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Thursday, December 30, 2010

La gratuidad del don de Dios (P. Aguado XII.2010)

Carta a los Hermanos
Pedro Aguado, escolapio. Padre General
Diciembre de 2010
Ephemerides Calasanctianae

“Obra de Dios y del afortunado atrevimiento y tesonera paciencia de San José de Calasanz” (C 1).

Sobre la gratuidad del don de Dios y el papel del fundador en la vida de las Escuelas Pías.

Queridos hermanos, escribo esta “salutatio” convencido de que necesitamos hablar, pensar y profundizar en las “fuentes de la vida” de las Escuelas Pías. A lo largo de estos meses, y muy particularmente en el último Consejo de Superiores Mayores de la Orden, hemos hablado de aquellas opciones fundamentales que provocan vida en las Escuelas Pías, pues estamos comprometidos y deseosos de que nuestra Orden experimente un proceso de revitalización. Hemos hablado y trabajado sobre pastoral vocacional o sobre la identidad de nuestro ministerio o sobre el carisma compartido con los laicos. Sin duda que todas ellas –y unas cuantas más- son opciones de vida. Pero no podemos perder de vista dónde está la Vida, dónde está el centro o el eje de nuestra revitalización. De esto os quiero escribir.

Lo reconocemos en nuestras Constituciones y lo repetimos en numerosos escritos y reflexiones que compartimos entre nosotros. Estamos ciertos de que las Escuelas Pías son obra de Dios y del afortunado atrevimiento y tesonera paciencia de San José de Calasanz.

Por encima de todo, y dando sentido a todo, aquí está nuestra Vida y aquí radica nuestro hecho fundacional y, por lo tanto, nuestra capacidad de seguir viviendo y de seguir fundando, nuestra posibilidad real de ser y vivir como escolapios.

Sin duda que necesitamos hacer planificaciones que nos den vida y que ésta permanezca, y yo soy el primero que insisto en esto con ocasión y sin ella, pero nada de todo ello tiene sentido ni provoca vida separado de su eje y de su origen.

Somos obra de Dios. El carisma de San José de Calasanz, encarnado por las Escuelas Pías, es don de Dios. Eso, y no otra cosa, es lo que quiere decir la palabra carisma. Don que es acogido y encarnado por un hombre capaz de definir absolutamente su vida y su obra desde el querer de Dios. Y capaz de dar una respuesta absoluta, completa, integral y portadora de un don que Dios quiso dar a la Iglesia y al mundo, especialmente a los niños y jóvenes, a través de él.

Somos fruto del afortunado atrevimiento y tesonera paciencia de un hombre concreto, San José de Calasanz. Las dos afirmaciones que hacemos de él nos ofrecen una pista certera de cómo hemos de situarnos para acoger el don de Dios: con atrevimiento y con paciencia. Abiertos a su voluntad y seguros de que hay que cuidarla y hacerla fecunda con el trabajo de cada día.

Atentos a lo que nos dice a través de la realidad, sobre todo a través de los niños y pobres, y trabajadores esforzados para dar respuestas dignas de la propuesta recibida y de quien la propone. Audaces para entender las prioridades que nuestra vocación tiene en cada momento histórico y llamados a vivir con celo apostólico –qué bella expresión, preñada de pasión por la misión- a favor de aquellos a quienes servimos y la causa (el Reino) por la que nos entregamos.

Por todo ello, creo sinceramente que la Orden y todos los que somos y nos sentimos escolapios, estamos invitados a reflexionar, a seguir reflexionando, sobre el papel del fundador en la vida de las Escuelas Pías. Este es el objetivo de esta breve carta que, con todo afecto, me atrevo a dirigiros.

1-Decía el P. Camilo Macise,
religioso carmelita que fue Superior General de su Orden y presidente de la Unión de Superiores Generales, que la especificidad de la vida consagrada procede de su origen. Esta es una afirmación que siempre me ha parecido importante y sobre la que creo que debemos reflexionar con detenimiento. Siendo cierto que debemos saber colaborar con todos y compartir con otras muchas formas de vida consagrada y diversas comunidades e instituciones, también lo es que en las Escuelas Pías debemos tener claro que tenemos un “código genético” definido, vivido y ofrecido por el santo fundador.

La identidad propia de nuestro ser escolapios procede de Calasanz y de cómo supo situarse, dar respuestas y tomar decisiones, siempre en fidelidad a la voluntad de Dios.

No estoy invitando a la Orden a vivir en actitud de “somos diferentes”, pues eso sería peligroso y negativo en esta Iglesia de comunión que debemos construir.

Pero sí estoy pidiendo que vivamos desde la convicción de que tenemos algo propio que aportar, algo que nos identifica –que no significa que nos separa- y viviendo desde ahí, plantarlo y cuidarlo como semilla que engendra Reino: nuestro propio carisma. Esta es, hermanos, la principal fuente de nuestra vida y de nuestra renovación.

2-Sabemos que San José de Calasanz sigue velando
y protegiendo su obra. No tenemos ninguna duda de ello y lo sentimos y experimentamos con claridad. Pero también es cierto que algo tendremos que poner de nuestra parte. Pienso que una de las claves de nuestra Orden es que los escolapios sepamos situarnos, con compromiso y esperanza, desde las opciones que asumió el fundador. Me atrevo a sugerir, a modo de ejemplo, algunas actitudes calasancias que nos pueden ayudar en este hoy de nuestra Orden y que debemos intentar vivir y potenciar.

a-Descubrir lo que Dios nos pide
a través de la realidad en la que nos encontramos. Discernir desde nuestra propia realidad y la de los niños y jóvenes a los que somos enviados. Esta ha de ser una de nuestras actitudes permanentes.

Hemos de superar la tentación de que “ya sabemos lo que tenemos que hacer” o el riesgo de “no enterarnos de lo que nos pasa” o de lo que necesitan los jóvenes. Calasanz nos enseña que saber leer la realidad y tomar decisiones ante ella es fuente de vida y de fundación para las Escuelas Pías.

Hemos dedicado mucho esfuerzo este año a leer la realidad de las Escuelas Pías.

Pues bien, no basta. Hemos de convertirla en discernimiento. Yo os aseguro que las llamadas de la realidad nos deben poner en movimiento. Cito algunas, pensando sólo en nosotros mismos, en nuestra Orden. Son simples ejemplos sobre los que hemos reflexionado en este último Consejo de Superiores Mayores: Los jóvenes escolapios plantean que quieren vivir desde nuevos horizontes y tienen miedo de que lo que sueñan de jóvenes y aquellos valores en los que se forman luego no los puedan vivir con la plenitud que esperan. Y lo dicen con claridad. Piden participar en la construcción de nuevos horizontes para la Orden.

Los religiosos expresamos que necesitamos que nuestras comunidades sean en verdad espacios de encuentro con Dios, de apoyo fraterno y de envío a la misión. Tenemos “nostalgia de una vida comunitaria mejor”.

El número de personas laicas que viven integradas carismáticamente con la Orden y la calidad de esa integración, crecen progresivamente y nos plantean, gracias a Dios, nuevas preguntas y posibilidades.

El valor en el que más tenemos que crecer como escolapios –eso dicen al menos nuestras encuestas y escritos- es “crecer en mentalidad de Orden”.

Estos y otros muchos aspectos de nuestra realidad deben ser leídos como llamadas vocacionales que piden respuestas. Los escolapios estamos concebidos así: como personas que tienen en cuenta la realidad y toman decisiones. Lo mismo podríamos decir de los datos “externos a la Orden”, de las llamadas que nos hacen la sociedad y la juventud de hoy. Desbordaría las pretensiones de esta carta desarrollar este apartado. Sólo quiero resaltar una clave de fidelidad al fundador que debemos vivir: estar atentos a la realidad y atrevernos a dar respuestas, y a darlas con tesonera paciencia.

b-Somos hijos de un hombre obediente a la voluntad de Dios,
al que se le van cerrando sus primeras opciones y se le van abriendo otras nuevas, diferentes, que Dios le tiene reservadas. Si eso no hubiera sido así, no existirían hoy las Escuelas Pías. Pues bien, hemos de estar convencidos de que tampoco existirán en el futuro, al menos como las quería Calasanz, si sólo piensan en sí mismas y en sus circunstancias (endogamia), si sólo dan cauce a lo seguro (conservadurismo), si sólo dan las respuestas que siempre se han dado (inmovilismo), si absolutizamos nuestras propias sensibilidades o convicciones (egocentrismo) o si funcionamos como si no tuviéramos una identidad clara y definida (indefinición). Nada de esto hace bien a la Orden, nada de esto provoca vida.

Calasanz recorrió un camino nuevo. Pero no se perdió en él. La novedad la supo vivir desde la identidad. No estamos llamados a inventarnos nada, sino a vivir desde la fidelidad creativa. Esta es la guía del camino de Calasanz. Este ha de ser nuestro hilo conductor. Es Dios el que va cambiando la vida de Calasanz a través de sus búsquedas, opciones, fracasos y descubrimientos.

c-Sin duda que podríamos añadir más “actitudes fundacionales”
de Calasanz que dan vida a su obra. No es el momento. Podríamos hablar de las mediaciones que utilizó para consolidad su obra (fue un hombre que supo buscar apoyos para dar con las repuestas que debía dar) o de su capacidad de intuir el futuro (fue un hombre que supo tomar las decisiones que eran posibles en el presente y que hacían viable el futuro –ese es el arte del gobierno-) o de su vivencia de la sencillez y de la pobreza (fue un hombre que transformó la vida de quienes le conocieron porque era realmente un hombre de Dios). ¡Tantas cosas! Lo que realmente quiero decir es que las Escuelas Pías deben seguir siendo obra del atrevimiento y de la paciencia de Calasanz. Y sólo lo serán si tenemos este “chip” en nuestros trabajos, en nuestra vida, en nuestro quehacer diario, expresado en tantas intuiciones que han hecho fortuna entre nosotros y que debemos esforzarnos en hacer reales, como, por ejemplo, “Calasanz nos une” o “Arraigados en Calasanz”.

3-La Orden debe poner todo su esfuerzo
en seguir profundizando sobre la vida, la persona, la obra y el carisma de Calasanz. No podemos permitirnos ni ser superficiales en el conocimiento del fundador ni carecer de personas que nos ayuden y acompañen en esto ni dejar de tomar aquellas opciones y decisiones que cuiden de esta “clave de vida de las Escuelas Pías”. Invito a los jóvenes a profundizar en el conocimiento de todas las dimensiones del fundador e invito a la Orden a tomarse en serio este desafío.

El Consejo de Superiores Mayores acaba de aprobar, a propuesta de la Congregación General, la creación de un “Secretariado Calasancio”. Estos son los objetivos iniciales con los que nace dicho Secretariado, que deberá estar formado por religiosos y laicos: impulsar el papel central del Fundador, en todas sus dimensiones, en la vida y revitalización de las Escuelas Pías / impulsar la formación calasancia en la Orden / suscitar y acompañar vocaciones de especial interés por lo calasancio en el conjunto de las Escuelas Pías / proponer acciones y dinámicas formativas en algunos núcleos fundamentales de nuestro carisma.

Sin duda que le añadiremos más objetivos, pero es importante que este Secretariado nazca bien y ofrezca a la Orden nuevas posibilidades de seguir viviendo desde el fundador.

4-El impulso de “lo calasancio” no es algo teórico.
No se trata sólo de que hagamos cursos o de que publiquemos artículos, siendo ambas cosas fundamentales. No se trata sólo de “saber”, de “conocer”, sino de “vivir”. Pero caeríamos en un grave error si separáramos estos verbos. Debemos saber más de Calasanz, necesitamos profundizar más en las claves de su identidad carismática –motor de las Escuelas Pías-, es fundamental abrir nuestro carisma, de modo exigente, a las personas que lo descubren como propio. Pero el impulso de “lo calasancio” es mucho más que todo eso y por todos los lugares de la Orden experimentamos que así es.

Cuando anhelamos poner en red nuestras obras populares estamos diciendo que hay que potenciar más la identidad común. Cuando definimos los elementos de identidad de una obra escolapia (acabamos de aprobar, con rango capitular, los diez elementos básicos de la identidad calasancia de nuestro ministerio) estamos diciendo que por ahí circula nuestra mejor aportación. Cuando decimos que tenemos que formar a los formadores en aquellos aspectos que nos proporcionen más comunión estamos diciendo que deseamos ser una Orden más identificada con su propia naturaleza y razón de ser. Cuando proclamamos que debemos “crecer en mentalidad de Orden” estamos diciendo que sólo desde ahí podremos dar las respuestas que deseamos dar. Cuando insistimos en hacer posible la integración carismática de los laicos, desde opciones que supongan compromisos importantes y cambios de vida, estamos diciendo que vivir el carisma calasancio supone que el eje vital de las personas queda tocado por él y, por lo tanto, las personas viven un proceso de transformación. La vida real de las Escuelas Pías, hermanos, es Calasanz. Él palpita en nuestra realidad y la llama a revitalizarse.

Tengamos ojos para ver y oídos para escuchar.

Termino. Seamos agradecidos a Dios por enriquecer a San José de Calasanz con caridad y paciencia para poder entregar su vida a la educación cristiana de los niños. Y pidámosle que nos ayude a conformar nuestra vida desde la claves de aquél que es para nosotros maestro de sabiduría.

Recibid un abrazo fraterno
Pedro Aguado, escolapio. Padre General

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Monday, November 29, 2010

Gratitud por nuestros mayores (P. Aguado XI,2010

In memoriam…

Carta a los Hermanos
P. Pedro Aguado, escolapio
P. General
noviembre de 2010
Ephemerides Calasanctianae

Queridos hermanos, permitidme una carta un poco diferente de las que en los últimos meses os he dirigido. Os escribo esta salutatio a los pocos días de recibir la noticia de la muerte del P. Jesús Etxarri, de la Provincia Emaús, en nuestro colegio de Pamplona.

Sin duda que todos tenéis en vuestra memoria y en vuestro corazón el nombre de dos o tres personas de las que habéis aprendido a ser escolapios. Religiosos que han sabido sacar lo mejor de vosotros mismos y que os han servido de ejemplo, de padre, de maestro y de ayuda en el camino. Yo tengo unos cuantos, pero sobre todo dos: Fernando Legarreta (Lekun) y Jesús Etxarri. Jesús nos ha dejado hace pocos días, a finales de septiembre. No pude estar en su funeral porque estaba comprometido en Montecalvo Irpino para celebrar los 300 años del nacimiento de San Pompilio. Desde allí, bautizando a siete niños en la Memoria del Bautismo de San Pompilio, recé a Dios por la Vida plena del P. Jesús Etxarri.

De él aprendí a dar clase, a descubrir la centralidad de la Eucaristía, a celebrarla pensando siempre en aquellos con quienes lo hago, a valorar la vida comunitaria… ¡tantas cosas!

Por eso, en homenaje a él, he pensado escribiros esta breve carta sobre la gratitud que todos debemos a nuestros mayores, a los escolapios que nos han precedido en la Orden y que han entregado lo mejor de sí mismos por las Escuelas Pías, por los niños y jóvenes, y por quienes llamábamos a las puertas de la Orden para ser escolapios y que éramos acogidos con cariño, esperanza y dedicación. Somos escolapios –también- porque otros lo han sido. No lo olvidéis nunca. Sin ellos, sin su tiempo y testimonio, sin su paciencia y entrega, no estaríamos aquí. La Orden es el resultado de una larga cadena vocacional en la que unos pasan el testigo a otros. Seamos agradecidos por quienes nos han precedido, de todo corazón.

Me gustaría ofreceros algunas sencillas sugerencias para poder vivir este agradecimiento. Son pequeñas, pero os las ofrezco deseando contribuir con esta reflexión al gran objetivo en el que estamos metidos: construir Escuelas Pías. La Orden no se construye sólo con ideas, proyectos o estructuras, sino, sobre todo, a través de una red de amor, de vocación compartida, de testimonio entregado.

Por eso agradecemos a Dios por los que nos han precedido en el camino escolapio y duermen el sueño de la paz.

1-Hay una frase muy conocida
de Voltaire –desde luego, alguien nada sospechoso de valorar nuestra vida- sobre los religiosos: “se juntan sin conocerse, viven sin amarse y mueren si llorarse”. Todos la hemos escuchado alguna vez, y a todos, estoy seguro, nos ha hecho pensar. Sabemos que esta afirmación no es verdad.

Pero también sabemos que necesitamos vivir nuestra vida “conociéndonos, amándonos y llorándonos más”. Nuestra vida familiar se teje, en parte, a través de las relaciones humanas, aunque es mucho más que eso, pues el eje central es el testimonio de la fe. Pero esto segundo es imposible sin lo primero, y, más aún, nuestro modo de vida suele ser frecuentemente expresión, clara o contradictoria, de la autenticidad de nuestra razón de existir.

2-Me gustaría resaltar un segundo aspecto
que tiene que ver con nuestros mayores y su recuerdo. En muchas ocasiones solemos hablar de las claves de nuestra vida, y normalmente tratamos de formar a nuestros jóvenes para que vivan con autenticidad lo esencial de la vida religiosa escolapia. ¿Habéis probado alguna vez a explicar nuestra vida hablando de nuestros mayores? Yo os aseguro que es una extraordinaria experiencia. En todas nuestras demarcaciones tenemos ejemplos preciosos de los que podemos hablar. Os invito a pensar en ello.

Os puedo decir que a lo largo de estos meses he recibido ya muchos testimonios, en diversas demarcaciones, de religiosos fallecidos hace poco tiempo cuya vida resalta de modo diáfano alguna característica importante de nuestro ser escolapio. Por ejemplo: el P. Dino Bravieri, como ejemplo de síntesis entre ciencia y espiritualidad, entre Piedad y Letras, el P. Jesús Fernández, cuya vida nos puede servir para explicar lo que significa la santidad en la vida cotidiana del escolapio, el P. José Ramón Ferrís, un maestro en saber acercarse el corazón de los jóvenes, el P. Josef Horvátik, testimonio de amor por la Orden y audacia para hacerla posible, el P. Alejandro García Durán, Chinchachoma, expresión extraordinaria de la centralidad del niño pobre en la vida escolapia, el P. José Mateo, valioso ejemplo de ponderación y de mentalidad de Orden, y tantos otros. No quiero hacer un elenco completo. Sé que la lista podría ser muy larga, pero no es mi objetivo en esta carta; os ruego que lo comprendáis. Sólo quiero proponeros que hablemos a nuestros jóvenes de nuestros mayores. Ellos necesitan saber que sus sueños son posibles, y necesitan verlo en quienes van por delante de ellos. Es un modo privilegiado de construir Escuelas Pías, no lo dudéis. Hablemos de nuestros ideales, pero hagámoslo también presentándolos de modo encarnado; es el modo en el que deseamos vivirlos.

3-Hace un tiempo compartí una asamblea con un grupo de religiosos.
Habían dedicado la tarde a hacer “memoria agradecida” de sus mayores. Habían disfrutado proyectando sus fotografías, habían dedicado tiempo a contar sus anécdotas y experiencias sobre cada uno de ellos, habían preparado algunas presentaciones de la “vida y milagros” de cada uno y habían terminado con una Eucaristía de acción de gracias por ellos y una buena cena fraterna. Al día siguiente tenían comigo la sesión de trabajo. Me pareció un buen ejemplo a seguir, una idea que nos puede ayudar a vivir con más hondura humana y religiosa la despedida de quienes nos preceden.

4-Somos corresponsables con ellos en la construcción de la Orden.
Esta es una afirmación que quiero resaltar con claridad. A lo largo de este año me habéis oído hablar con frecuencia de que estamos “construyendo Escuelas Pías”. Lo digo para resaltar la actitud con la que nos tenemos que situar en este momento en el hoy de nuestra Orden: tenemos que ser escolapios en actitud de corresponsabilidad con los desafíos fundamentales que tenemos planteados. Pues bien, me gustaría resaltar en este contexto el valor de la vida de todos los escolapios. De todos y cada uno. De los que están en las publicaciones de los “escolapios ilustres” y de los que simplemente están en el Catálogo. Todos los escolapios contribuimos al bien de la Orden, y todos hemos de estar mutuamente agradecidos. Cuando recordamos a nuestros difuntos hemos de hacerlo también desde esta perspectiva, agradeciendo a Dios todo lo bueno que nos han sabido dar.

5-San José de Calasanz tiene una frase muy bonita
para hablarnos de la oración por nuestros difuntos. Dice que “no debemos dejar caer en el olvido, tras la muerte, a quienes durante esta vida de observancia religiosa hemos tenido como hermanos en Cristo” (CC82). Nos pide que recemos por ellos y que les recordemos ante Dios. Oramos por los nuestros, con todo el corazón. Sin duda que todos tenemos nuestra propia sensibilidad ante la oración por los nuestros, pero es muy importante que lo hagamos. Con ella aprendemos a ponernos en las manos de Dios, también nosotros. A través de ella crecemos en agradecimiento, en esa oración nos sentimos más escolapios, a través de ella nos hacemos más conscientes de nuestra pequeñez, y por ella nos acercamos al amor de Dios por nuestros hermanos, implorando de Él la plenitud de la Vida para quienes en vida fueron testigos de su amor. Cuidemos esta oración, hagámosla con cariño, con cuidado, con tiempo. También esta oración contribuye a la calidad de la vida de la comunidad y a la conciencia de pertenencia a la Orden.

6-El recuerdo de los nuestros, cariñoso y creyente,
nos ayudará, sin duda, a seguir viviendo, a seguir adelante en nuestra vida escolapia. Orar por ellos, ponerles en las manos de Dios, nos ayuda a entender qué significa vivir desde Dios. Pedir para otros la plenitud de la Vida nos ayuda a vivir con creciente sentido, desde nuestra pequeñez. Sin duda que la convicción de que “quien deja todo por Jesús recibirá cien veces más, y en la edad futura la vida definitiva” (Lc 18, 30) ha sostenido e iluminado el camino de la ancianidad y de la enfermedad de muchos de nuestros mayores. Es muy importante que esta experiencia de fe guíe la vida de todos nosotros, tengamos la edad que tengamos: somos llamados a la plenitud, que se ofrece como don al seguidor de Jesús.

Por eso, el mejor homenaje al que se va es seguir viviendo, y hacerlo en plenitud. Vivir desde las mejores opciones que nos han dejado quienes han sido escolapios antes que nosotros. Nuestra fe nos lo recuerda constantemente, y en la ocasión de las despedidas se nos hace más patente: tenemos un hogar en la presencia de Dios. Él nos espera y nos lo ofrece. Nuestra vida debe ser vivida en plenitud aquí, y será llevada a plenitud por Dios. Lo primero es nuestro desafío; lo segundo es nuestro regalo. Lo primero es tarea, lo segundo es don. Y los dos son inseparables.

De muchos escolapios podemos decir que nos han enseñado esta verdad fundamental: vivir en plenitud aquí, esperar con nostalgia la plenitud de Dios. La fe no es una “respuesta fácil”. Hay que profundizar en ella para que la fe pueda ofrecer esperanza. Hemos de seguir viviendo, como homenaje al que se va, y como respuesta a nuestras propias preguntas. Vale la pena la vida, si lo esencial es hacer que otros vivan, si lo que buscamos es compartir nuestro vivir. Si vivimos la vida como un regalo, nos será más fácil compartirla. Si la entendemos como un don, aprenderemos a entregarla. Ahora, a través de nuestra entrega; luego, confortados por el amor de Dios. Esa es nuestra fe.

Nos cuesta entender eso de las verdades del cielo. ¿Sabéis por qué? Porque no sabemos vivir con plenitud nuestra vida concreta. No podemos entender la plenitud si nuestra vida es pequeña y sin horizontes. Ojalá sepamos vivir nuestra vida escolapia dotándola de pequeños signos de plenitud, de una plenitud que es, para nosotros, la pequeñez habitada por Dios.

De este modo podremos seguir sintiéndonos animados y fortalecidos en nuestra vocación también por quienes nos han dejado. Podemos, por ejemplo, crecer en amor por Calasanz recordando al P. Augusto Subías o en ganas de vivir para trabajar en nuestra misión recordando al P. Nicolás Díaz, o en servicio y dedicación a los hermanos recordando al P. José Antonio García Nuño, o en fidelidad vocacional teniendo presente el testimonio de la vida del P. Hartmann Thaler. Podemos hacer mucho más larga la lista, hasta llegar al testimonio pleno que hemos recibido de lo que significa la confianza incondicional en Dios y la pasión por la misión, agradeciendo a Dios la paternidad de San José de Calasanz para con todos nosotros.

Esta carta llegará a vuestras manos el 1 de noviembre, solemnidad de Todos los Santos, día en el que agradecemos a Dios el don de la Vida plena que nos concede, y en la víspera de la oración por nuestros difuntos. Me uno a toda esa cadena de oración agradecida con la mía propia, pidiendo a Dios que nuestra oración por nuestros mayores nos cambie y nos transforme.

Padre, danos la sabiduría de lo alto; que sepamos valorar y acoger a los hermanos; haznos sencillos y sinceros con todos, accesibles a los pequeños, comprensivos y serviciales. Bendícenos a todos, para que nos mantengamos en apertura a los valores de tu Reino. Acuérdate de los enfermos y necesitados, de los que sufren más las dificultades de la vida. Acuérdate de los que han compartido ya la muerte de los pobres con Cristo, especialmente de nuestros hermanos escolapios, a quien ponemos en tus manos.

Recibid un abrazo fraterno
Pedro Aguado
Padre General

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Saturday, October 30, 2010

Reflexión sobre la vocación (P. Aguado IX.2010)

El 12 de septiembre -2010- el P. General envió a los participantes en el encuentro –juniores de Italia y Centroeuropa- una extensa reflexión sobre la vocación y una invitación cordial a vivirla en profundidad. A continuación presentamos un fragmento tomado del capítulo dedicado al amor por la Orden y a la disponibilidad.

“Queridos hermanos, todos formáis parte de la Orden. Lleváis en ella pocos años, pero la amáis con todo el corazón y sois amados por ella desde el compromiso de ayudaros a crecer y ser escolapios en plenitud. Hoy, más que nunca, amar a la Orden significa conocer y asumir, con un compromiso creciente, las grandes opciones desde las que las Escuelas Pías quieren servir, en la Iglesia, a la causa de la educación evangelizadora de los niños y jóvenes, encarnada como un carisma en la vida de San José de Calasanz y ofrecida a los escolapios como don y tarea.

Os propongo que profundicéis en esta vuestra pertenencia a la Orden. Os invito a amar profundamente a vuestra Provincia sabiendo que al hacerlo, amáis a la Orden. Os pido que hagáis crecer en vuestro corazón el don de la disponibilidad, pidiendo a Dios que os fortalezca para estar siempre disponibles a lo que las Escuelas Pías pidan de cada uno de vosotros. Todo esto, hermanos, es también una tarea espiritual, hemos de vivirlo y alimentarlo también desde la oración.”

Ephemerides Calasanctianae
Estudiantes de Italia y Europa Central

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Friday, June 25, 2010

UNA MISIÓN CON ALMA

Pedro Aguado, escolapio
Padre General
junio 2010

Queridos hermanos, quiero dedicar esta carta fraterna a uno de los temas que tienen más importancia a la hora de pensar sobre nuestra misión escolapia y sobre las opciones que más tenemos que cuidar y reflexionar. La he titulado “Una misión con alma”, porque creo que aquí radica uno de los desafíos a los que tenemos que saber responder con claridad y nuevos planteamientos.

Poco a poco voy avanzando en esta rápida primera visita a la Orden y estoy viendo la diversidad de situaciones en las que nos encontramos, las diferentes preocupaciones que tenemos en cada Demarcación, en función del momento institucional de cada una, y las variadas sensibilidades que tenemos a la hora de abordar nuestras decisiones y prioridades. Pienso que esto es normal, pues estamos viviendo en contextos muy diferentes y las situaciones de las Demarcaciones son bien distintas. Por eso no podemos caer en la simplificación de pensar que a todos nos valen las mismas soluciones ni creer que todos debemos resolver los problemas de la misma manera.

Pero también me doy cuenta de que hay desafíos comunes y de que la Orden puede y debe ser capaz de pensar en común algunas respuestas esenciales. Hemos de saber convertir la diversidad en suma que enriquece –nunca en diferencias que dividen-, pero también hemos de saber abordar los temas centrales desde convicciones compartidas.

Una de estas cuestiones centrales que tenemos planteadas en nuestra Orden es la necesidad de que nuestras Obras, nuestras presencias, reciban desde las Escuelas Pías su “aliento de vida”, de modo que lo escolapio sea su motor y su referencia esencial. Hemos de construir nuestras Obras de modo que tengan “alma escolapia”. Yo pienso que el “alma” de un proyecto o de una institución es aquello que le aporta la razón fundamental de ser, lo que hace que tenga vida y aporte vida alrededor. De la necesidad de ser y de constituir esta “alma escolapia de nuestras Obras” es de lo que os quiero hablar en esta carta fraterna. Y tengo que decir que escribo porque el tema me preocupa, porque no se es “alma” de cualquier modo y porque sin esta “alma” nuestras Obras dejarán de aportar la propuesta esencial que nuestros niños, niñas y jóvenes esperan y desean recibir. Iré poco a poco acercándome al concepto y a su significado, tal y como yo lo entiendo.

1 - Cuando pensamos en los colegios,
a todos nos preocupa su calidad, su futuro, su identidad evangelizadora, su sostenibilidad…

Cuando nos acercamos a nuestras parroquias pensamos en su carácter escolapio, en su capacidad de acompañar la fe de nuestros hermanos, en nuestra capacidad real de hacer un verdadero proyecto de parroquia con itinerario y horizonte…

Cuando impulsamos un internado o un hogar o una doposcuola o cualquier otra obra e educación no formal, nos ocupamos con todo interés en que los muchachos y muchachas a los que atendemos de verdad reciban allí lo que necesitan para crecer de modo integral…

Todo esto nos preocupa. Pero creo que hoy hemos llegado claramente a la conclusión de que el futuro de nuestras Obras y su capacidad de respuesta a las necesidades de nuestra gente depende esencialmente de su identidad. La identidad es la clave de la calidad, de la capacidad de evangelización, de la misión compartida y de nuestra capacidad de hacer proyectos significativos. Yo quiero situar en el primer plano de las preocupaciones de la Orden el esfuerzo por dotar a nuestras Obras de una auténtica identidad escolapia. Este es la primera afirmación que deseo hacer en este escrito.

Pero del reconocimiento de que nuestro reto mayor hoy es seguir siendo nosotros mismos -seguir siendo escolapios-, surge la necesidad de discernir cómo tenemos que ser hoy escolapios, qué rasgos de la identidad escolapia es hoy urgente subrayar para afrontar nuestra misión. Tenemos poco que hacer si a lo que ofrecemos a nuestras familias, a la sociedad y a la Iglesia no incorporamos lo más específico de nuestra identidad escolapia y, sobre todo, un proyecto educativo cristiano que tiene vocación de permanencia y de fidelidad.

2 - Pienso que en ese “cómo”
hay, al menos, dos aspectos, dos dinámicas que debieran estar ya básicamente claras entre nosotros. Y digo debieran porque todavía tenemos caminos que recorrer y pasos que dar. La primera tiene que ver con el “proyecto educativo y evangelizador escolapio”; la segunda con la “misión compartida”. Pienso que hoy debemos asumir e impulsar con claridad que ambas dinámicas son simultáneas e interdependientes:

tenemos un proyecto que es claro y específico, y sólo lo podremos llevar adelante desde la incorporación real, formada y vocacional de cuantos educadores, agentes de pastoral y colaboradores diversos lo descubran como propio y lo impulsen en comunión con las Escuelas Pías.

Nuestra misión o es escolapia y es compartida o no será.

Una carta fraterna no es el lugar para desarrollar con amplitud estos dos aspectos de nuestra misión: su carácter escolapio y su carácter compartido. Tenemos mucha literatura escrita sobre ello y os invito a repasarla o a estudiarla con atención. Me limito a afirmar que nuestro proyecto educativo y evangelizador sólo será escolapio si, entre otras cosas, busca la educación integral, se inspira en el evangelio y lo propone, hace su aportación a la transformación social, vive y se desarrolla en red escolapia y es llevado por personas convencidas y entusiasmadas con lo esencial de su propuesta, de modo que la asuman como vocación. Por eso los religiosos escolapios no tenemos sólo la responsabilidad de hacer las cosas bien, sino de provocar, acompañar y consolidar la identidad escolapia de las personas que comparten nuestra misión y se comprometen con ella. Es hora de que en las Escuelas Pías asumamos que el adjetivo “compartida” forma parte de la identidad de nuestra misión y saquemos las consecuencias que sean necesarias. No se trata sólo de una característica ni es simplemente una opción estratégica; la misión compartida es nuestro modo de entender e impulsar nuestra misión.

Ciertamente, las circunstancias y las condiciones de posibilidad son diferentes en los contextos en los que estamos, pero esto no nos debe despistar de lo esencial: trabajemos desde nuestra identidad y acompañemos el camino de tantas personas, buscadoras de esta misma identidad desde una vocación diferente. Esto es posible, y necesario, en todos los contextos en los que vivimos y trabajamos los escolapios.

3 - Pero todo esto debe ser “reconocible”.
Nuestros niños y jóvenes, nuestras familias, nuestros educadores, necesitan ver que todo esto, todas las convicciones desde las que trabajamos, todas las propuestas desde las que les animamos, pueden ser vividas, de hecho, por aquellos que les hablan de ellas o que se las proponen como horizonte vital. Nuestras Obras escolapias serán creíbles si en su núcleo vital están las “personas que responden de todo”, viviendo y acogiendo, trabajando y escuchando, animando y celebrando. Para que nuestra gente perciba realmente que nuestra propuesta educativa y evangelizadora es real, deben vernos comprometidos con ella. Sólo podremos educar en cristiano y acompañar la fe de los niños, jóvenes y familias, si en nuestras Obras palpitan comunidades cristianas vivas que les permiten verificar, por propia experiencia, la alternativa que supone para sus vidas el Evangelio.

Es por ello que la condición de posibilidad de un centro que eduque y evangelice, como pretendemos los escolapios, es que, al estilo de las rutas que salían desde San Pantaleo, se trate de acompañar a los niños y jóvenes desde la escuela hasta la vida de creyentes adultos. Si entonces eran imprescindibles esas rutas para que el niño no se perdiera o “lo perdieran” por el camino, en nuestro hoy, quizá sólo desde unas comunidades cristianas adultas que asuman la tarea del acompañamiento integral de niños y jóvenes podamos garantizar en nuestras Obras una mayor fidelidad a nuestra misión original. Forma parte de nuestra misión construir esas comunidades cristianas que, desde el carisma que nos es propio, ofrezcan a los niños y jóvenes un horizonte posible y esperanzador. Estas comunidades han de ser el alma que anima la presencia escolapia en un lugar. “Hagamos lo posible para que los alumnos, padres, profesores, el diverso personal que trabaja en nuestras Obras, amigos, sacerdotes, religiosos, exalumnos, todo el Pueblo de Dios que gravita en torno a nuestras Obras, sea convocado a vivir la propia fe en una comunidad eclesial que, sin duda, tendrá el signo y el carisma calasancio” (P. Ángel Ruiz, 1983).

4 - Esta tarea será siempre prioritaria
para la comunidad religiosa escolapia, cuya función esencial es ser alma de la Obra. Ha de trabajar para serlo siempre. Sin duda de diversos modos, no sólo desde la estructura propia de la comunidad local. Las diversas circunstancias en las que vivimos nos obligan a pensar esto de modo nuevo. Pero nunca debemos olvidar que pertenece a nuestra vocación ser el alma de la misión. Las comunidades religiosas escolapias han de ser siempre alma de la misión, y han de trabajar para que a esta alma se sumen más personas. Me atrevería a decir que allí donde vamos consiguiendo, con el compromiso corresponsable de tantos laicos y laicas escolapios y de tantas Fraternidades Escolapias, que vayan surgiendo comunidades cristianas escolapias, los religiosos escolapios somos llamados a ser el “alma del alma”, si es que se puede decir así.

Construimos comunidades cristianas escolapias para fortalecer la identidad escolapia de nuestras Obras y ofrecer a la Iglesia esos espacios de vida cristiana y misionera, de los que tiene tanta necesidad, y para expresar a todos los destinatarios y colaboradores de nuestra misión que hay un lugar desde dónde se puede vivir todo aquello que buscan. Estas comunidades no sólo no sustituyen, sino que necesitan y piden, la presencia de los religiosos.

No somos tan ingenuos ni estamos tan despistados como para creer que los religiosos podemos hacerlo todo y ser la referencia para todos, pero lo que nunca podemos hacer es perder -o vivir a medias- nuestra razón de ser: dar vida a nuestras Obras, acompañar su camino como escolapios y hacerlas crecer en fidelidad al carisma que nos fue regalado en San José de Calasanz.

Los religiosos escolapios, las comunidades escolapias deben vivir y trabajar siempre como alma de de la misión y provocar que esta alma sea cada vez más compartida.

Por eso, la vida religiosa escolapia es parte constituyente y esencial de la comunidad cristiana escolapia y de su misión. Me he atrevido a decir que es “el alma del alma” de la presencia escolapia y por ello su responsabilidad es fundante y fundamental. Las comunidades escolapias están llamadas a ser el espacio desde donde se anime esta realidad comunitaria más amplia, donde se puedan aprender las claves de la vida comunitaria y misionera, donde todos nos conectamos a una historia carismática de siglos y a una realidad institucional global que nos hace verdaderamente escolapios y católicos.

En este año, dedicado al sacerdocio, diría, además, que el sacerdote escolapio tiene una misión ingente pero preciosa: liderar, junto con quienes desde su vocación laical asuman el ministerio de acompañar a la comunidad, este entramado comunitario que debe ser el nuevo rostro escolapio y eclesial que convoque y permita mantener abierto el camino hacia Jesús a tantos niños y jóvenes en tantas partes del mundo.

5 - He empezado esta carta reconociendo
la diversidad de situaciones en las que nos encontramos. Tenemos Obras y presencias en las que no hay una comunidad religiosa local, otras en las que hay varias comunidades, otras en las que hay comunidad religiosa, pero escasa dinámica de misión compartida, otras en las que los religiosos se sitúan, desde estructuras diferentes, en el alma de la misión, muchas comunidades religiosas que verdaderamente impulsan con vigor la vida de los colegios, Demarcaciones que tratan de dar respuesta a estas necesidades desde el horizonte y el marco de la propia Provincia… Pienso que en todos los casos, hay que buscar maneras diversas para que nuestras Obras tengan alma escolapia real y sean animadas desde personas y comunidades que hagan posible que todos los que conforman la Obra sientan que existe un espacio eclesial y escolapio desde el que el colegio (o la Obra que sea) se sostiene y que es su referencia y fuente de vida. Aquí tenemos tarea todos, en todas las Demarcaciones. A ello os invito con todo interés.

Termino esta carta con algunas reflexiones finales, que están en relación directa con lo que expreso en este escrito. Son tareas que tenemos pendientes, según mi modo de pensar. Habría muchas más, pero sólo quiero dejar cuatro sugerencias a modo de ejemplo:

• Nuestro último Capítulo General dejó sin abordar
el tema de “la comunidad escolapia y la misión”. Desde la Congregación General deseamos retomar este asunto y ofrecer a la Orden un documento al respecto, cuando nos sea posible. Ojalá que también seamos capaces de proponer itinerarios de crecimiento en la capacidad de misión de nuestras comunidades.

• Nuestra Orden tiene un proyecto institucional
del laicado escolapio recogido en el documento “El laicado en las Escuelas Pías” del año 1997.

Muchas de las propuestas que se recogen en él siguen siendo tareas que tenemos que abordar para configurar el alma escolapia de nuestras Obras.

• Nuestra pastoral vocacional crecerá
con vigor y posibilidades si en nuestras Obras trabajamos más y mejor desde nuestra identidad y las configuramos con una creciente vida escolapia. Muchos jóvenes se acercan a nosotros convocados por nuestra misión, pero se acercarían más si estuviesen transformados por ella.

• Tenemos pendiente una reflexión
sobre el papel del religioso en nuestras Obras, porque no se puede formar parte del alma de una Obra de cualquier manera. Desde luego, nunca desde dinámicas de poder, sino de servicio, nunca desde un “hacer lo que a mí me parece que debe hacerse”, sino desde un trabajo en equipo, nunca desde una Obra aislada, que se define y se basta a sí misma, sino desde un proyecto más amplio que se configura e impulsa desde la Provincia y desde la Orden. Hemos de pensar mucho más sobre todo esto.

Queridos hermanos, la construcción del alma escolapia de nuestras Obras y nuestra vida religiosa como fuente de vida de las mismas son desafíos comunes a todos nosotros, estemos donde estemos y tengamos la realidad que tengamos. Desde nuestra situación y con el acompañamiento de la Orden, tratemos de dar respuestas auténticas, respuestas que provoquen vida.

Os envío un afectuoso saludo
Pedro Aguado
Padre General

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Thursday, May 27, 2010

SIGNOS Y DECISIONES DE VIDA

P. Pedro Aguado, escolapio. Padre General
IV.2010

Queridos hermanos, escribo esta carta al mismo tiempo que recibís en vuestras comunidades la intimación de los próximos Capítulos Demarcacionales. Casi sin solución de continuidad entrelazamos el Capítulo General, las primeras planificaciones del nuevo sexenio y los procesos de revisión, elección y programación propios de los Capítulos Demarcacionales.

Los plazos en los que nos movemos en la Orden así lo disponen.

Aprovechémoslos como una oportunidad de mantener el ritmo y la disposición de caminar que nos es propia, no sólo por nuestra vocación, sino por el tiempo que nos ha tocado vivir.

Seguro que a lo largo de estos meses nos invitaremos unos a otros a profundizar en nuestras dinámicas de discernimiento, de búsqueda, de toma de decisiones. También desde la Congregación General trataremos de acompañar este proceso animando a todos a vivir desde actitudes de confianza y de apertura, de creación de un futuro mejor para nuestras Demarcaciones. Permitidme que en esta carta fraterna os proponga algunas claves que creo que nos pueden ayudar en este momento de la Orden. Todas ellas las explicaré brevemente, con el objetivo de que algunas de ellas os sirvan, personal o comunitariamente, para situaros mejor ante los procesos que vais a vivir. Las sugerencias que os hago las pienso desde el convencimiento de que nuestro momento –el momento general de toda la Vida Religiosa- supone una “etapa nueva”. A lo largo de estos años hemos hablado y escrito mucho sobre Vida Religiosa; ahora tenemos que movernos, convertir en vida y en proceso institucional las grandes convicciones desde las que nos estamos preguntando tantas cosas unos a otros. Esta es la misión de un Capítulo y del equipo que reciba el encargo de impulsar la Demarcación. Quizá no sea el momento de nuevos documentos, sino de pasos claros y decididos, aunque humildes, de nueva vida.

Nostalgia, memoria y creación de futuro.

En ocasiones, algunas de nuestras comunidades viven o alimentan nostalgias. Este es un sentimiento ambivalente. No podemos vivir desde la nostalgia de un pasado que no va a volver. Nuestros Capítulos, nuestras reuniones, reflejan claramente que nuestra realidad está en movimiento. No caigáis en el error de llenar de nostalgia vuestro recipiente. Debemos saber reconocer que hay dinámicas de nostalgia que nos fijan al pasado, pero hay otras que detectan nuestra sed, ofrecen elementos de vida. Nuestro desafío es discernirlas con claridad. Nos pasa lo mismo con la memoria. La memoria sólo nos vale si nos lanza a lo nuevo, como la memoria de Jesús. La memoria cristiana no se enriquece con la repetición, sino con la creatividad impulsada desde la fe.

Y todo esto con la misma convicción que manifiesta el autor de Hebreos (11, 13) cuando nos recuerda que “moriremos sin ver lo prometido, sólo saludándolo de lejos”. Siempre he pensado que ésta va a ser nuestra vivencia durante estos años de “gestación” de algo nuevo. Pero estoy agradecido y feliz de poder vivir una época en la que estamos convencidos de que engendramos algo nuevo, Dios quiera que también bueno.

Fidelidad desde el cambio y en movimiento.

Somos llamados a la fidelidad creativa, en feliz expresión acuñada por Juan Pablo II en “Vita Consecrata” (VC 37). Esta es la primordial fidelidad que somos llamados a vivir. Fidelidad es “movernos hacia todo lo que favorezca que corra la vida según el Evangelio”. Hemos de tratar de evitar una fidelidad sin radicalidad evangélica. Podemos ser personas responsables de nuestro trabajo, cuidadosas de su oración, fieles a los compromisos adquiridos, pero puede faltarnos el dinamismo de un impulso creciente. El crecimiento espiritual y apostólico puede tener el riesgo de adormecerse. En ocasiones podemos vivir una fidelidad excesivamente sensata, como si viajáramos con el motor en marcha, pero con el freno de mano echado, por si acaso… Quizá algunos de nosotros nos reconozcamos en este retrato.

La fidelidad evangélica nos exige una cierta audacia, y tomar decisiones en consonancia. Yo siempre insistiré (y disfruto de ver que hay muchos escritos y ponencias que lo subrayan) en la necesidad de exploradores, como hizo Josué al llegar a la tierra prometida. Estamos como ellos, abandonando los ajos y cebollas de Egipto y buscando nuevos caminos para llegar a lo que Dios nos ha pedido y ofrecido. Pero no llegaremos sin desierto y sin explorar sin miedos.

La fidelidad es un juego entre “mantenimiento” y “exploración”. También eso forma parte del “arte de gobierno y de toma de decisiones”. Y no olvidemos que, especialmente en tiempos capitulares, eso de tomar decisiones es cosa de todos.

Mirada creyente ante nuestra propia realidad, viendo y potenciando los signos del Reino.

Mi convicción es que este ejercicio es fundamental como dinámica de “nuevo nacimiento”. Hemos de ser capaces de ver los signos del Reino que aparecen en el conjunto de la Vida Religiosa y en lo concreto de las Escuelas Pías o de mi Demarcación. Si tenemos ojos para ver y oídos para escuchar, descubriremos pistas que nos ayuden a caminar. Yo os pongo dos simples ejemplos de este ejercicio que también es propio de los tiempos de búsqueda en los que nos vamos a embarcar en breve plazo, cuando vayamos dando forma a nuevas Provincias en la Orden.

A En primer lugar,
pensemos en lo que está pasando en el conjunto de la Vida Religiosa. ¿Qué nos quiere decir? No tengamos miedo a decir que formas históricas de Vida Religiosa están cambiando. Y formas nuevas están naciendo y viven ya, aunque sea de modo germinal, entre nosotros.

¿Qué signos del Reino, de nueva vida, aparecen? Por ejemplo: el deseo de incrementar la mística en la vida consagrada / la centralidad de lo relacional en nuestra vida / la pasión por la misión / la generación y acompañamiento de procesos personales y comunitarios / nuestra mayor implicación social / la gestión de los bienes a favor de los pobres / la profundización en nuestra identidad / el compartir con los laicos… Miremos a las Escuelas Pías con cariño y veamos lo que está pasando: nos llamamos a la centralidad de la misión y el cuidado del “celo apostólico”, trabajamos para crear un sujeto escolapio renovado y compartido, buscamos comunidades corresponsables y misioneras, deseamos crecer… Se marcan líneas y horizontes, no hay duda.

B No olvidemos que también hay contrasignos;
es bueno ser conscientes de ellos y reflexionarlos. Fue muy sugerente lo que nos dijo Dolores Aleixandre sobre los “maridos” que tenemos en la Vida Consagrada en el Congreso Internacional de Vida Consagrada de 2004 (haciendo referencia al texto evangélico de Jesús y la samaritana, del evangelio de Juan): el marido de la necedad desinformada y conformista que nos hace pensar que las cosas van a ser siempre así / el marido neoliberal y consumista que nos arrastra hacia un peligroso “ser como todo el mundo”, camuflado de la virtud de la prudencia / el marido individualista que nos impide el roce profundo con los otros / el marido secularista, que nos aleja del pozo auténtico / el marido espiritualista que nos empuja a seguir levantando santuarios y escapar a nuevas sacralizaciones / el marido idolátrico, que nos propone otros diosecillos / el marido de los “mil quehaceres” que nos hace depender sólo del trabajo / el marido de la vida fácil y poco apasionada, que nos hace ser del montón y vivir sin entrega / el marido de la falta de “celo apostólico”, de pasión por la misión / el marido del cotilleo de la superficialidad, de la pérdida de tiempo en lo que no importa, de la falta de visión / el marido de las formas clericales y lejanas, de la autocomplacencia, del “yo sé cómo hay que hacer las cosas” / el marido de la falta de “utopía real”. La propuesta es clara: trabajad con paciencia el proceso de ruptura con esos maridos y de encuentro con el auténtico, con Jesús. Dadle tiempo, pero manteneos en ese proceso. No tengáis miedo a dar nombre a la sed que os habita. Este es otro camino que nos puede ayudar a situarnos en lo que hoy pide nuestra Orden y cada una de sus Demarcaciones.

Construyendo futuro con “recursos teologales”.

No me resisto a recordar algo que ya dije en Peralta de la Sal, en las palabras de clausura del Capítulo General. Hemos de tener claro que la Vida Religiosa debe enfrentarse a profundos cambios si quiere crecer evangélicamente. Y esos cambios serán exigentes, sin duda, porque son evangélicos. Serán profundos o no valdrán.

Por eso, muchos de quienes piensan y escriben para animarnos nos recuerdan que necesitamos una “espiritualidad para el cambio”, es decir, “recursos teologales” que nos ayuden a discernir con lucidez evangélica. Hemos de insistir en la espiritualidad como fuente de renovación de nuestra Orden. Si no queremos decepcionarnos por nuestra incapacidad de hacer lo que aprobamos, debemos fortalecer a las personas con recursos teologales, necesarios para abordar renuncias y emprender nuevos caminos. Tenemos que tomarnos en serio lo que somos, la vida que hemos elegido, las razones por las que la hemos consagrado… o esto no funcionará. Hemos de ser fuertes en la fe y en la vocación. Y esto nos supone un trabajo que las Demarcaciones deben impulsar.

A modo de ejemplo, cito algunas áreas en las que necesitamos “fortalecernos teologalmente”: la profundización en la identidad carismática de la vida religiosa / la clarificación de lo que significa el desafío de la significatividad de nuestra vida / el tipo de institución que somos y que debemos ser / nuestra capacidad de construir, junto con otras vocaciones, un futuro compartido hecho de compromisos serios que nos transforman y enriquecen.

No podemos caminar por estas sendas sin profundidad.

Escuchando la brisa suave de lo esencial (I Re 19, 11-13).

Este texto del primer libro de los Reyes nos sitúa ante una actitud de fondo. Como a Elías, se nos dice: “Sal de la cueva, que el Señor va a pasar”. Somos invitados a salir de la cueva, aunque esto nos suponga vivir más desprotegidamente. Sólo desde ahí escucharemos la brisa suave que sopla entre nosotros. Esto supone una actitud espiritual. Nuestras preocupaciones no deben estar centradas en aspectos como nuestro número o nuestra media de edad, sino en la inercia con la que en ocasiones vivimos, metidos en la cueva. Salgamos y entremos en movimiento. Como le pasó a Abraham, que al escuchar el “sal de tu tierra” tuvo que afrontar desiertos, periferias (el lugar en el que nos encontramos con “los otros”) y fronteras. En definitiva, poner el acento en lo que Dios nos está pidiendo y poner los medios para escucharlo.

“Tienes que nacer de nuevo” (Jn 3, 3).

Este es nuestro lema, este es nuestro desafío. Lo que yo pienso es que tenemos que saber desencadenar procesos que nos ayuden en esta tarea. “Nacer de nuevo” no pasa de ser una frase bonita si no le ponemos carne. Y como somos débiles y frágiles, hay que marcar procesos y propuestas que nos ayuden. Lo esencial es seleccionar procesos concretos que nos den posibilidades de “abrirnos a lo nuevo”. Y procesos planeados y consensuados. Citaré sólo dos o tres a modo de ejemplo:

a) Procesos que nos ayuden en nuestro crecimiento espiritual. Por ejemplo:
una formación teológico-espiritual seria para nuestros jóvenes / impulsar experiencias prolongadas y fuertes de oración y de búsqueda de Dios / vivir un acompañamiento espiritual integral / tener experiencias comprometidas de misión entre los más pobres…

b) Procesos que nos ayuden a crecer en relaciones de reciprocidad, desde la formación inicial.
Impulsar dinámicas corresponsables / que desde el principio tratemos de crecer en conciencia política, en análisis de la realidad y en participación social y eclesial allí donde estemos…

c) Procesos que nos ayuden a establecer una reflexión sistemática sobre el desafío de la significatividad para nosotros,
marcando áreas, opciones, signos, propuestas que nos ayuden a concretar.

En actitud de discernimiento real (Rom 12, 2).

“Idos transformando con la nueva mentalidad para ser capaces de distinguir lo que es voluntad de Dios”.

Estamos hablando de proceso (“idos transformando”), de camino de cambio.

El criterio es el Evangelio, el medio el discernimiento cristiano. La propuesta:
seamos “una Demarcación en discernimiento”. Sólo así podemos hacer las cosas bien. Y esto nos supone también un estilo de organización y de corresponsabilidad fraterna. Seguro que este tiempo capitular nos enriquecerá mucho si lo sabemos vivir desde esta perspectiva.

Queridos hermanos, os digo todo esto para pediros que este proceso capitular que empezaremos el próximo mes de agosto lo sepáis vivir en sintonía con las búsquedas que lleva adelante toda la Vida Religiosa en el seno de la Iglesia, y que lo hagamos en comunión con personas, comunidades y fraternidades escolapias que desean construir con nosotros un futuro nuevo. Estas actitudes, y otras muchas que vayáis proponiendo y asumiendo, nos ayudarán mucho.

Ojalá los diversos Ejercicios Espirituales que estos meses se realicen en las Demarcaciones puedan centrarse en la búsqueda de actitudes espirituales que nos sitúen con más apertura y docilidad ante la voluntad de Dios.

Os envío un abrazo fraterno junto a mi deseo de que estemos abiertos al Espíritu que se derrama sobre nosotros y que en el próximo Pentecostés celebraremos con alegría. No olvidemos nunca que Pentecostés, como todos los misterios de nuestra fe, no es un acontecimiento aislado, sino una manera de vivir desde Dios. No es un impulso inicial, sino un impulso sostenido. Sólo Él hace nuevas todas las cosas.

Pedro Aguado
Padre General

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Wednesday, April 28, 2010

MIRANDO EL FUTURO

Francisco E. Montesinos Ortí, provincial
IV.2010

Ya hace nueve meses que se clausuró en Peralta el 46 Capítulo General. El día en que nos despedimos de la casa del Santo Padre, comenzaba el verdadero Capítulo General: una Orden que se abría a nuevas perspectivas; una Orden que se llevaba la misión de convertir en vida un buen número de documentos “envueltos” en un minúsculo “pendrive”.

Desde entonces ha pasado un tiempo que ha sido especialmente intenso para nuestra Provincia. La presencia repetida del Padre General, las entrevistas mantenidas con todos los religiosos, la mirada hacia nuestro futuro provincial, nuestros gestos, las cercanías y las distancias, … tantas cosas que quizá nos hayan hecho situar en un segundo plano lo que recibimos como misión primera. Es verdad que las palabras del Padre General van a supeditar nuestro futuro particular, pero sobre todo, es tiempo, no lo olvidemos, de caminar en comunión con el resto de la Orden.

Y también son palabras del P. General las que escuchábamos en las reuniones de Comunidad cuando nos hablaba de la necesidad de ir pensando nuestro futuro como parte de una nueva Provincia española.

Si pensamos en una nueva Provincia, es porque queremos ‘Revitalizar’ nuestra vida y revitalizar, en concreto, los parámetros que sostienen la vida religiosa: la consagración, la comunión y la misión. Dice nuestro Documento sobre el carisma del 44 Capítulo General que “La fidelidad creativa que nos pide hoy el Espíritu, afecta a nuestra identidad de consagrados en comunión para la misión”. ‘Nos revitalizaremos si aseguramos nuestra consagración, potenciamos nuestra vida comunitaria y desarrollamos nuestra misión allá donde la infancia y la juventud más necesitada nos reclamen’. Si no es así, mejor esperemos. Empezar algo desde simples parámetros estructurales no vale la pena. Promover una “desestabilización” de estas magnitudes para hacer mera suma de realidades empobrecidas, es abocar a las personas y a la Institución, a la decepción.

Y una pregunta: ¿Cómo se hace esta revitalización? ¿Quién la promueve? Y me viene al recuerdo la frase del Perfecte Caritatis que dice: “No puede lograrse una eficaz renovación ni una recta adaptación si no cooperan todos los miembros del Instituto” PC4. La Provincia se revitalizará en comunión con toda la Orden. La raíz revitaliza el árbol, una rama no puede revitalizarse separada del resto del cuerpo. Oí una vez a un religioso que decía que padecemos una “ordenitis”, y recuerdo al mismo tiempo, los esfuerzos que hizo Calasanz para mantener la unidad del cuerpo de aquellas Escuelas Pías nacientes, aún a costa de su propia persona. ¿Era aquello “ordenitis? Se revitaliza la Orden, y las Provincias lo hacen en comunión unas con otras; sólo así el todo tendrá sentido.

Y que se vea. Más de una vez hemos comentado que los religiosos en las obras demasiadas veces “somos invisibles”. Y es cierto. Hemos de ser visibles “a la manera que el Instituto ha querido ser, a lo largo de su historia, visible”, sin caer en actitudes que en ocasiones “ciegan”, más que dan luz o que en otras, nos hacen irreconocibles.
Y así, optamos por una ‘pobreza’ visible que nos acerca al joven y al adulto que nos rodea y hace que nuestras palabras sean creíbles; una vida que provoca atractivo al joven que ha vivido y sufrido las consecuencias de una sociedad basada en la imagen y el tener.

Una ‘obediencia’ que nos hace disponibles por encima de la edad, los “derechos adquiridos” o las simpatías religiosas o ideológicas.

Una ‘castidad’ que nos hace amar a todos los hombres pero que no crea dependencias que nos atan y privan del gozo del compartir con todos. Una castidad que hace de la soledad un estímulo para “centrarse en el Señor” y no una cruz de la que es difícil librarse.

Y sobre todo, una Provincia revitalizada debe ser ejemplo de vida comunitaria. Leía hace poco que a los religiosos nos gusta “estar separados, pero juntos”. Hay mucho que reflexionar en esa frase en nuestra vida comunitaria provincial (que desde luego no es ninguna excepción en la Orden o en la Vida Religiosa en general). Nos gusta vivir “libres”, esto es, gozar de autonomía que satisface mis necesidades personales (paseo, ocio, estudios, viajes, amistades…) pero cuando vamos a los espacios comunes, necesitamos estar acompañados. Somos mayores, pocos en número, con todo tipo de distancias entre nosotros, pero hemos de saber que ‘lo que nos revitaliza es lo que nos une’, y nos une Jesucristo y Calasanz, los niños y los jóvenes, los pobres y los alejados… Si estamos desunidos deberemos ver qué pasa con todo esto.

Un nueva Provincia que promueva con ilusión nuestro Ministerio, que nos identifica y nos congrega. Dice Vita Consecrata que: “La vida religiosa será, tanto más apostólica, cuanto más íntima sea la entrega al Señor Jesús, más fraterna la vida comunitaria y más ardiente el compromiso en la misión específica del Instituto.” (VC.72d). Creo que poco más se puede decir en tan pocas líneas.

Ministerio que pide entregar la vida sin jubilaciones que suenan a retirada prematura, o a desilusión provocada por no sé cuántas situaciones personales. Ministerio entre los más necesitados aportando para ellos lo mejor que tenemos, quizá reubicando obras y personas, con estructuras que nos aten menos y nos posibiliten “traslados” que aumenten la autenticidad personal e institucional. Un Ministerio que tenga presente aquello que VC nos decía hace ya unos años: “la vida consagrada no se limitará a leer los signos de los tiempos, sino que contribuirá también a elaborar y llevar a cabo nuevos proyectos de evangelización para las situaciones actuales.” VC 73d

Una Provincia que no olvide a los Laicos que no son los sustitutos necesarios en tiempos de precariedad religiosa. Los laicos comparten nuestra vocación en distintas modalidades dicen las Constituciones (36) y son miembros activos y valiosos de nuestra obra apostólica dice en otro momento (C94). Hoy los laicos nos hablan de misión compartida, comparten la fe, la espiritualidad y la misión. Forman parte de la Escuela Pía. Laicos y religiosos, cada uno con su identidad propia, compartiendo, codo con codo, un enorme espacio común en el que todos nos enriquecemos y crecemos en la fe, en la fidelidad a Calasanz y en la entrega a los niños. Nuestra Provincia cuenta en los últimos años con una rica relación que terminó con la constitución de la Fraternidad de las Escuelas Pías de Valencia. Nuestro Capítulo próximo debería reflexionar sobre su existencia, su aportación a la Provincia, la implicación de los religiosos en la misma, la relevancia que le damos y muchas preguntas más. Nuestra Provincia debió de ser de las primeras que dio a los laicos papeles de responsabilidad en nuestras obras; hoy sin ellos sería casi imposible el buen funcionamiento que tienen. Y podríamos seguir.

Así miramos al futuro. Así podemos iniciar un nuevo tiempo. De aquella tierra de Peralta, 450 años después, sigue saliendo una llamada a los escolapios, religiosos y laicos, a revitalizar vida y ministerio escolapio. Y nosotros, en nuestra Provincia, en medio de nuestra particular situación, también hemos de escuchar esa llamada.

Francisco E. Montesinos Ortí
P. Provincial

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Tuesday, April 27, 2010

Por los niños que no existen

VINOD
Pedro Aguado, Padre General

En mi reciente visita a Asia, de la que guardo un gran y comprometido recuerdo, conocí a un joven llamado Vinod. Es hindú y vive con nuestros escolapios en el internado de Aryanad. Ayuda como un educador más en la marcha del internado, que acoge a más de cincuenta muchachos de edades adolescentes. Quise conocerle y hablé personalmente con él. Tiene 22 años y su historia es extraordinariamente escolapia. De muchacho, vivía en la calle, con su padre. No tenían nada propio, ni tampoco futuro creíble.

Cuando su padre enfermó gravemente fue acogido por los escolapios de Aroor, que le proporcionaron un hogar, cariño y estudios. Hoy día tiene terminados sus estudios secundarios, se prepara para la Universidad y trabaja en nuestro internado, colaborando con todo su entusiasmo en su organización y actividades. Cuando hablé con él, había una idea que me repetía de vez en cuando y que tenía muy clara: “Todo lo que soy se lo debo a los escolapios. Ellos han transformado mi vida. Estoy profundamente agradecido a la Escuela Pía”.

Os cuento esta historia no sólo porque la considero interesante, sino porque me sirve para introducir esta Carta a los Hermanos que os dirijo en este tiempo de Pascua que recién estamos empezando, en el que somos llamados a revivir y celebrar la razón última de nuestra fe y de nuestra vocación: la Resurrección del Señor. Por nuestra vocación escolapia, somos llamados a anunciar esta Buena Nueva de vida plena entre los niños y los jóvenes, especialmente aquellos que más la necesitan.

Como Calasanz en su momento, nuestro desafío es mirar a los niños, niñas y jóvenes y descubrir en ellos la presencia de Dios. ¡Cuántas veces habría visto Calasanz a aquellos muchachos por las calles de Roma!. ¡Cuántas veces habría constatado que no tenían ni escuela, ni educadores ni padres!. Pero cuando su corazón estuvo maduro, cuando sus ojos miraban con la mirada de Dios, vio en ellos el rostro de Jesús y entendió que su vida debía desgastarse para darles vida a ellos. No antes.

Me gustaría dedicar esta carta fraterna a recordar este hecho, esta dinámica de fe y de vocación escolapia, este acontecimiento carismático que engendra nuestra Orden.

Quisiera invitaros a profundizar en esta convicción calasancia: estamos para ellos. Y por ellos escribo. Sobre todo por los niños que no existen, que no tienen a nadie, que no están anotados en ningún registro, que no son ni siquiera un número, que no están contados, que, como me decía Vinod, “no tienen dirección propia”. Sólo son estadísticas, como algunas de las que quiero recordar en esta carta. Pero, como Vinod, aunque no existen para la sociedad, son la razón de la existencia de las Escuelas Pías.

Algo tiene que significar esto para nosotros. Algo hemos de pensar sobre esto, no vaya a ser que vivamos desde la convicción de que ya hemos dado todas las respuestas que podemos dar. Desde Calasanz, esto no es posible. Os aseguro que en esta visita que estoy haciendo a la Orden estoy conociendo respuestas profundamente escolapias pensadas por y para estos niños.

Quiero compartir con vosotros cuatro pequeñas reflexiones que surgen en mí cuando pienso en el núcleo carismático de Calasanz, su respuesta a los niños, en quienes vio el rostro de Jesús.

1ª reflexión:
Necesitamos “saber más”. Es bueno que dediquemos un poco de trabajo a conocer y pensar sobre la realidad de los niños y jóvenes en nuestro mundo. El objetivo de esta carta no es ofrecer estadísticas o números, pero sí el de invitaros a conocer y pensar sobre la educación en nuestro mundo. Es bueno que sepamos que, a pesar de los esfuerzos que se están haciendo y que están dado sus frutos (por ejemplo, en los últimos diez años ha disminuido en más de 30 millones el número de niños sin escolarizar en el mundo, el porcentaje de niñas sin escolarizar ha pasado del 58% al 54% y la tasa de alfabetización de los adultos ha subido en un 10%) el desafío de una “educación para todos” sigue vigente y actual en nuestro mundo. Hay 175 millones de niños malnutridos, 70 millones sin escolarizar, millones de niños acaban la escuela sin haber adquirido los conocimientos básicos necesarios y hacen falta 2 millones de maestros. Todos estos datos están reconocidos por la UNESCO en su informe “Educación para todos, objetivo del milenio, 2015”. Hay que seguir hablando de llegar a los marginados, de sistemas educativos integradores, de pensar un mundo apto para los niños. Y no sólo para los niños. Todavía hoy hablamos de más de 120 millones de adolescentes en edad de cursar estudios secundarios que están fuera de toda plataforma educativa. Esta es nuestra realidad, el contexto mundial en el que los escolapios tratamos de dar nuestra respuesta. Quizá estos datos no os resulten nuevos, pero es importante pensarlos y reflexionarlos.

Una propuesta:
Tenemos que dar pasos que nos ayuden a tener información, poderla analizar, intentar convertirla en respuestas institucionales. Necesitamos “antenas”, “observatorios”, publicaciones, materiales que nos ayuden a “estar al día” de lo que viven nuestros niños, niñas y jóvenes, de lo que necesitan, de lo que piden. Necesitamos escolapios que quieran especializarse en esto, que nuestras comunidades crezcan en esta sensibilidad. Sería bueno que cada año una de las reuniones de comunidad la dediquemos a formarnos sobre esta cuestión, desde diversos puntos de vista. Sólo si vivimos “con los ojos y oídos abiertos” podemos entender lo que está pasando, lo que están viviendo las personas a las que estamos llamados a entregarnos. ¿Sería posible impulsar en las Escuelas Pías un “Observatorio Calasancio para la Niñez y Juventud”? Ya veremos el nombre que le ponemos; de lo que se trata es de pensar si podemos organizarnos de modo que podamos disponer, para nosotros, para la Iglesia y para todos los que se acerquen a nosotros, de una entidad que “piensa y sugiere desde los niños y jóvenes”. Se admiten ideas. Mejor, se piden.

2ª reflexión.
Calasanz dio su respuesta desde Dios. Fue una respuesta de fe. Los niños y jóvenes del Trastevere, fueron, sin duda, parte central de su experiencia fundante como seguidor de Jesús. Desde ellos rezó, por ellos entregó su vida, en función de ellos configuró de modo definitivo su vocación y engendró en la Iglesia las Escuelas Pías, su respuesta esencial. Hemos de pensar sobre ello y sacar nuestras conclusiones.

¿Dedicamos tiempo en nuestra oración personal y comunitaria a orar desde esta experiencia fundante de Calasanz? ¿Oramos por los niños y jóvenes?. ¿Trabajamos nuestra vocación intentando crecer en el espíritu para educar a los niños más necesitados? ¿Cuidamos en nuestra Formación Inicial esta dinámica, desde experiencias y reflexiones concretas? Si los escolapios no nos trabajamos interiormente en esta clave fundamental de nuestra vocación, podemos despistarnos o conformarnos con cualquier vivencia. Nunca olvidemos esta afirmación de Calasanz: “quien no tiene espíritu para enseñar a los pobres, no tiene vocación escolapia o el enemigo se la ha robado” (EP. 1319). Esto no significa sólo que el espíritu de amor a los pobres es definitivo para el escolapio, sino que se puede perder. Como toda experiencia de fe, por central que ésta sea. Lo que no se cuida, lo que no se trabaja, lo que no se pone frecuentemente en manos de Dios, lo que no se vive, deja de ser central, pasa a ser sólo un elemento, una idea, un recuerdo.

Una propuesta.
Que todas las comunidades lean el documento capitular “El espíritu para enseñar a los niños pobres” y traten de sacar alguna idea que les ayude, como comunidad, a vivir con más plenitud, con más consciencia, esta experiencia central del escolapio. Sólo a modo de ejemplo: revisar cómo hablamos de nuestros alumnos, organizar una celebración mensual centrada en esta experiencia central para nuestro carisma, invitar a nuestras comunidades, una vez al año, a alguien que nos hable de la situación de niños y jóvenes, etc.

Sería muy bueno que todas nuestras comunidades dediquen al menos un día al mes, en su oración, a tener presentes las necesidades, esperanzas y problemas de los niños y jóvenes. A través de nuestra oración trabajamos nuestro corazón, cuidamos nuestra vocación y soñamos nuestras opciones. A través de nuestra oración –personal y comunitaria- crecemos como escolapios. Sabemos que el fruto principal de la oración es nuestra capacidad de amar.

3ª reflexión:
Nuestra capacidad de respuesta a necesidades de los niños y jóvenes.

He titulado esta carta “Por los niños que no existen”. Recuerdo que cuando visité La Romana (República Dominicana) me hablaron de muchas familias que ni siquiera están anotadas en ningún registro, que nadie sabe de su existencia. Son muchos los niños que están así, en muchos países del mundo. Son niños a los que las Escuelas Pías les están dando el ser, les están dando identidad, les están ayudando a crecer.

Los escolapios estamos dedicados a que los niños y jóvenes existan, a que sean, que se configuren como personas. En esta misión somos acompañados por muchísimas personas que se han sentido llamadas, como nosotros, por esta realidad. Entre todos tratamos de ofrecer lo mejor de nosotros para que nuestros niños y jóvenes crezcan como personas auténticas y, si así lo descubren, como cristianos.

En todos nuestros colegios, en todas nuestras obras, en todas nuestras plataformas educativas, trabajamos por lo mismo. Sin duda que desde contextos diferentes y desde opciones propias, pues nada es igual en ninguna parte del mundo. En todos los espacios en los que trabajamos es posible dar respuestas escolapias y hacerlo desde la preferencia por los últimos. Son muchos los niños que esperan y piden de nosotros que les ayudemos a conseguir su identidad. Por ejemplo, Niños y jóvenes que buscan sentido para su vida, que desean escuchar y descubrir propuestas que les hagan crecer.

Niños y jóvenes
que viven sin que sus familias les dediquen tiempo, y que necesitan padres y hermanos que les hagan sentirse alguien.

Niños y jóvenes
que desean recorrer un camino de fe y descubrir en Jesús el centro de su vida y poder poner nombre a su vocación.

Niños y jóvenes
que, a causa de las circunstancias en las que viven, están desestructurados como personas y necesitan mucho apoyo y acogida para recomponer lo que son y así poder crecer.

Niños y jóvenes
que reciben de nosotros una educación que quiere ser integral y que busca acompañarles con claridad para que puedan vivir desde los valores del Evangelio.

Damos nombre e identidad a estos niños y jóvenes cuando les ofrecemos nuestra educación, nuestros procesos pastorales, nuestra acogida, nuestros espacios de crecimiento personal. Con nuestra vida y nuestra misión hacemos personas, construimos seres humanos y damos identidad. Hemos de valorar todo lo que hacemos y trabajar más para conocer la diversidad de respuestas que estamos dando. Pienso que necesitamos tener más información sobre nosotros mismos, sobre nuestra realidad. Por eso, desde el Secretariado de Ministerio y Misión Compartida estamos trabajando en la posibilidad de sacar una buena información de las diversas realidades ministeriales escolapias, con el fin de que sean conocidas por todos.

Una propuesta.
Sin duda, la mayor parte de nuestras obras están pensadas para dar respuestas en función de los análisis que hacemos. Quizá algunas hace mucho tiempo que no analizan la realidad de los niños y jóvenes y sus necesidades y por eso las respuestas educativas que dan son las mismas de hace bastantes años, con dudoso éxito o significatividad. Sería bueno que en cada Demarcación se tuviera esto en cuenta y se pensara seriamente dónde están los niños y jóvenes, cuál es su realidad, cuáles son sus necesidades reales de fondo, para poder ofrecerles una propuesta educativa que les ayude y les fortalezca. Es importante, de vez en cuando dedicar tiempo a analizar nuestros contextos y nuestras líneas de trabajo.

4ª reflexión:
vivir esta dinámica como vocación, en lo personal y en lo institucional.

En definitiva, de lo que se trata es de vivir todo esto como vocación, que es lo que realmente es. La configuración de toda vocación cristiana tiene elementos de conocimiento (de reflexión, de “ver”), los tiene también de experiencia de fe (colocar nuestras opciones en la presencia de Dios) y los tiene de respuesta (compromiso, acción, entrega). Tiene muchos más, pero me he centrado en estos tres con el fin de sugerir algo que me parece importante. O los escolapios vivimos la vida como vocación (recuerdo que este era el título de un libro muy conocido, aunque ya de hace un tiempo), o no estamos siendo fieles a nuestro centro.

Andar la vida de modo vocacional supone estar siempre en camino, supone cuidar las opciones, supone vivirlas en la oración y en la comunidad, supone disponibilidad para nuevos envíos, supone capacidad de nuevas respuestas. No es que tengamos vocación, es que la vocación nos tiene, nuestro centro nos moviliza, nuestra vida está en apertura y búsqueda.

Y esto lo hemos de decir de cada uno de nosotros, pero también de la Orden y del conjunto de las Escuelas Pías, de tantas personas que descubren su vocación desde la misma experiencia que tuvo Calasanz. También la Orden debe pensarse a sí misma abierta a nuevas llamadas, necesitada de nuevas respuestas y, por qué no, de nuevos dinamismos que la hagan situarse en en centro, en su alma. Por aquí pasa una de las claves de la “revitalización” de la Orden de que que hablamos con tanto interés y esperanza. Necesitamos enriquecer nuestra vida como Orden con las mediaciones que nos ayuden a vivir activos en las respuestas.

Una propuesta:
Son muchas las cosas que podemos hacer, y os invito a todos a pensar sobre ello. Por mi parte, sugiero que intentemos volver a escribir un libro que hace tiempo que se hizo y que de vez en cuando es bueno volver a redactar: “Los escolapios se interrogan”. Vamos a intentarlo en estos años, contando con la disponibilidad de muchos de vosotros. Espero que en poco tiempo os podamos hacer una propuesta para poderlo realizar.

Os deseo todo bien en este tiempo de Pascua. Pidamos al Señor los unos por los otros, para que podamos vivir desde la extraordinaria experiencia de sabernos llamados y elegidos por Jesús para vivir como escolapios.

Os envío un afectuoso saludo

Pedro Aguado, Padre General

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Sunday, March 28, 2010

PIEDAD y LETRAS

P. Pedro Aguado, escolapio
P. General
Marzo, 2010

Queridos hermanos, escribo esta carta a finales de febrero, cuando ya en nuestro itinerario creyente estamos preparándonos para la celebración de los misterios que nos dieron nueva vida, la Pascua del Señor. A lo largo de estas semanas de Cuaresma escucharemos la llamada que la Iglesia nos hace a la conversión y trataremos de invitar a nuestros alumnos, alumnas y a todas las personas a las que nos dedicamos a abrir su corazón a la propuesta de Jesús de Nazaret. Nuestra misión escolapia, rica y plural, recibe en este tiempo un nuevo impulso de sentido: ojalá sepamos animar a todos a dar nuevos pasos en su crecimiento personal y en su descubrimiento de la fe.

Desde hace mucho tiempo, la Orden sintetizó en el lema “PIEDAD y LETRAS” lo esencial de la propuesta carismática calasancia, el eje desde el que se vertebra la misión a la que somos convocados y que estamos llevando adelante desde los diversos contextos en los que nos encontramos y vivimos. Sobre este lema, que está escrito en las paredes de nuestras casas y colegios, en nuestras publicaciones, en nuestra diaria actividad y, sobre todo, en nuestro corazón y en el de todas las personas que comparten nuestra misión y carisma, sobre este lema, digo, quiero escribiros esta breve carta fraterna.

Quiero compartir con vosotros una convicción: todavía no hemos sacado todo el jugo que encierra esta apuesta calasancia. Nunca terminaremos de desarrollar toda la riqueza ministerial y carismática contenida en esta afirmación de Calasanz: “Pues si desde la infancia el niño es imbuido diligentemente en la piedad y en las letras, puede preverse, con fundamento, un feliz transcurso de toda su vida” (Constituciones, nº 5).

En cada época vamos descubriendo nuevas sugerencias, en cada contexto se nos piden respuestas nuevas, en cada una de nuestras obras descubrimos carencias y desafíos nuevos a los que debemos responder para hacer que este “Piedad y Letras” sea de verdad una propuesta dinámica y no una afirmación vacía de contenido y de capacidad de avance y nuevas opciones. Os invito a profundizar en el significado de esta feliz combinación entre el saber humano y la propuesta cristiana, entre la fe y la cultura, entre la piedad y las letras. Sería bueno que nuestros equipos de educadores, nuestras comunidades formativas, nuestras publicaciones, entren de nuevo en este objetivo central de nuestra Orden y de nuestra Misión. Os lo propongo con toda convicción, seguro de que nos ofrecerá nuevas pistas para el camino.

“Piedad y Letras” supone y expresa un determinado tipo de educación, un modo de comprender al ser humano y lo que necesita para crecer integralmente y desarrollar todas sus potencialidades, que es lo que quería Calasanz. Para nosotros, esto supone tener las cosas muy claras: apostamos por los niños y jóvenes y les ofrecemos una propuesta integral que posibilite su pleno desarrollo y su capacidad de estar siempre en camino. Creemos en la fuerza transformadora que un determinado tipo de educación puede tener, y buscamos unas letras vitalizadas desde la piedad y una piedad encarnada en la ciencia y en la cultura para dotarlas de alma y horizonte de plenitud. Pero no en la teoría ni en el aire, sino en las personas que crecen desde esta propuesta educativa. Os ofrezco algunas pequeñas reflexiones que nos puedan ayudar a valorar la importancia que todo esto tiene para nosotros.

1. Pensemos en primer lugar en el ámbito de la creación del saber
humanístico y científico y en la reflexión teológica. Son campos y áreas en las que nuestra razón moderna hace difícil la unión y la relación entre el ámbito de las letras (ciencia, saberes, investigación) y el de la piedad (fe, apertura a lo creyente, valores).

Calasanz apostó por la “y” con absoluta claridad. Lo vemos en sus relaciones con los científicos y sabios de su época, en su propuesta pedagógica, en su insistencia en la piedad cristiana y en la educación desde la fe, en su convicción de que sólo de la combinación inteligente de todo ello en el crecimiento de los alumnos podemos ofrecer algo serio y valioso. Los escolapios debemos insistir en que, hoy más que nunca, la razón moderna e ilustrada puede y debe abrirse a la dinámica de la fe para crecer en consistencia, orientación humanista, solidaridad con los más débiles… Y la fe debe respetar el saber científico e iluminarlo desde lo que le es propio.

Hacemos un flaco servicio a nuestro carisma y misión en el mundo cuando aceptamos que estos ámbitos se opongan como si fueran contrarios o incompatibles.

Por eso quiero reafirmar la importancia de que seamos capaces de cuidar aquellas instituciones desde las que de modo más significativo trabajamos por la creación de saber, por la investigación científica y por la reflexión teológica. Somos llamados a elevar nuestro nivel de reflexión y de aportación.

2. Pensemos en nuestra formación,
sobre todo en los jóvenes que están en sus primeros años de vida escolapia y que se preparan para asumir este ministerio con calidad y dedicación. Nuestro ministerio en la Iglesia necesita escolapios preparados en “letras”, en “piedad” y en la relación entre ambas. Lo que tradicionalmente solemos llamar “estudios civiles” no es un añadido a nuestra formación. Los escolapios nos formamos en letras y en piedad. Debemos profundizar en este tema, para no caer en el error de que nuestra formación esencial es sólo la sacerdotal. Más que de estudios teológicos y civiles debiéramos hablar de “estudios escolapios”, que suponen una buena formación filosófica y teológica (al menos la propia de los estudios sacerdotales), una buena formación científico-humanística, con su reconocimiento oficial, y una buena formación carismática (formación calasancia, pedagógica, pastoral, catequética y en otros aspectos importantes propios de nuestra identidad escolapia). Sólo desde estas claves nos formaremos y creceremos en lo que nos es propio. Calasanz lo tuvo claro desde el principio: “Lamento mucho que nuestros clérigos muestren muy poco interés en aprender y que no sepan que sería un gran beneficio para sí aprender y enseñar a los alumnos las letras y el espíritu juntos” (enero, 1627).

3. Pensemos también en nuestras Obras,
sobre todo nuestros colegios. ¿Cómo los debemos impulsar para que sean de verdad calasancios? Los escolapios tenemos una propuesta clara de escuela, basada en la educación integral de los niños y jóvenes, centrada en la propuesta cristiana y comprometida con la transformación de la sociedad a través de la educación de las nuevas generaciones. Evidentemente, todo esto lo debemos hacer teniendo en cuenta los diversos contextos en los que trabajamos, que son diferentes y nos exigen opciones diversas. Debemos pensar las exigencias del “Piedad y Letras” para nuestros colegios. Hemos de estar en guardia ante algunas tentaciones o modos superficiales de impulsar nuestro carisma en los colegios. Cito sólo algunas de ellas:

a). colegios quizá orgullosos por el nivel de sus “Letras”,
pero sin un proyecto claro de evangelización ni de cambio social;

b). colegios que no ofrecen propuestas evangelizadoras extraacadémicas
que, desde la opción libre de los jóvenes, acompañen su proceso de fe hasta la incorporación a la comunidad cristiana;

c). colegios que no se esfuerzan en construir el “alma carismática”
referencial del colegio, de la que procede su vida y dinamismos escolapios;

d). colegios que no acompañan la formación escolapia de sus educadores,
ofreciéndoles posibilidades claras de una misión compartida visible y verificable;

e). colegios que se olvidan que son centros educativos,
abiertos a todas las sensibilidades (también en el terreno de la fe), en los que la propuesta cristiana debe vivirse como semilla de nueva vida, convocante y abierta, nunca excluyente ni cerrada.

Los documentos que acabamos de aprobar en nuestro Capítulo General de 2009 nos ofrecen criterios valiosos y sugerentes para valorar nuestras obras e impulsarlas según nuestro modelo educativo. Sería bueno trabajarlos en nuestras comunidades e instituciones educativas.

4. “Piedad y Letras” tiene que ver también con el papel de los religiosos escolapios
en nuestras obras. Sin duda que éste es uno de los temas que tenemos que reflexionar para poder situarnos mejor en nuestras obras, que son muy diversas.

Nuestra misión, concebida como un “evangelizar educando”, pide de nosotros que nos situemos con claridad en ella para poderla dinamizar. A modo de sugerencia, cito tres “espacios privilegiados” para el religioso:

a). en primer lugar, sabernos situar como testigos y garantes del carisma,
siendo personas que viven y transmiten nuestra identidad. Esto se puede y se debe hacer desde cualquier “cargo” u “oficio”. No tiene que ver necesariamente con el lugar en el organigrama, sino con el modo en el que nos situamos;

b). en segundo lugar, creo que “Piedad y Letras” es una propuesta educativa y evangelizadora
capaz de convocar a muchas personas a compartirla con claridad y vinculación. El escolapio es llamado a provocar, acompañar y consolidar la fuerza convocante de nuestra misión compartida;

c). finalmente, me gustaría resaltar el papel de la comunidad escolapia
y de la comunidad cristiana escolapia, referencia de nuestra misión. Ser “referencia” significa dar vida, convocar, acoger, hacer crecer la misión, marcar prioridades claras en lo referente a la identidad escolapia de la obra y, en definitiva, facilitar que en el conjunto de la obra las cosas se planifiquen y evalúen desde el centro de la identidad.

5. “Piedad y Letras” no es sólo el lema de nuestros colegios.
Es el lema de todas nuestras obras. Nuestras parroquias deben impulsar el “Piedad y Letras” desde las características de lo que es una parroquia. Un hogar infantil, un centro de educación no formal, un internado, cualquier plataforma educativa, si es escolapia, debe preguntarse por ese desafío y colocarlo en el centro de su proyecto. A lo largo de esta visita que estoy haciendo a la Orden estoy viendo muchas nuevas posibilidades para nuestro carisma en obras y plataformas diferentes. Desde la capilla que es escuela entre semana y templo los domingos hasta un grupo de jóvenes que se forma en un proyecto curricular adaptado a ellos con una relación educativa muy cercana y personal con educadores escolapios o una parroquia que potencia la construcción de centros educativos para niños y jóvenes en diversas circunstancias personales y sociales. Todas nuestras obras deben ser impulsadas y valoradas también desde esta perspectiva.

Vivir a fondo el “Piedad y Letras” nos pide plantearnos con ánimo y exigencia lo central de nuestra vocación. Sin duda, hay muchos aspectos de nuestra vida y misión que quedan tocados por este desafío. Os invito a pensar en ello y a convertir nuestro lema en motor de nuestro proceso como personas y como Orden. Nacimos para la misión, llevamos la misión en nuestro nombre institucional, pongámosla también en nuestras opciones, en nuestra vida y en nuestra capacidad de convocar a los jóvenes a vivir y asumir nuestra vocación.

Recibid un abrazo fraterno. Os deseo que podáis vivir con profundidad el tiempo de Cuaresma; que sea para todos ocasión y oportunidad de encuentro transformador con el Señor.

Pedro Aguado
P. General

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Wednesday, January 27, 2010

ACOGED AQUELLAS PALABRAS DE ALIENTO

Pedro Aguado, Padre General
Salutatio de enero y febrero del 2010

En el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 15, 31) hay una bonita referencia a la acogida que la comunidad de Antioquía dispensó a una carta de los apóstoles y de los presbíteros sobre algunas cuestiones concretas del estilo de vida cristiano. Se dice que la recibieron como “una palabra de aliento”. Así me gustaría invitaros a todos a recibir los documentos, textos, iniciativas y proposiciones de nuestro último Capítulo General. En el número extraordinario de enero y febrero de Ephemerides Calasanctianae presentamos toda la documentación propia de este importante acontecimiento de la Orden. Las Declaraciones y los Directorios van siendo ya publicados, y en estas semanas irán llegando ya a todas las comunidades.

Por eso he pensado escribir esta “salutatio” invitándoos a acoger los trabajos del Capítulo General como una “palabra de aliento” en vuestra vida y en desempeño de vuestra –nuestra misión escolapia.

¿Qué significa “acoger” nuestro Capítulo? Es una pregunta que de alguna manera todos nos tenemos que hacer. Acoger el Capítulo significa que esperamos algo bueno de él, quiere decir que deseamos conocer con claridad y objetividad los documentos aprobados, las opciones acordadas, las decisiones tomadas. Acoger el Capítulo significa darle la oportunidad de producir frutos, y frutos en abundancia. A lo largo de estos meses en los que estoy realizando una primera visita a la Orden, me doy cuenta de que en todos los lugares interesa conocer lo que hicimos en Peralta y siempre aparecen preguntas nuevas sobre lo que allí se decidió. Eso es bueno. Pero, hermanos, es insuficiente. Acoger no significa sólo “conocer”, “saber” o “preguntar”. Por encima de todo, significa recibirlo de tal modo que hagamos posible que fructifique en la vida de la Orden. De este modo acogeremos el Capítulo como una “palabra de aliento”.

¿Qué dinamismos tenemos que poner en marcha para acoger el Capítulo General? De entre todos los que podemos impulsar, yo propongo tres, bien sencillos y concretos:

a) El primero se llama “tener información”. Es importante que nos leamos los documentos, que preguntemos a los Capitulares sobre los temas que más nos interesen, que conozcamos lo que significan las diversas proposiciones que se aprobaron o las que se rechazaron, que los Superiores Mayores informen de lo esencial y de la lectura que la Congregación Demarcacional hace del Capítulo pensando en la Orden y en la Demarcación. Necesitamos facilitar, pedir y trabajar esta información. Sólo así evitaremos quedarnos en lo superficial o en lo más llamativo. Sólo de este modo podremos superar esa tentación que a veces se hace presente de querer conocer sólo las anécdotas o precisamente aquello sobre lo que hay que saber guardar discreción. La información es fundamental, y ha de ser completa, clara y fiel.

b) El segundo se llama “reflexionar personal y comunitariamente”. Al conocimiento sigue la reflexión, el diálogo, la profundización en aquellos aspectos que pueden ser más relevantes para la Orden o para la propia Demarcación o casa. Todos hemos de hacernos preguntas, por ejemplo, sobre lo que podemos hacer para impulsar lo que nos piden los documentos capitulares. Somos invitados a discernir, clarificar, interiorizar, responder a preguntas, tratar de leer los documentos como fuente de renovación de nuestra realidad, trabajar los textos para enriquecer nuestras programaciones o nuestras reuniones formativas. Todo ello es importante. Pongo un ejemplo que puede ayudar a entender lo que digo. En algunos lugares (más de uno) me han preguntado si la aprobación de una “Declaración” sobre la “Educación No Formal” significa que la Orden deja de poner su prioridad en la educación formal a través de nuestros colegios y escuelas y opta por una nueva plataforma educativa. La pregunta es importante y me hace pensar que no siempre se entienden las cosas bien y a la primera. Quiero recalcar que la Orden mantiene, renueva y si hiciera falta, intensifica su opción por las escuelas y colegios como plataforma privilegiada para llevar adelante nuestro ministerio, que busca la educación integral de los niños, niñas y jóvenes preferencialmente pobres. Pero se abre, con carácter institucional, a nuevas maneras y plataformas para servir a los niños. La “educación no formal” adquiere mayoría de edad en la Orden después de nuestro Capítulo General y ésa es una buena noticia, pero nunca en detrimento ni en lugar de nuestra presencia en los colegios. Pongo este ejemplo sólo para explicar la importancia que tiene la información y la reflexión sobre lo que hemos hecho en Peralta.

c) Finalmente, el tercer dinamismo tiene que ver con nuestras opciones. Tras el discernimiento (personal, comunitario, demarcacional… ), hemos de llegar a tomar decisiones, aprobar nuevos pasos, enriquecer nuestras programaciones; en definitiva, hemos de intentar que lo aprobado en el 46º Capítulo General pueda ofrecer frutos de nueva vida. Pongamos un ejemplo sencillo y concreto. Hemos aprobado que la Pastoral Vocacional sea central en la vida de nuestras Demarcaciones y presencias escolapias.

¿Qué significa esto para nuestra Demarcación? ¿Qué significa esto para nuestro equipo de pastoral o para nuestro colegio? “Central” no significa que la Pastoral Vocacional se convierta en el objetivo prioritario de nuestro trabajo (esto sería un serio desenfoque), sino que debe ser pensada, comprendida y programada como clave fundamental de interpretación de lo que somos y hacemos. Y esto, finalmente, se debe traducir en decisiones. ¿En qué debemos cambiar nuestra dinámica para que podamos decir que la Pastoral Vocacional es central para nosotros? ¿En qué debemos cambiar para que nuestra Demarcación sea capaz de suscitar, proponer, acompañar y acoger nuevas vocaciones escolapias? ¿Desde qué opción de fondo debemos acoger el Capítulo General? Pienso que algo que nos puede ayudar a acoger y entender nuestro Capítulo General es recibirlo desde una actitud central, desde una convicción que nos sitúa con claridad en el momento actual de la Orden. Sin duda que hay más de una opción de fondo para interpretar este Capítulo General, pero yo me atrevo a proponer una bien concreta: recibamos el Capítulo en clave de “construcción de Escuelas Pías”. En Peralta hablamos de revitalización, de crecimiento de la Orden, de reestructuración, de una pastoral vocacional central, de una Formación Inicial renovada, de un ministerio vivido con más identidad y calidad, de una renovada apuesta por un laicado escolapio, etc. Todo ello nos compromete a entendernos a nosotros mismos como personas corresponsablemente comprometidas en la construcción de unas Escuelas Pías más vivas, más misioneras, más fieles y más capaces de nuevas respuestas.

Esto nos compromete a todos. No invitamos a los jóvenes a repetir nuestros modelos, sino a construir con nosotros aportando su sensibilidad. No proponemos una Formación Inicial sin horizonte, sino a la búsqueda de una vida escolapia más significativa. No trabajamos con y por los laicos para que sean sólo nuestros colaboradores, sino para que construyan con nosotros, corresponsablemente, según su propia vocación. Si nos hemos propuesto un plan de crecimiento de la Orden lo hacemos porque pertenece a nuestra identidad estar dispuestos a entregarnos allí donde seamos necesarios. Si hablamos de reestructurar las Demarcaciones lo hacemos porque comprendemos que hay cambios que son necesarios para que podamos seguir sirviendo, convencidos de que compartiendo de modo nuevo vida, trabajo y organización podemos crecer más en identidad carismática y en el impulso de nuestra misión. Todo ello nos debe hacer ver la Orden en construcción y a nosotros mismos como humildes trabajadores de esta mies fertilísima, que es de todos. Trabajamos por vocación.

Purifiquemos nuestros riesgos y aprovechemos nuestras oportunidades.

Ante la recepción del Capítulo, todos tenemos riesgos y oportunidades. Los primeros deben ser superados, las segundas aprovechadas. Entre los primeros, cito algunos: la tentación de indiferencia (esto no va conmigo, no tiene nada que ver con mi vida cotidiana y mis necesidades), la vulgarización (más papeles, como siempre), la simplificación (de los capítulos, lo que interesa son las elecciones, lo demás se queda en las estanterías), la manipulación (llevar el agua a nuestro molino, en lugar de pensar en lo que yo debo cambiar), el provincialismo (vamos a ver qué cabe de este Capítulo en nuestra Provincia, en vez de pensar a qué somos llamados, como Provincia, desde este Capítulo), la ignorancia (ni siquiera tomarme la molestia de leer, porque ya me lo sé todo y tengo otras cosas más importantes que hacer). Hay muchos ejemplos que podemos añadir, pero no es necesario hacerlo, pues lo esencial es ser conscientes de que todos tenemos riesgos en la acogida, porque normalmente las cosas se reciben según el recipiente, y eso no es fácil de evitar.

También tenemos oportunidades. Es bueno que las sepamos aprovechar. Como sencillas sugerencias, apunto algunas: enriquecer nuestra conciencia de Orden, tratando de entender lo que nos preocupa y ocupa, fortalecer y actualizar nuestra comprensión de algunos elementos centrales de nuestro carisma sobre los que podemos leer documentos bien interesantes, aceptar un pequeño movimiento de desinstalación vital pensando en qué puedo colaborar para que sean posibles los grandes desafíos comunes que tenemos como Escuelas Pías, organizar un buen plan de formación en la comunidad, trabajando algunos de los documentos capitulares o tener algún retiro de comunidad centrado en lo que puede significar para nosotros el lema capitular “docere audeo”.

Los recipientes que acogen. Fijemos nuestra atención ahora no en los textos capitulares, sino en los destinatarios. Pienso que este Capítulo debe ser acogido en los diversos ámbitos en los que vivimos como escolapios.

Fundamentalmente tres: la Demarcación, la comunidad y presencia escolapia local, y cada uno de nosotros. En el ámbito de la Demarcación, las personas y equipos responsables, así como los consejos de rectores y secretariados, deben hacer su lectura de los aspectos fundamentales del Capítulo que más nos pueden afectar, y tratar de sacar sus conclusiones. En el ámbito local, es la comunidad y son los equipos responsables de la obra quienes deben hacer su trabajo. Y personalmente, cada uno de nosotros debemos también hacer el esfuerzo de leer y reflexionar, intentando sacar pistas que nos ayuden en nuestra vivencia vocacional. Los tres ámbitos son complementarios, los tres son imprescindibles. Por nuestra parte, desde la Congregación General trataremos de ir haciendo aportaciones que lleguen a todos.

Los frutos que podemos esperar. Estamos empezando un nuevo año, que deseamos para todos pleno de esperanza. También este año será ya “capitular”. Nuestro calendario institucional nos pone ya en dinámica de trabajo capitular y pronto seremos invitados nuevamente a trabajar sobre nuestra realidad demarcacional tratando de buscar lo mejor para nuestra vida y misión. Mi deseo y el de la Congregación General es que las prioridades y opciones que aprobamos en Peralta en 2009 sirvan para dinamizar vuestra realidad escolapia en vuestros Capítulos Locales y Demarcacionales. Por eso deseamos hacernos presentes en vuestro trabajo con algunas propuestas y consultas, que en su momento os haremos llegar. De entre los muchos frutos que podemos esperar del Capítulo General, uno sencillo y concreto es éste: que en cada una de las Demarcaciones caminemos según las líneas de la Orden y en todas ellas tomemos decisiones de corresponsabilidad con la construcción de las Escuelas Pías, nuestra casa común. Pidamos, esperemos y trabajemos por un nuevo dinamismo de Orden, más compartido y más correspondable.

Termino deseándoos a todos que este año 2010 que estamos comenzando sea para todos pleno de esperanza y lo sepamos vivir en fidelidad a nuestra vocación, con alegría y ánimo.

Un abrazo fraterno y mis mejores deseos para todos.
Pedro Aguado
Padre General

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