianas. Unidas en la Comunión de la Iglesia, alentadas y fortalecidas por la Sagrada Familia de Nazareth, por Jesús, María y José, la podréis llevar a un buen y feliz término. ¡Sí, con el gozo jubiloso de los que han descubierto y conocen que en Belén de Judá, hace dos mil años, nos nació de María, la Virgen y Doncella de Nazareth, el Mesías, el Señor, el Salvador, lo podréis!

Amén.

Labels: , ,

HOMILÍA, 1º DE ENERO DEL AÑO 2O1O

Msr. Bosco Vivas, Obispo de León (Nicaragua)

Hermanos y hermanas:

La fe contemplativa y la adoración amorosa de la Virgen María, la Madre de Dios, nos dan los sentimientos adecuados en este primer día del año 2010 y octavo día de la Navidad, para acompañar a JESÚS Sacramentado y para establecer con Él este encuentro eucarístico vivificante ya que por medio de las Santas Escrituras y de la Comunión del Cuerpo y la Sangre del Señor nuestros corazones arden confiados en la misericordia divina (Cf Lc. 2, 19; Lc. 24, 32)

Todos nosotros, hombres y mujeres de esta Diócesis, tenemos la oportunidad de implorar la Bendición Divina que ciertamente nos hará experimentar la paz que cantaron los Ángeles en Belén, si es que no ponemos obstáculo a la acción de la gracia. Estos obstáculos a los que me refiero podrían ser las actitudes de orgullo y de soberbia, el negarnos al perdón y a la caridad con el prójimo y el endurecimiento del corazón por el pecado.

Como los pastores encontraron a Jesús en Belén, encontrémosle nosotros en este altar para que, como consecuencia de este gozoso encuentro de fe, vivamos sin temor al porvenir y sin miedo al futuro este nuevo año que desde ya consagramos al Sagrado Corazón de Cristo por medio del Inmaculado Corazón de la Madre del Salvador y Madre nuestra dulcísima.

No hay motivo, pues, hermanos y hermanas, para comenzar este año con la mente entenebrecida y el corazón abatido. Les recuerdo sencillamente que Dios es Padre Bueno de verdad. Que nuestro Dios es AMOR (Cf Gál, 4, 4-7; 1 Jn. 3, 1-2; 4, 8 y 16).

La humanidad no será desamparada por Aquél que derramó su Sangre para purificarla y salvarla. El Espíritu Santo no se ausentará de este mundo precisamente cuando más lo necesitamos los que en él vivimos.

Podemos estar seguros que si iniciamos este nuevo año unidos a Jesucristo por la fe, por el amor y por la comunión de su Eucaristía, se nos hará más fácil el cumplimiento de nuestros deberes familiares, de nuestros compromisos con la patria y de nuestro servicio a la causa del Evangelio, como misioneros y testigos de Jesucristo.

Roguemos a Dios que tenga piedad y que nos bendiga, que nos muestre su rostro y que nos dé su paz. Que nos conceda el Señor ser continuadores de la maravillosa fe de María Santísima y de San José para creer que es a través de las cosas pequeñas, como son: Los-Sacramentos, la oración, el compromiso con la verdad y el ejercicio de la caridad, como se realiza la obra de Dios Espíritu Santo de transformar el mundo haciéndolo más humano y de cambiar los corazones del hombre y de la mujer para hacerlos vivir en la Divina Voluntad y así se haga realidad el plan de Dios de salvar a todos y de hacer nuevas todas las cosas en Cristo Jesús, Señor Nuestro( Cf Ef 3. 4 ,12)

Jesucristo que vino para perdonar a los pecadores, para sanar a los enfermos, a salvar lo que había perecido, a encontrar lo que estaba perdido, a consolar a los tristes y afligidos y a dar la vida abundante a todos (Cf Mt. 9. 13:L.c. 5. 31: Lc. 15. 1: Mt. 13. 28: Jn. 8. 12) es Quien alienta nuestra esperanza, esperanza de la que tanta necesidad tiene todo hombre y toda mujer en el mundo, en Nicaragua y en cada hogar.

Por lo tanto, lo que yo quiero proponerles es que quienes por la misericordia de Dios hemos sido bautizados y confirmados en la fe católica, renovemos constantemente durante este año los compromisos bautismales comprometiéndonos a fortalecer la convivencia familiar, a revitalizar la vida parroquial, a realizar la misión de anunciar el Evangelio y ofrecer en todo tiempo y lugar la instrucción catequística. Si todo este trabajo lo hacemos iluminados por la Palabra de Dios, en espíritu de oración humilde y perseverante y unidos todos por el vínculo de la caridad en compañía de María, la Madre del Señor, es seguro que podamos ver la gloria de Dios y poner de esta manera las bases de la ansiada paz del corazón que a su vez nos convierta en hacedores de esta paz cristiana (cf Mt. 28, 16-20; Lc. 18, 1-14)


1-. MIRADA DE FE SOBRE NUESTRA REALIDAD DIOCESANA

El Segundo Sínodo Diocesano nos ofrece un apoyo privilegiado para hacer que nuestros buenos propósitos se pongan en obra y, de este modo, se cumplan los objetivos propuestos para la Diócesis.

En estos tiempos en los que las enseñanzas del Evangelio pueden parecer a algunos irrealizables o pasados de moda y cuando el pecado y los vicios condenados por la Palabra de Dios son elevados por la propaganda del mundo a la categoría de virtudes y propuestos como pasos positivos a favor de la humanidad, es cuando más convencidos debemos estar los cristianos de que ningún bien vendrá para la familia humana si esta misma familia se aleja de Dios, que es la única fuente de Vida, de Belleza y de Bondad. Por eso, el olvidarse de Dios y sobre todo el rechazar concientemente su Verdad y Sabiduría, oscurece la mente del ser humano y vuelve insensato el corazón del hombre y de la mujer que creyendo encontrar la dicha, encuentra el vacío y el fracaso de su existencia. (Cf Rm. 1, 18-32).

El Sínodo recién finalizado, les decía, es una gran ayuda para poder echar a andar un plan pastoral más claro y acorde con nuestras realidades culturales, sociales y eclesiales.

Obedientes a la acción del Espíritu Santo, con el auxilio maternal de Maria Santísima y con el trabajo de toda la Iglesia Diocesana, las disposiciones del Sínodo más que cargas que opriman al espíritu, deben considerarse como luces que quieren iluminar el camino y dar motivaciones para que surjan iniciativas de fe que nos permitan a los sacerdotes, religiosos, religiosas y fieles de la Diócesis responder a Dios que nos envía a cumplir el mandato misionero con libertad, entusiasmos y en comunión.

La historia de la Iglesia enseña que en tiempos críticos por diversas causas -como son los tiempos actuales- toda esperanza de mejoría y superación de las dificultades debe ponerse en primer lugar en el recurso a Dios mediante la oración y la meditación de la Palabra Divina. (Cf Hech. 12, 5 y 12).

Por lo tanto les digo, hermanos y hermanas, que así como nos preparamos a la celebración Sinodal con oración confiada, así también ahora que nos proponemos poner en práctica lo establecido por el Sínodo, no cesemos de orar para poder tener la gracia necesaria con la cual superemos los problemas que puedan surgir y actuemos todos, Sacerdotes y fieles, como teniendo un solo corazón y una sola alma (Cf Hech. 4, 32), nosotros que hemos sido llamados a conservar la unidad del espíritu por el lazo de la paz. (Cf Ef 4, 1-6)

Que este año sea de crecimiento espiritual y, para ello, no nos cansemos de clamar al Señor. Sugiero la lectura y meditación diaria de las Sagradas Escrituras y el rezo del Santo Rosario, como medios privilegiados que nos dispongan al ejercicio de la caridad y a la recepción fructuosa de los sacramentos de la Reconciliación y de la Comunión.

Si nuestra oración es en verdad un encuentro filial con Dios Amor los frutos de conversión personal y familiar y de la parroquia se harán visibles y consistentes en beneficio de la Iglesia Diocesana y del país entero.

Es constatación eclesial también que la reforma del clero tanto diocesano como religioso y de la vida religiosa en general, es factor indispensable si es que queremos construir sobre roca el trabajo misionero y la evangelización que nos hemos propuesto en el Sínodo, sabiendo que es esa la voluntad de Dios.

En vista de que sobre el sacerdocio les he escrito recientemente una carta pastoral no me detendré sobre este asunto. Sin embargo les quiero decir que me agradaría muchísimo que esa carta la conozcan y la lean ya que pienso que hará mucho bien sobre todo a los sacerdotes, sin cuyo servicio alegre y desinteresado, la causa del Señor Jesucristo y del Evangelio no avanzará, como Dios lo quiere, ni se hará sentir la fuerza de la Palabra que vivifica lo que está débil y resucita lo que había matado el pecado. Pero debo recordar que gracias al sacerdote es que tenemos la felicidad no sólo de estar con Jesús cuando lo visitamos en el sagrario de nuestros templos, sino que gozamos del privilegio de unirnos personalmente con El cuando lo recibimos en la Eucaristía.

Somos un pueblo orante y si en los Sacerdotes encontramos guías experimentados en este camino hacia la santidad (que es vivir en amistad, en gracia de Dios) será posible lograr que poco a poco se disipen las tinieblas de la ignorancia religiosa mediante las catequesis impartidas en todo lugar y para todos sin excepción.

Los trabajos apostólicos que exijan más esfuerzos para los sacerdotes y para sus colaboradores, laicos, religiosos y religiosas, deben ser en beneficio de los jóvenes que se preparan a fundar una familia; en favor de las familias ya establecidas (aunque se encuentren en situaciones irregulares o difíciles); en pro de los niños y niñas que deben ser acogidos con respeto y amor en sus hogares y en las catequesis parroquiales; sin olvidar la importancia que tienen la educación religiosa de nuestros centros educativos católicos y en hospitales, centros penitenciarios, hogares de rehabilitación, proyectos de recuperación mental y social etc.


II-. LA FAMILIA

El Papa Juan Pablo II escribió que: “la familia es el primer camino de la Iglesia hacia el hombre”. Es la familia un invento de Dios. “Hombre y mujer los creó”, dice la Biblia, refiriéndose a los seres humanos (Cf Jn. 1 y 2) y, al crearlos, quiso el Señor no solo que ambos -hombre y mujer- se acompañasen con amor y que como frutos de amor nacieran los hijos, sino que quiso también y sobre todo que la pareja del hombre y la mujer con sus hijos fueran con mayor perfección imagen y semejanza de la misma Santísima Trinidad.

Tan valiosa es la familia, tan necesaria para el pleno y armónico desarrollo del ser humano que al realizar Dios la salvación de sus criaturas, muertas a su amistad por el pecado, escogió precisamente el camino de la Encarnación de su Hijo como miembro de una familia en un lugar y en un ambiente cultural concretos, creciendo y desarrollándose como todo ser humano (Cf Lc. 2, 18-20; Jn. 1, 14; Mt. 1, 16-25). Es así como el hogar de Nazaret llega a ser el cielo en la tierra.

Este estupendo plan divino que es la Encarnación del Verbo por ser una manifestación extraordinaria del amor de Dios al mundo (Cf Jn. 3, 16-17), desata el odio más feroz del demonio y de los enemigos de Dios contra la institución familiar y contra la Iglesia significada en la familia. (Cf Ap. 12, 17). Este ataque del mal contra la familia se constata actualmente en las campañas contra la vida humana, contra la santidad del matrimonio y contra la castidad y pureza de vida dentro del hogar cristiano y católico.

Se hace necesaria una reflexión seria y valiente acerca de estos asuntos ya que del respeto y salvaguarda de los valores familiares en los tiempos de hoy dependen la salud integral y la estabilidad del hombre y de la mujer así como también el bienestar de la sociedad civil y, por supuesto, eclesial.

Todo lo que les he dicho se fundamenta en las enseñanzas de las Santas Escrituras, explicadas por la Iglesia en sus catequesis y vividas por muchísimas parejas santas que hicieron vida este Evangelio de la familia.

El objetivo pastoral propuesto por el II Sínodo de la Diócesis nos orienta decididamente hacia el servicio a la familia con el fin de evangelizarla convenientemente para que a su vez cumpla con la misión de evangelizar a otras familias dentro del territorio parroquial principalmente.

Hago notar que cuando se habla de la Pastoral Familiar deben considerarse las relaciones que tienen las familias con la Pastoral de la Infancia y de la Juventud, la Pastoral de la Cultura y la Piedad Popular.

Por lo demás, considero que habiendo recibido y recibiendo aún tantos ataques, burlas y marginación del mundo, las familias pueden ser vistas como “los pequeños”, “los pobres”, del Evangelio que necesitan ser recibidos con amor y ser evangelizados preferentemente (Cf Lc. 4, 16-21; 18, 15-17; Mt. 25). Es por esto también que les pido a todos los sacerdotes, párrocos, religiosos, religiosas, laicos, hombres y mujeres de los Movimientos, Asociaciones, y caminos de conversión y catequesis, es decir, a todos sin excepción, que jamás y por ningún motivo se descuide la atención y formación de quienes se preparan al matrimonio y el acompañamiento y apoyo a las familias en las Parroquias.

En la familia, además, encontrará apoyo importante la Pastoral Vocacional y la Pastoral Educativa.


III-. LA CATEQUESIS

El Evangelio nos ha recordado que, cuando los ángeles se fueron al cielo, los pastores se decían unos a otros: “Vamos a Belén a ver lo que ha sucedido y el Señor nos ha manifestado” (Lc. 2, 15)

Nos damos cuenta, pues, que las cosas de Dios para que las podamos conocer y aceptar por la fe, necesitamos conocerlas por medio de alguien que nos las diga. Ciertamente que Dios nos habla en primer lugar y de manera privilegiada a través de su Palabra Encarnada: JESUCRISTO; Jesucristo de su parte, con su muerte y resurrección y ascensión al cielo envió, desde el Padre, el Espíritu Santo a la Iglesia para que, con su autoridad proclamara su Mensaje e instruyera a quienes lo aceptaran con fe. (Cf Jn. 1, 18; Hch. 1, 7-8; Mt. 28,20; Jn. 15, 26 y 20, 20).

Esta sagrada misión de instruir a los cristianos para que conociendo cada vez más y mejor la doctrina del Divino Maestro, la guarden en el corazón y den testimonio de ella en su peregrinación terrena, la cumplimos de manera privilegiada cuando impartimos la Catequesis en los hogares, en las escuelas y sobre todo en las Parroquias.

Es tan Santo el Evangelio de Cristo que se explica en las catequesis, que a nadie le está permitido mutilarlo o aumentarlo de acuerdo a criterios propios o de grupos, como sucedería si alguna persona, aún con la buena intención de hacer el Evangelio más acomodado a las corrientes del pensamiento mundano de la época, se desviara en sus enseñanzas de lo que la Iglesia Católica enseña en su Catecismo y en su Magisterio. (Cf Jn. 20, 21). Es digno de notarse que la solemne promesa de Jesús de estar con la Iglesia hasta el fin del mundo, es una garantía en vista a ayudar a guardar fielmente todo lo que El nos ha mandado (cf Mt. 20, 19-20).

La experiencia nos ha enseñado que sin una base doctrinal sólida -que eso es una catequesis seria y amorosamente impartida- no sólo se lesiona la doctrina católica (lo cual es sumamente grave), sino también se desmorona el comportamiento moral del discípulo de Cristo.

Lo que se nos dice en el Documento Sinodal respecto a la formación en las Parroquias de grupos o equipos de misioneros y catequistas integrados por sacerdotes, religiosos, religiosas, y laicos capacitados en estos servicios, es de indispensable cumplimiento. Cumplimiento que naturalmente debe ir acorde con la formación doctrinal, el espíritu de caridad y el testimonio de fe de los enviados.

Los destinatarios de estas visitas domiciliares como es natural serán toda las personas que habiendo sido bautizadas en la fe católica necesitan conocer a fondo las enseñanzas de la Palabra de Dios y las instrucciones de la catequesis eclesiales plasmadas en el Catecismo Católico, en los documentos del Magisterio sobre todo de los Sumos Pontífices y en la vida y escritos de los santos y santas doctores de la Iglesia. Pero la Buena Nueva es para todos los hombres y mujeres que, de acuerdo a la voluntad divina están llamados también a la salvación eterna y, por lo tanto, a estas personas debemos encomendar en nuestras oraciones y hacerlas igualmente destinatarias del anuncio del amor de Dios y del conocimiento de Jesucristo.

Hago un llamado a todos los hermanos y hermanas, a toda la feligresía diocesana a abrir las puertas de sus hogares y de sus corazones a los misioneros y catequistas de la parroquia y de la diócesis para que la Palabra de Dios habite en sus hogares con toda su riqueza de tal manera que todo lo que hagan o digan sea siempre en nombre de Jesús el Señor y para su Gloria. (Cf Col 3. 16-17)

Revistámonos de entrañas de caridad todos los que estamos llamados a trabajar en la viña del Señor. Demostremos que nuestra caridad es sincera orando por la salvación de todos sin excepción y deseando la salvación de todos señalándoles en la catequesis a Cristo como Camino, Verdad, y Vida. Mientras estamos en el mundo, el mayor amor que podemos demostrar a los que llamamos seres queridos -nuestra familia- y a nuestros prójimos en general es ofrecerles los medios -oración, sacramentos, amor filial a María Santísima, catequesis y sobre todo la Palabra de Dios-, para que eviten la perdición eterna y sean felices con Dios por Jesucristo y en el amor del Espíritu Santo en el cielo.

Una palabra de especial agradecimiento es justo decirla a quienes dedican parte de su tiempo a las catequesis, principalmente de niños y niñas.

Pienso en estos momentos en las personas que en las Parroquias, en las Escuelas y en los Hogares han preparado para la primera confesión y primera comunión a diversas generaciones cristianas. Que el Buen Jesús tenga sus nombres escritos en su Sagrado Corazón y que la Virgen María les consiga la gracia de la perseverancia en la fe y de la protección divina en sus necesidades propias y familiares.

Pensemos, todos, hermanos y hermanas, que Aquel que prometió a sus discípulos la fuerza de su Espíritu Santo para que pudieran dar testimonio de El ante los tribunales de la tierra, ciertamente que no abandonará en las adversidades y en los sufrimientos de la vida a quienes trabajan por extender su Reino de Amor, de Vida, de Justicia y de Paz. (Cf Lc. 12, 11; Mt. lO, 19-20).


IV-. COMUNIÓN PARA LA MISIÓN

Nuestro Señor Jesucristo insiste en la necesidad que tenemos todos de permanecer unidos a El (como unidas están las ramas al árbol) (Cf Jn. 15, 1-17) y de vivir unidos quienes somos sus discípulos. Esta unidad de los cristianos debe ser el signo privilegiado de la presencia del Espíritu de Cristo en el mundo.

Pero también la unidad de los discípulos de Jesús es la que dará fortaleza a la Iglesia fundada por Él y que cimentada por la fe en El, hará que las puertas o poderes del infierno no prevalezcan sobre ella. (Cf Mt. 16, 13-20).

Les recuerdo que San Pablo al hablar de la unión que debe existir entre los discípulos de Cristo dice que somos un sólo Cuerpo unidos a la Cabeza que es el Señor (Cf ICor. 12, 12-30; Rm. 12, 4-5).

No olvidemos lo que advirtió Jesús diciendo que “todo reino o nación dividida perece”.(Cf. Lc. 11, 17)

Si deseamos cumplir la voluntad del Señor que quiere que la Iglesia sea luz del mundo y sal de la tierra debemos esforzarnos por evitar toda división o fractura en la familia, en la parroquia, en la Diócesis, (Cf Mt. 5, 13-16).

La única Iglesia de Cristo testimonia su unión con Jesús si confiesa el mismo Credo, si recibe la gracia en los mismos sacramentos, si acepta el yugo llevadero (y hasta dichoso) de la ley de amor servicial y sacrificado a los hermanos y si al hablar con el Padre lo hace filialmente como Cristo nos enseñó a orar. Puedo decir también que la única Iglesia no puede, por voluntad de Cristo, prescindir de la mediación materna de la Virgen María (Cf Jn. 2, 1-12; 19, 25-27; Hech. 1, 14).

Quien realiza esta unidad eclesial es el Espíritu Santo y es el mismo Espíritu quien la conserva entre las tempestades del mundo si nosotros nos esforzamos por reconciliarnos sinceramente dentro del Corazón de Cristo y nos alimentamos del mismo pan sacramentado, que es en verdad Jesucristo, Alimento Vivo que garantiza vida eterna (Cf Jn. 6, 52-71).

Todo lo que he dicho podría resumirlo en las palabras de Jesús: “Sean perfectos como el Padre es perfecto”, es decir, SEAN SANTOS. (Cf Mt. 5-48)

Les digo claramente que si buscamos la santidad, que es la amistad con Dios, la gracia de Cristo, la fidelidad a la acción del Espíritu, nos estamos colocando en la mejor disposición para hacer realidad el mandato misionero de Cristo.


CONCLUSIÓN

Para terminar este Mensaje, que ciertamente no agota lo mucho que quisiera decirles, manifiesto mi agradecimiento a todos por sus trabajos en las Parroquias y casas religiosas, en las instituciones de caridad y de educación católica, en los Movimientos y Comunidades católicas de oración y de caminos de conversión, en los Medios de Comunicación social y comisiones de justicia y paz. Agradecimiento a los Delegados de la Palabra de Dios y encargados o responsables de las comunidades más alejadas de la sede de cada parroquia; sin olvidar particularmente a quienes con sus sufrimientos en sus hogares y hospitales colaboran extraordinariamente en la misión de la Iglesia y a las Hermanas contemplativas que con su oración y entrega total al Señor consiguen bendiciones especiales para la Diócesis y la embellecen con su testimonio.

En estos momentos pienso no sólo en la Virgen Madre que contempla a su Hijo recién nacido, sino en este mismo Divino Niño que mira a su Madre y en Ella de alguna manera ve reflejado el rostro de su Padre Dios. (Cf Puebla 282). Aprendamos pues del Divino Niño a ver a la Virgen María con ojos de hijos y a amarla filialmente.

De la Virgen aprendamos a vivir en contemplación de la Palabra de Dios durante todo este año, año que par la Diócesis deberá ser AÑO DE LA BIBLIA, precisamente para que se profundice en cada uno de nosotros los católicos y en cada hogar el conocimiento de “la anchura, la longitud, la altura y la profundidad del Amor de Dios “que se nos ha manifestado y se nos da en Cristo, Palabra Encarnada y Pan de Vida eterna en la Eucaristía (Cf Ef 3, 14-19).

En los Corazones santísimos de Jesús y de su Madre Inmaculada se guarden cada uno de los días de este año; nuestros hogares y los seres queridos que en ellos viven y aquellos que ya viven en la eternidad, nuestra Diócesis y sus proyectos pastorales surgidos o continuados bajo las disposiciones sinodales, la patria con sus presagios negativos y sus esperanzas, la Iglesia que guiada por Benedicto XVI navega en las encrespadas olas de los tiempos actuales y el mundo entero, criatura de Dios y habitación de los seres humanos cuya naturaleza quiso compartir la Palabra de Dios al hacerse hombre. De modo especial les invito a dar gracias a Dios por cumplirse en estos días el cuarto centenario del trasladó de León, nuestra Sede Episcopal, de León Viejo a este lugar actual.

Vivimos en la plenitud de los tiempos. Tiempos que, en el plan de amor de Dios, son de bendición y de gracia para todos los hombres y mujeres que ama el Señor. Por lo tanto: no tengan miedo. No tengamos miedo. No hay nadie como Dios y si Dios está con nosotros somos más que vencedores.

Labels: , ,

ACOGED AQUELLAS PALABRAS DE ALIENTO

Pedro Aguado, Padre General
Salutatio de enero y febrero del 2010

En el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 15, 31) hay una bonita referencia a la acogida que la comunidad de Antioquía dispensó a una carta de los apóstoles y de los presbíteros sobre algunas cuestiones concretas del estilo de vida cristiano. Se dice que la recibieron como “una palabra de aliento”. Así me gustaría invitaros a todos a recibir los documentos, textos, iniciativas y proposiciones de nuestro último Capítulo General. En el número extraordinario de enero y febrero de Ephemerides Calasanctianae presentamos toda la documentación propia de este importante acontecimiento de la Orden. Las Declaraciones y los Directorios van siendo ya publicados, y en estas semanas irán llegando ya a todas las comunidades.

Por eso he pensado escribir esta “salutatio” invitándoos a acoger los trabajos del Capítulo General como una “palabra de aliento” en vuestra vida y en desempeño de vuestra –nuestra misión escolapia.

¿Qué significa “acoger” nuestro Capítulo? Es una pregunta que de alguna manera todos nos tenemos que hacer. Acoger el Capítulo significa que esperamos algo bueno de él, quiere decir que deseamos conocer con claridad y objetividad los documentos aprobados, las opciones acordadas, las decisiones tomadas. Acoger el Capítulo significa darle la oportunidad de producir frutos, y frutos en abundancia. A lo largo de estos meses en los que estoy realizando una primera visita a la Orden, me doy cuenta de que en todos los lugares interesa conocer lo que hicimos en Peralta y siempre aparecen preguntas nuevas sobre lo que allí se decidió. Eso es bueno. Pero, hermanos, es insuficiente. Acoger no significa sólo “conocer”, “saber” o “preguntar”. Por encima de todo, significa recibirlo de tal modo que hagamos posible que fructifique en la vida de la Orden. De este modo acogeremos el Capítulo como una “palabra de aliento”.

¿Qué dinamismos tenemos que poner en marcha para acoger el Capítulo General? De entre todos los que podemos impulsar, yo propongo tres, bien sencillos y concretos:

a) El primero se llama “tener información”. Es importante que nos leamos los documentos, que preguntemos a los Capitulares sobre los temas que más nos interesen, que conozcamos lo que significan las diversas proposiciones que se aprobaron o las que se rechazaron, que los Superiores Mayores informen de lo esencial y de la lectura que la Congregación Demarcacional hace del Capítulo pensando en la Orden y en la Demarcación. Necesitamos facilitar, pedir y trabajar esta información. Sólo así evitaremos quedarnos en lo superficial o en lo más llamativo. Sólo de este modo podremos superar esa tentación que a veces se hace presente de querer conocer sólo las anécdotas o precisamente aquello sobre lo que hay que saber guardar discreción. La información es fundamental, y ha de ser completa, clara y fiel.

b) El segundo se llama “reflexionar personal y comunitariamente”. Al conocimiento sigue la reflexión, el diálogo, la profundización en aquellos aspectos que pueden ser más relevantes para la Orden o para la propia Demarcación o casa. Todos hemos de hacernos preguntas, por ejemplo, sobre lo que podemos hacer para impulsar lo que nos piden los documentos capitulares. Somos invitados a discernir, clarificar, interiorizar, responder a preguntas, tratar de leer los documentos como fuente de renovación de nuestra realidad, trabajar los textos para enriquecer nuestras programaciones o nuestras reuniones formativas. Todo ello es importante. Pongo un ejemplo que puede ayudar a entender lo que digo. En algunos lugares (más de uno) me han preguntado si la aprobación de una “Declaración” sobre la “Educación No Formal” significa que la Orden deja de poner su prioridad en la educación formal a través de nuestros colegios y escuelas y opta por una nueva plataforma educativa. La pregunta es importante y me hace pensar que no siempre se entienden las cosas bien y a la primera. Quiero recalcar que la Orden mantiene, renueva y si hiciera falta, intensifica su opción por las escuelas y colegios como plataforma privilegiada para llevar adelante nuestro ministerio, que busca la educación integral de los niños, niñas y jóvenes preferencialmente pobres. Pero se abre, con carácter institucional, a nuevas maneras y plataformas para servir a los niños. La “educación no formal” adquiere mayoría de edad en la Orden después de nuestro Capítulo General y ésa es una buena noticia, pero nunca en detrimento ni en lugar de nuestra presencia en los colegios. Pongo este ejemplo sólo para explicar la importancia que tiene la información y la reflexión sobre lo que hemos hecho en Peralta.

c) Finalmente, el tercer dinamismo tiene que ver con nuestras opciones. Tras el discernimiento (personal, comunitario, demarcacional… ), hemos de llegar a tomar decisiones, aprobar nuevos pasos, enriquecer nuestras programaciones; en definitiva, hemos de intentar que lo aprobado en el 46º Capítulo General pueda ofrecer frutos de nueva vida. Pongamos un ejemplo sencillo y concreto. Hemos aprobado que la Pastoral Vocacional sea central en la vida de nuestras Demarcaciones y presencias escolapias.

¿Qué significa esto para nuestra Demarcación? ¿Qué significa esto para nuestro equipo de pastoral o para nuestro colegio? “Central” no significa que la Pastoral Vocacional se convierta en el objetivo prioritario de nuestro trabajo (esto sería un serio desenfoque), sino que debe ser pensada, comprendida y programada como clave fundamental de interpretación de lo que somos y hacemos. Y esto, finalmente, se debe traducir en decisiones. ¿En qué debemos cambiar nuestra dinámica para que podamos decir que la Pastoral Vocacional es central para nosotros? ¿En qué debemos cambiar para que nuestra Demarcación sea capaz de suscitar, proponer, acompañar y acoger nuevas vocaciones escolapias? ¿Desde qué opción de fondo debemos acoger el Capítulo General? Pienso que algo que nos puede ayudar a acoger y entender nuestro Capítulo General es recibirlo desde una actitud central, desde una convicción que nos sitúa con claridad en el momento actual de la Orden. Sin duda que hay más de una opción de fondo para interpretar este Capítulo General, pero yo me atrevo a proponer una bien concreta: recibamos el Capítulo en clave de “construcción de Escuelas Pías”. En Peralta hablamos de revitalización, de crecimiento de la Orden, de reestructuración, de una pastoral vocacional central, de una Formación Inicial renovada, de un ministerio vivido con más identidad y calidad, de una renovada apuesta por un laicado escolapio, etc. Todo ello nos compromete a entendernos a nosotros mismos como personas corresponsablemente comprometidas en la construcción de unas Escuelas Pías más vivas, más misioneras, más fieles y más capaces de nuevas respuestas.

Esto nos compromete a todos. No invitamos a los jóvenes a repetir nuestros modelos, sino a construir con nosotros aportando su sensibilidad. No proponemos una Formación Inicial sin horizonte, sino a la búsqueda de una vida escolapia más significativa. No trabajamos con y por los laicos para que sean sólo nuestros colaboradores, sino para que construyan con nosotros, corresponsablemente, según su propia vocación. Si nos hemos propuesto un plan de crecimiento de la Orden lo hacemos porque pertenece a nuestra identidad estar dispuestos a entregarnos allí donde seamos necesarios. Si hablamos de reestructurar las Demarcaciones lo hacemos porque comprendemos que hay cambios que son necesarios para que podamos seguir sirviendo, convencidos de que compartiendo de modo nuevo vida, trabajo y organización podemos crecer más en identidad carismática y en el impulso de nuestra misión. Todo ello nos debe hacer ver la Orden en construcción y a nosotros mismos como humildes trabajadores de esta mies fertilísima, que es de todos. Trabajamos por vocación.

Purifiquemos nuestros riesgos y aprovechemos nuestras oportunidades.

Ante la recepción del Capítulo, todos tenemos riesgos y oportunidades. Los primeros deben ser superados, las segundas aprovechadas. Entre los primeros, cito algunos: la tentación de indiferencia (esto no va conmigo, no tiene nada que ver con mi vida cotidiana y mis necesidades), la vulgarización (más papeles, como siempre), la simplificación (de los capítulos, lo que interesa son las elecciones, lo demás se queda en las estanterías), la manipulación (llevar el agua a nuestro molino, en lugar de pensar en lo que yo debo cambiar), el provincialismo (vamos a ver qué cabe de este Capítulo en nuestra Provincia, en vez de pensar a qué somos llamados, como Provincia, desde este Capítulo), la ignorancia (ni siquiera tomarme la molestia de leer, porque ya me lo sé todo y tengo otras cosas más importantes que hacer). Hay muchos ejemplos que podemos añadir, pero no es necesario hacerlo, pues lo esencial es ser conscientes de que todos tenemos riesgos en la acogida, porque normalmente las cosas se reciben según el recipiente, y eso no es fácil de evitar.

También tenemos oportunidades. Es bueno que las sepamos aprovechar. Como sencillas sugerencias, apunto algunas: enriquecer nuestra conciencia de Orden, tratando de entender lo que nos preocupa y ocupa, fortalecer y actualizar nuestra comprensión de algunos elementos centrales de nuestro carisma sobre los que podemos leer documentos bien interesantes, aceptar un pequeño movimiento de desinstalación vital pensando en qué puedo colaborar para que sean posibles los grandes desafíos comunes que tenemos como Escuelas Pías, organizar un buen plan de formación en la comunidad, trabajando algunos de los documentos capitulares o tener algún retiro de comunidad centrado en lo que puede significar para nosotros el lema capitular “docere audeo”.

Los recipientes que acogen. Fijemos nuestra atención ahora no en los textos capitulares, sino en los destinatarios. Pienso que este Capítulo debe ser acogido en los diversos ámbitos en los que vivimos como escolapios.

Fundamentalmente tres: la Demarcación, la comunidad y presencia escolapia local, y cada uno de nosotros. En el ámbito de la Demarcación, las personas y equipos responsables, así como los consejos de rectores y secretariados, deben hacer su lectura de los aspectos fundamentales del Capítulo que más nos pueden afectar, y tratar de sacar sus conclusiones. En el ámbito local, es la comunidad y son los equipos responsables de la obra quienes deben hacer su trabajo. Y personalmente, cada uno de nosotros debemos también hacer el esfuerzo de leer y reflexionar, intentando sacar pistas que nos ayuden en nuestra vivencia vocacional. Los tres ámbitos son complementarios, los tres son imprescindibles. Por nuestra parte, desde la Congregación General trataremos de ir haciendo aportaciones que lleguen a todos.

Los frutos que podemos esperar. Estamos empezando un nuevo año, que deseamos para todos pleno de esperanza. También este año será ya “capitular”. Nuestro calendario institucional nos pone ya en dinámica de trabajo capitular y pronto seremos invitados nuevamente a trabajar sobre nuestra realidad demarcacional tratando de buscar lo mejor para nuestra vida y misión. Mi deseo y el de la Congregación General es que las prioridades y opciones que aprobamos en Peralta en 2009 sirvan para dinamizar vuestra realidad escolapia en vuestros Capítulos Locales y Demarcacionales. Por eso deseamos hacernos presentes en vuestro trabajo con algunas propuestas y consultas, que en su momento os haremos llegar. De entre los muchos frutos que podemos esperar del Capítulo General, uno sencillo y concreto es éste: que en cada una de las Demarcaciones caminemos según las líneas de la Orden y en todas ellas tomemos decisiones de corresponsabilidad con la construcción de las Escuelas Pías, nuestra casa común. Pidamos, esperemos y trabajemos por un nuevo dinamismo de Orden, más compartido y más correspondable.

Termino deseándoos a todos que este año 2010 que estamos comenzando sea para todos pleno de esperanza y lo sepamos vivir en fidelidad a nuestra vocación, con alegría y ánimo.

Un abrazo fraterno y mis mejores deseos para todos.
Pedro Aguado
Padre General

Labels: , ,