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Thursday, December 30, 2010

La gratuidad del don de Dios (P. Aguado XII.2010)

Carta a los Hermanos
Pedro Aguado, escolapio. Padre General
Diciembre de 2010
Ephemerides Calasanctianae

“Obra de Dios y del afortunado atrevimiento y tesonera paciencia de San José de Calasanz” (C 1).

Sobre la gratuidad del don de Dios y el papel del fundador en la vida de las Escuelas Pías.

Queridos hermanos, escribo esta “salutatio” convencido de que necesitamos hablar, pensar y profundizar en las “fuentes de la vida” de las Escuelas Pías. A lo largo de estos meses, y muy particularmente en el último Consejo de Superiores Mayores de la Orden, hemos hablado de aquellas opciones fundamentales que provocan vida en las Escuelas Pías, pues estamos comprometidos y deseosos de que nuestra Orden experimente un proceso de revitalización. Hemos hablado y trabajado sobre pastoral vocacional o sobre la identidad de nuestro ministerio o sobre el carisma compartido con los laicos. Sin duda que todas ellas –y unas cuantas más- son opciones de vida. Pero no podemos perder de vista dónde está la Vida, dónde está el centro o el eje de nuestra revitalización. De esto os quiero escribir.

Lo reconocemos en nuestras Constituciones y lo repetimos en numerosos escritos y reflexiones que compartimos entre nosotros. Estamos ciertos de que las Escuelas Pías son obra de Dios y del afortunado atrevimiento y tesonera paciencia de San José de Calasanz.

Por encima de todo, y dando sentido a todo, aquí está nuestra Vida y aquí radica nuestro hecho fundacional y, por lo tanto, nuestra capacidad de seguir viviendo y de seguir fundando, nuestra posibilidad real de ser y vivir como escolapios.

Sin duda que necesitamos hacer planificaciones que nos den vida y que ésta permanezca, y yo soy el primero que insisto en esto con ocasión y sin ella, pero nada de todo ello tiene sentido ni provoca vida separado de su eje y de su origen.

Somos obra de Dios. El carisma de San José de Calasanz, encarnado por las Escuelas Pías, es don de Dios. Eso, y no otra cosa, es lo que quiere decir la palabra carisma. Don que es acogido y encarnado por un hombre capaz de definir absolutamente su vida y su obra desde el querer de Dios. Y capaz de dar una respuesta absoluta, completa, integral y portadora de un don que Dios quiso dar a la Iglesia y al mundo, especialmente a los niños y jóvenes, a través de él.

Somos fruto del afortunado atrevimiento y tesonera paciencia de un hombre concreto, San José de Calasanz. Las dos afirmaciones que hacemos de él nos ofrecen una pista certera de cómo hemos de situarnos para acoger el don de Dios: con atrevimiento y con paciencia. Abiertos a su voluntad y seguros de que hay que cuidarla y hacerla fecunda con el trabajo de cada día.

Atentos a lo que nos dice a través de la realidad, sobre todo a través de los niños y pobres, y trabajadores esforzados para dar respuestas dignas de la propuesta recibida y de quien la propone. Audaces para entender las prioridades que nuestra vocación tiene en cada momento histórico y llamados a vivir con celo apostólico –qué bella expresión, preñada de pasión por la misión- a favor de aquellos a quienes servimos y la causa (el Reino) por la que nos entregamos.

Por todo ello, creo sinceramente que la Orden y todos los que somos y nos sentimos escolapios, estamos invitados a reflexionar, a seguir reflexionando, sobre el papel del fundador en la vida de las Escuelas Pías. Este es el objetivo de esta breve carta que, con todo afecto, me atrevo a dirigiros.

1-Decía el P. Camilo Macise,
religioso carmelita que fue Superior General de su Orden y presidente de la Unión de Superiores Generales, que la especificidad de la vida consagrada procede de su origen. Esta es una afirmación que siempre me ha parecido importante y sobre la que creo que debemos reflexionar con detenimiento. Siendo cierto que debemos saber colaborar con todos y compartir con otras muchas formas de vida consagrada y diversas comunidades e instituciones, también lo es que en las Escuelas Pías debemos tener claro que tenemos un “código genético” definido, vivido y ofrecido por el santo fundador.

La identidad propia de nuestro ser escolapios procede de Calasanz y de cómo supo situarse, dar respuestas y tomar decisiones, siempre en fidelidad a la voluntad de Dios.

No estoy invitando a la Orden a vivir en actitud de “somos diferentes”, pues eso sería peligroso y negativo en esta Iglesia de comunión que debemos construir.

Pero sí estoy pidiendo que vivamos desde la convicción de que tenemos algo propio que aportar, algo que nos identifica –que no significa que nos separa- y viviendo desde ahí, plantarlo y cuidarlo como semilla que engendra Reino: nuestro propio carisma. Esta es, hermanos, la principal fuente de nuestra vida y de nuestra renovación.

2-Sabemos que San José de Calasanz sigue velando
y protegiendo su obra. No tenemos ninguna duda de ello y lo sentimos y experimentamos con claridad. Pero también es cierto que algo tendremos que poner de nuestra parte. Pienso que una de las claves de nuestra Orden es que los escolapios sepamos situarnos, con compromiso y esperanza, desde las opciones que asumió el fundador. Me atrevo a sugerir, a modo de ejemplo, algunas actitudes calasancias que nos pueden ayudar en este hoy de nuestra Orden y que debemos intentar vivir y potenciar.

a-Descubrir lo que Dios nos pide
a través de la realidad en la que nos encontramos. Discernir desde nuestra propia realidad y la de los niños y jóvenes a los que somos enviados. Esta ha de ser una de nuestras actitudes permanentes.

Hemos de superar la tentación de que “ya sabemos lo que tenemos que hacer” o el riesgo de “no enterarnos de lo que nos pasa” o de lo que necesitan los jóvenes. Calasanz nos enseña que saber leer la realidad y tomar decisiones ante ella es fuente de vida y de fundación para las Escuelas Pías.

Hemos dedicado mucho esfuerzo este año a leer la realidad de las Escuelas Pías.

Pues bien, no basta. Hemos de convertirla en discernimiento. Yo os aseguro que las llamadas de la realidad nos deben poner en movimiento. Cito algunas, pensando sólo en nosotros mismos, en nuestra Orden. Son simples ejemplos sobre los que hemos reflexionado en este último Consejo de Superiores Mayores: Los jóvenes escolapios plantean que quieren vivir desde nuevos horizontes y tienen miedo de que lo que sueñan de jóvenes y aquellos valores en los que se forman luego no los puedan vivir con la plenitud que esperan. Y lo dicen con claridad. Piden participar en la construcción de nuevos horizontes para la Orden.

Los religiosos expresamos que necesitamos que nuestras comunidades sean en verdad espacios de encuentro con Dios, de apoyo fraterno y de envío a la misión. Tenemos “nostalgia de una vida comunitaria mejor”.

El número de personas laicas que viven integradas carismáticamente con la Orden y la calidad de esa integración, crecen progresivamente y nos plantean, gracias a Dios, nuevas preguntas y posibilidades.

El valor en el que más tenemos que crecer como escolapios –eso dicen al menos nuestras encuestas y escritos- es “crecer en mentalidad de Orden”.

Estos y otros muchos aspectos de nuestra realidad deben ser leídos como llamadas vocacionales que piden respuestas. Los escolapios estamos concebidos así: como personas que tienen en cuenta la realidad y toman decisiones. Lo mismo podríamos decir de los datos “externos a la Orden”, de las llamadas que nos hacen la sociedad y la juventud de hoy. Desbordaría las pretensiones de esta carta desarrollar este apartado. Sólo quiero resaltar una clave de fidelidad al fundador que debemos vivir: estar atentos a la realidad y atrevernos a dar respuestas, y a darlas con tesonera paciencia.

b-Somos hijos de un hombre obediente a la voluntad de Dios,
al que se le van cerrando sus primeras opciones y se le van abriendo otras nuevas, diferentes, que Dios le tiene reservadas. Si eso no hubiera sido así, no existirían hoy las Escuelas Pías. Pues bien, hemos de estar convencidos de que tampoco existirán en el futuro, al menos como las quería Calasanz, si sólo piensan en sí mismas y en sus circunstancias (endogamia), si sólo dan cauce a lo seguro (conservadurismo), si sólo dan las respuestas que siempre se han dado (inmovilismo), si absolutizamos nuestras propias sensibilidades o convicciones (egocentrismo) o si funcionamos como si no tuviéramos una identidad clara y definida (indefinición). Nada de esto hace bien a la Orden, nada de esto provoca vida.

Calasanz recorrió un camino nuevo. Pero no se perdió en él. La novedad la supo vivir desde la identidad. No estamos llamados a inventarnos nada, sino a vivir desde la fidelidad creativa. Esta es la guía del camino de Calasanz. Este ha de ser nuestro hilo conductor. Es Dios el que va cambiando la vida de Calasanz a través de sus búsquedas, opciones, fracasos y descubrimientos.

c-Sin duda que podríamos añadir más “actitudes fundacionales”
de Calasanz que dan vida a su obra. No es el momento. Podríamos hablar de las mediaciones que utilizó para consolidad su obra (fue un hombre que supo buscar apoyos para dar con las repuestas que debía dar) o de su capacidad de intuir el futuro (fue un hombre que supo tomar las decisiones que eran posibles en el presente y que hacían viable el futuro –ese es el arte del gobierno-) o de su vivencia de la sencillez y de la pobreza (fue un hombre que transformó la vida de quienes le conocieron porque era realmente un hombre de Dios). ¡Tantas cosas! Lo que realmente quiero decir es que las Escuelas Pías deben seguir siendo obra del atrevimiento y de la paciencia de Calasanz. Y sólo lo serán si tenemos este “chip” en nuestros trabajos, en nuestra vida, en nuestro quehacer diario, expresado en tantas intuiciones que han hecho fortuna entre nosotros y que debemos esforzarnos en hacer reales, como, por ejemplo, “Calasanz nos une” o “Arraigados en Calasanz”.

3-La Orden debe poner todo su esfuerzo
en seguir profundizando sobre la vida, la persona, la obra y el carisma de Calasanz. No podemos permitirnos ni ser superficiales en el conocimiento del fundador ni carecer de personas que nos ayuden y acompañen en esto ni dejar de tomar aquellas opciones y decisiones que cuiden de esta “clave de vida de las Escuelas Pías”. Invito a los jóvenes a profundizar en el conocimiento de todas las dimensiones del fundador e invito a la Orden a tomarse en serio este desafío.

El Consejo de Superiores Mayores acaba de aprobar, a propuesta de la Congregación General, la creación de un “Secretariado Calasancio”. Estos son los objetivos iniciales con los que nace dicho Secretariado, que deberá estar formado por religiosos y laicos: impulsar el papel central del Fundador, en todas sus dimensiones, en la vida y revitalización de las Escuelas Pías / impulsar la formación calasancia en la Orden / suscitar y acompañar vocaciones de especial interés por lo calasancio en el conjunto de las Escuelas Pías / proponer acciones y dinámicas formativas en algunos núcleos fundamentales de nuestro carisma.

Sin duda que le añadiremos más objetivos, pero es importante que este Secretariado nazca bien y ofrezca a la Orden nuevas posibilidades de seguir viviendo desde el fundador.

4-El impulso de “lo calasancio” no es algo teórico.
No se trata sólo de que hagamos cursos o de que publiquemos artículos, siendo ambas cosas fundamentales. No se trata sólo de “saber”, de “conocer”, sino de “vivir”. Pero caeríamos en un grave error si separáramos estos verbos. Debemos saber más de Calasanz, necesitamos profundizar más en las claves de su identidad carismática –motor de las Escuelas Pías-, es fundamental abrir nuestro carisma, de modo exigente, a las personas que lo descubren como propio. Pero el impulso de “lo calasancio” es mucho más que todo eso y por todos los lugares de la Orden experimentamos que así es.

Cuando anhelamos poner en red nuestras obras populares estamos diciendo que hay que potenciar más la identidad común. Cuando definimos los elementos de identidad de una obra escolapia (acabamos de aprobar, con rango capitular, los diez elementos básicos de la identidad calasancia de nuestro ministerio) estamos diciendo que por ahí circula nuestra mejor aportación. Cuando decimos que tenemos que formar a los formadores en aquellos aspectos que nos proporcionen más comunión estamos diciendo que deseamos ser una Orden más identificada con su propia naturaleza y razón de ser. Cuando proclamamos que debemos “crecer en mentalidad de Orden” estamos diciendo que sólo desde ahí podremos dar las respuestas que deseamos dar. Cuando insistimos en hacer posible la integración carismática de los laicos, desde opciones que supongan compromisos importantes y cambios de vida, estamos diciendo que vivir el carisma calasancio supone que el eje vital de las personas queda tocado por él y, por lo tanto, las personas viven un proceso de transformación. La vida real de las Escuelas Pías, hermanos, es Calasanz. Él palpita en nuestra realidad y la llama a revitalizarse.

Tengamos ojos para ver y oídos para escuchar.

Termino. Seamos agradecidos a Dios por enriquecer a San José de Calasanz con caridad y paciencia para poder entregar su vida a la educación cristiana de los niños. Y pidámosle que nos ayude a conformar nuestra vida desde la claves de aquél que es para nosotros maestro de sabiduría.

Recibid un abrazo fraterno
Pedro Aguado, escolapio. Padre General

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Saturday, October 30, 2010

Reflexión sobre la vocación (P. Aguado IX.2010)

El 12 de septiembre -2010- el P. General envió a los participantes en el encuentro –juniores de Italia y Centroeuropa- una extensa reflexión sobre la vocación y una invitación cordial a vivirla en profundidad. A continuación presentamos un fragmento tomado del capítulo dedicado al amor por la Orden y a la disponibilidad.

“Queridos hermanos, todos formáis parte de la Orden. Lleváis en ella pocos años, pero la amáis con todo el corazón y sois amados por ella desde el compromiso de ayudaros a crecer y ser escolapios en plenitud. Hoy, más que nunca, amar a la Orden significa conocer y asumir, con un compromiso creciente, las grandes opciones desde las que las Escuelas Pías quieren servir, en la Iglesia, a la causa de la educación evangelizadora de los niños y jóvenes, encarnada como un carisma en la vida de San José de Calasanz y ofrecida a los escolapios como don y tarea.

Os propongo que profundicéis en esta vuestra pertenencia a la Orden. Os invito a amar profundamente a vuestra Provincia sabiendo que al hacerlo, amáis a la Orden. Os pido que hagáis crecer en vuestro corazón el don de la disponibilidad, pidiendo a Dios que os fortalezca para estar siempre disponibles a lo que las Escuelas Pías pidan de cada uno de vosotros. Todo esto, hermanos, es también una tarea espiritual, hemos de vivirlo y alimentarlo también desde la oración.”

Ephemerides Calasanctianae
Estudiantes de Italia y Europa Central

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Tuesday, April 27, 2010

Por los niños que no existen

VINOD
Pedro Aguado, Padre General

En mi reciente visita a Asia, de la que guardo un gran y comprometido recuerdo, conocí a un joven llamado Vinod. Es hindú y vive con nuestros escolapios en el internado de Aryanad. Ayuda como un educador más en la marcha del internado, que acoge a más de cincuenta muchachos de edades adolescentes. Quise conocerle y hablé personalmente con él. Tiene 22 años y su historia es extraordinariamente escolapia. De muchacho, vivía en la calle, con su padre. No tenían nada propio, ni tampoco futuro creíble.

Cuando su padre enfermó gravemente fue acogido por los escolapios de Aroor, que le proporcionaron un hogar, cariño y estudios. Hoy día tiene terminados sus estudios secundarios, se prepara para la Universidad y trabaja en nuestro internado, colaborando con todo su entusiasmo en su organización y actividades. Cuando hablé con él, había una idea que me repetía de vez en cuando y que tenía muy clara: “Todo lo que soy se lo debo a los escolapios. Ellos han transformado mi vida. Estoy profundamente agradecido a la Escuela Pía”.

Os cuento esta historia no sólo porque la considero interesante, sino porque me sirve para introducir esta Carta a los Hermanos que os dirijo en este tiempo de Pascua que recién estamos empezando, en el que somos llamados a revivir y celebrar la razón última de nuestra fe y de nuestra vocación: la Resurrección del Señor. Por nuestra vocación escolapia, somos llamados a anunciar esta Buena Nueva de vida plena entre los niños y los jóvenes, especialmente aquellos que más la necesitan.

Como Calasanz en su momento, nuestro desafío es mirar a los niños, niñas y jóvenes y descubrir en ellos la presencia de Dios. ¡Cuántas veces habría visto Calasanz a aquellos muchachos por las calles de Roma!. ¡Cuántas veces habría constatado que no tenían ni escuela, ni educadores ni padres!. Pero cuando su corazón estuvo maduro, cuando sus ojos miraban con la mirada de Dios, vio en ellos el rostro de Jesús y entendió que su vida debía desgastarse para darles vida a ellos. No antes.

Me gustaría dedicar esta carta fraterna a recordar este hecho, esta dinámica de fe y de vocación escolapia, este acontecimiento carismático que engendra nuestra Orden.

Quisiera invitaros a profundizar en esta convicción calasancia: estamos para ellos. Y por ellos escribo. Sobre todo por los niños que no existen, que no tienen a nadie, que no están anotados en ningún registro, que no son ni siquiera un número, que no están contados, que, como me decía Vinod, “no tienen dirección propia”. Sólo son estadísticas, como algunas de las que quiero recordar en esta carta. Pero, como Vinod, aunque no existen para la sociedad, son la razón de la existencia de las Escuelas Pías.

Algo tiene que significar esto para nosotros. Algo hemos de pensar sobre esto, no vaya a ser que vivamos desde la convicción de que ya hemos dado todas las respuestas que podemos dar. Desde Calasanz, esto no es posible. Os aseguro que en esta visita que estoy haciendo a la Orden estoy conociendo respuestas profundamente escolapias pensadas por y para estos niños.

Quiero compartir con vosotros cuatro pequeñas reflexiones que surgen en mí cuando pienso en el núcleo carismático de Calasanz, su respuesta a los niños, en quienes vio el rostro de Jesús.

1ª reflexión:
Necesitamos “saber más”. Es bueno que dediquemos un poco de trabajo a conocer y pensar sobre la realidad de los niños y jóvenes en nuestro mundo. El objetivo de esta carta no es ofrecer estadísticas o números, pero sí el de invitaros a conocer y pensar sobre la educación en nuestro mundo. Es bueno que sepamos que, a pesar de los esfuerzos que se están haciendo y que están dado sus frutos (por ejemplo, en los últimos diez años ha disminuido en más de 30 millones el número de niños sin escolarizar en el mundo, el porcentaje de niñas sin escolarizar ha pasado del 58% al 54% y la tasa de alfabetización de los adultos ha subido en un 10%) el desafío de una “educación para todos” sigue vigente y actual en nuestro mundo. Hay 175 millones de niños malnutridos, 70 millones sin escolarizar, millones de niños acaban la escuela sin haber adquirido los conocimientos básicos necesarios y hacen falta 2 millones de maestros. Todos estos datos están reconocidos por la UNESCO en su informe “Educación para todos, objetivo del milenio, 2015”. Hay que seguir hablando de llegar a los marginados, de sistemas educativos integradores, de pensar un mundo apto para los niños. Y no sólo para los niños. Todavía hoy hablamos de más de 120 millones de adolescentes en edad de cursar estudios secundarios que están fuera de toda plataforma educativa. Esta es nuestra realidad, el contexto mundial en el que los escolapios tratamos de dar nuestra respuesta. Quizá estos datos no os resulten nuevos, pero es importante pensarlos y reflexionarlos.

Una propuesta:
Tenemos que dar pasos que nos ayuden a tener información, poderla analizar, intentar convertirla en respuestas institucionales. Necesitamos “antenas”, “observatorios”, publicaciones, materiales que nos ayuden a “estar al día” de lo que viven nuestros niños, niñas y jóvenes, de lo que necesitan, de lo que piden. Necesitamos escolapios que quieran especializarse en esto, que nuestras comunidades crezcan en esta sensibilidad. Sería bueno que cada año una de las reuniones de comunidad la dediquemos a formarnos sobre esta cuestión, desde diversos puntos de vista. Sólo si vivimos “con los ojos y oídos abiertos” podemos entender lo que está pasando, lo que están viviendo las personas a las que estamos llamados a entregarnos. ¿Sería posible impulsar en las Escuelas Pías un “Observatorio Calasancio para la Niñez y Juventud”? Ya veremos el nombre que le ponemos; de lo que se trata es de pensar si podemos organizarnos de modo que podamos disponer, para nosotros, para la Iglesia y para todos los que se acerquen a nosotros, de una entidad que “piensa y sugiere desde los niños y jóvenes”. Se admiten ideas. Mejor, se piden.

2ª reflexión.
Calasanz dio su respuesta desde Dios. Fue una respuesta de fe. Los niños y jóvenes del Trastevere, fueron, sin duda, parte central de su experiencia fundante como seguidor de Jesús. Desde ellos rezó, por ellos entregó su vida, en función de ellos configuró de modo definitivo su vocación y engendró en la Iglesia las Escuelas Pías, su respuesta esencial. Hemos de pensar sobre ello y sacar nuestras conclusiones.

¿Dedicamos tiempo en nuestra oración personal y comunitaria a orar desde esta experiencia fundante de Calasanz? ¿Oramos por los niños y jóvenes?. ¿Trabajamos nuestra vocación intentando crecer en el espíritu para educar a los niños más necesitados? ¿Cuidamos en nuestra Formación Inicial esta dinámica, desde experiencias y reflexiones concretas? Si los escolapios no nos trabajamos interiormente en esta clave fundamental de nuestra vocación, podemos despistarnos o conformarnos con cualquier vivencia. Nunca olvidemos esta afirmación de Calasanz: “quien no tiene espíritu para enseñar a los pobres, no tiene vocación escolapia o el enemigo se la ha robado” (EP. 1319). Esto no significa sólo que el espíritu de amor a los pobres es definitivo para el escolapio, sino que se puede perder. Como toda experiencia de fe, por central que ésta sea. Lo que no se cuida, lo que no se trabaja, lo que no se pone frecuentemente en manos de Dios, lo que no se vive, deja de ser central, pasa a ser sólo un elemento, una idea, un recuerdo.

Una propuesta.
Que todas las comunidades lean el documento capitular “El espíritu para enseñar a los niños pobres” y traten de sacar alguna idea que les ayude, como comunidad, a vivir con más plenitud, con más consciencia, esta experiencia central del escolapio. Sólo a modo de ejemplo: revisar cómo hablamos de nuestros alumnos, organizar una celebración mensual centrada en esta experiencia central para nuestro carisma, invitar a nuestras comunidades, una vez al año, a alguien que nos hable de la situación de niños y jóvenes, etc.

Sería muy bueno que todas nuestras comunidades dediquen al menos un día al mes, en su oración, a tener presentes las necesidades, esperanzas y problemas de los niños y jóvenes. A través de nuestra oración trabajamos nuestro corazón, cuidamos nuestra vocación y soñamos nuestras opciones. A través de nuestra oración –personal y comunitaria- crecemos como escolapios. Sabemos que el fruto principal de la oración es nuestra capacidad de amar.

3ª reflexión:
Nuestra capacidad de respuesta a necesidades de los niños y jóvenes.

He titulado esta carta “Por los niños que no existen”. Recuerdo que cuando visité La Romana (República Dominicana) me hablaron de muchas familias que ni siquiera están anotadas en ningún registro, que nadie sabe de su existencia. Son muchos los niños que están así, en muchos países del mundo. Son niños a los que las Escuelas Pías les están dando el ser, les están dando identidad, les están ayudando a crecer.

Los escolapios estamos dedicados a que los niños y jóvenes existan, a que sean, que se configuren como personas. En esta misión somos acompañados por muchísimas personas que se han sentido llamadas, como nosotros, por esta realidad. Entre todos tratamos de ofrecer lo mejor de nosotros para que nuestros niños y jóvenes crezcan como personas auténticas y, si así lo descubren, como cristianos.

En todos nuestros colegios, en todas nuestras obras, en todas nuestras plataformas educativas, trabajamos por lo mismo. Sin duda que desde contextos diferentes y desde opciones propias, pues nada es igual en ninguna parte del mundo. En todos los espacios en los que trabajamos es posible dar respuestas escolapias y hacerlo desde la preferencia por los últimos. Son muchos los niños que esperan y piden de nosotros que les ayudemos a conseguir su identidad. Por ejemplo, Niños y jóvenes que buscan sentido para su vida, que desean escuchar y descubrir propuestas que les hagan crecer.

Niños y jóvenes
que viven sin que sus familias les dediquen tiempo, y que necesitan padres y hermanos que les hagan sentirse alguien.

Niños y jóvenes
que desean recorrer un camino de fe y descubrir en Jesús el centro de su vida y poder poner nombre a su vocación.

Niños y jóvenes
que, a causa de las circunstancias en las que viven, están desestructurados como personas y necesitan mucho apoyo y acogida para recomponer lo que son y así poder crecer.

Niños y jóvenes
que reciben de nosotros una educación que quiere ser integral y que busca acompañarles con claridad para que puedan vivir desde los valores del Evangelio.

Damos nombre e identidad a estos niños y jóvenes cuando les ofrecemos nuestra educación, nuestros procesos pastorales, nuestra acogida, nuestros espacios de crecimiento personal. Con nuestra vida y nuestra misión hacemos personas, construimos seres humanos y damos identidad. Hemos de valorar todo lo que hacemos y trabajar más para conocer la diversidad de respuestas que estamos dando. Pienso que necesitamos tener más información sobre nosotros mismos, sobre nuestra realidad. Por eso, desde el Secretariado de Ministerio y Misión Compartida estamos trabajando en la posibilidad de sacar una buena información de las diversas realidades ministeriales escolapias, con el fin de que sean conocidas por todos.

Una propuesta.
Sin duda, la mayor parte de nuestras obras están pensadas para dar respuestas en función de los análisis que hacemos. Quizá algunas hace mucho tiempo que no analizan la realidad de los niños y jóvenes y sus necesidades y por eso las respuestas educativas que dan son las mismas de hace bastantes años, con dudoso éxito o significatividad. Sería bueno que en cada Demarcación se tuviera esto en cuenta y se pensara seriamente dónde están los niños y jóvenes, cuál es su realidad, cuáles son sus necesidades reales de fondo, para poder ofrecerles una propuesta educativa que les ayude y les fortalezca. Es importante, de vez en cuando dedicar tiempo a analizar nuestros contextos y nuestras líneas de trabajo.

4ª reflexión:
vivir esta dinámica como vocación, en lo personal y en lo institucional.

En definitiva, de lo que se trata es de vivir todo esto como vocación, que es lo que realmente es. La configuración de toda vocación cristiana tiene elementos de conocimiento (de reflexión, de “ver”), los tiene también de experiencia de fe (colocar nuestras opciones en la presencia de Dios) y los tiene de respuesta (compromiso, acción, entrega). Tiene muchos más, pero me he centrado en estos tres con el fin de sugerir algo que me parece importante. O los escolapios vivimos la vida como vocación (recuerdo que este era el título de un libro muy conocido, aunque ya de hace un tiempo), o no estamos siendo fieles a nuestro centro.

Andar la vida de modo vocacional supone estar siempre en camino, supone cuidar las opciones, supone vivirlas en la oración y en la comunidad, supone disponibilidad para nuevos envíos, supone capacidad de nuevas respuestas. No es que tengamos vocación, es que la vocación nos tiene, nuestro centro nos moviliza, nuestra vida está en apertura y búsqueda.

Y esto lo hemos de decir de cada uno de nosotros, pero también de la Orden y del conjunto de las Escuelas Pías, de tantas personas que descubren su vocación desde la misma experiencia que tuvo Calasanz. También la Orden debe pensarse a sí misma abierta a nuevas llamadas, necesitada de nuevas respuestas y, por qué no, de nuevos dinamismos que la hagan situarse en en centro, en su alma. Por aquí pasa una de las claves de la “revitalización” de la Orden de que que hablamos con tanto interés y esperanza. Necesitamos enriquecer nuestra vida como Orden con las mediaciones que nos ayuden a vivir activos en las respuestas.

Una propuesta:
Son muchas las cosas que podemos hacer, y os invito a todos a pensar sobre ello. Por mi parte, sugiero que intentemos volver a escribir un libro que hace tiempo que se hizo y que de vez en cuando es bueno volver a redactar: “Los escolapios se interrogan”. Vamos a intentarlo en estos años, contando con la disponibilidad de muchos de vosotros. Espero que en poco tiempo os podamos hacer una propuesta para poderlo realizar.

Os deseo todo bien en este tiempo de Pascua. Pidamos al Señor los unos por los otros, para que podamos vivir desde la extraordinaria experiencia de sabernos llamados y elegidos por Jesús para vivir como escolapios.

Os envío un afectuoso saludo

Pedro Aguado, Padre General

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Friday, August 28, 2009

DECLARACIÓN DE PERALTA

Congregación General
Peralta de la Sal, 22 de julio de 2009.

A TODOS LOS RELIGIOSOS DE LA ORDEN
LA GRACIA Y LA PAZ DE DIOS, NUESTRO PADRE

Yo sé bien en quién he puesto mi confianza, y sé que tiene poder para ayudarme a llevar hasta el final el encargo que me dio” (II Tim 1, 12)

Muy queridos hermanos:

Desde Peralta de la Sal, casa natal de San José de Calasanz, les enviamos nuestro saludo y nos presentamos ante ustedes con la confianza puesta en Dios, nuestro Padre, y profundamente esperanzados y comprometidos con las Escuelas Pías. Hemos sido llamados por el Capítulo General para servir a la Orden como Congregación General. Trataremos de hacerlo con dedicación y entrega, en fidelidad al Evangelio, a nuestras Constituciones y a la Misión educativa y evangelizadora que tenemos confiada.

Deseamos compartir con todos ustedes la experiencia vivida en nuestro Capítulo General. A lo largo de estas semanas han sido muchas las reflexiones, los encuentros, las oraciones y celebraciones, los trabajos, en los que hemos podido disfrutar de la vida y de las esperanzas de la Orden, traídas a Peralta por cada uno de nuestros hermanos. A esa misma esperanza les invitamos a todos. Desde esa esperanza les ofrecemos nuestro compromiso.

Al escribir esta carta, les tenemos presentes a todos. A los jóvenes que están viviendo sus primeros años como religiosos escolapios y que anhelan el testimonio de la vivencia profunda de nuestra vocación para experimentar en toda su plenitud la llamada y el envío; a los que están plenamente dedicados a la misión o al cuidado de las personas e instituciones, que esperan una invitación a la fidelidad creciente experimentada en el trabajo de cada día; a los que con el paso de los años van recibiendo nuevas oportunidades de vida escolapia quizá con menos actividades y responsabilidades, pero ojalá que con el mismo deseo de servicio; a los ancianos y enfermos, que tratan de vivir la fidelidad vocacional experimentando de modo nuevo que estamos en las manos amorosas de Dios. También a los jóvenes que se plantean nuestra vocación y que, sin saberlo, están en la oración de todos los escolapios y, sin duda, en el sueño de José de Calasanz. Les deseamos a todos que Dios, nuestro Padre, les conceda el precioso regalo de vivir el seguimiento de Cristo, como escolapios, entregando nuestra vida para que la vida crezca en los demás (C 18).

Hemos asumido con ánimo y esperanza el encargo de acompañar el camino de la Orden. Nos sentimos fortalecidos por su oración y su cercanía, y exigidos por sus expectativas y propuestas. Sentirse exigidos y fortalecidos por la Orden es una extraordinaria experiencia, que agradecemos y que queremos devolver del mismo modo: acompañando el camino de las Escuelas Pías e impulsando su vida y su misión en todas y cada una de las Demarcaciones y en las nuevas presencias que podamos engendrar.

En esta nuestra primera comunicación con toda la Orden queremos, de modo sencillo, ofrecerles algunas reflexiones que deseamos compartir con todos ustedes. Del Capítulo hemos recibido muchas propuestas, sugerencias, opciones. Hacemos nuestro todo lo que nos han pedido nuestros hermanos, y se lo presentamos con el deseo de que caminemos en comunión por las sendas propuestas por nuestro Capítulo General.

Queremos trabajar por el bien de la Orden, que es quien nos envía. Sobre todo,

a) queremos contribuir a impulsar nueva vida en la Orden, expresada en la consolidación de lo que somos y tenemos y en el impulso de nuevas presencias escolapias, en el acompañamiento de las personas y comunidades para cuidar la vivencia fiel y auténtica de nuestra vocación, expresada en las Constituciones, en el esfuerzo por crecer en comunión entre nosotros, en la creación de las nuevas estructuras que necesitemos para el impulso de nuestra misión.

b) queremos trabajar para que la Orden crezca en apertura a la realidad que nos rodea (C 11) y pueda responder a los grandes desafíos sociales, educativos y evangelizadores que nos plantea el mundo en el que vivimos. Sobre todo, deseamos que la Orden esté abierta a los niños, a los jóvenes, a las realidades de pobreza y a las exigencias de evangelización y renovación de la comunidad cristiana.

c) por eso, deseamos invitar a la Orden a crecer en pasión por la Misión, que es la razón de ser de las Escuelas Pías: “El seguimiento de Cristo, norma suprema de nuestra vida, se concreta en el carisma de Nuestro Fundador, que consiste en la evangelización de los niños y jóvenes, ante todo de los abandonados, con amor paciente y generoso” (C 17). Los escolapios somos llamados a una mies fertilísima, y no podemos sino dedicamos a ella con todo nuestro ser. Sólo así invitaremos a otros a formar parte de nuestro grupo y sólo así seremos fieles a nuestra vocación.

d) y, sobre todo, deseamos invitarles a todos a “vivir a la altura de la Buena Noticia del Mesías” (Flp 1, 27). Deseamos que este sea nuestro compromiso, tal y como Nuestro Santo Padre Calasanz insistía a los suyos: “Y si los nuestros que han ido a esas partes considerasen que lo que se hace por un niño pobre lo recibe Cristo en propia persona, estoy seguro de que pondrían mayor diligencia” (e. 2441).

Deseamos compartir con ustedes algunas de las grandes opciones que el Capítulo General nos ha encomendado a lo largo de estas largas y fraternas jornadas de trabajo que hemos tenido en Peralta. Son nuestra primera lectura del encargo recibido de parte de la Orden. Seguro que con el tiempo iremos madurando en todo esto y, ojalá, enriqueciendo nuestras propuestas con sus aportaciones. Desde el principio les queremos hacer partícipes de nuestros compromisos y orientaciones. Se las presentamos agrupadas en tres grandes bloques: nuestro ser escolapio, la misión escolapia y las estructuras desde las que queremos mejorar nuestro ser y nuestro quehacer.

1. Trabajaremos para fortalecer y renovar el cuerpo de las Escuelas Pías:

1.1 impulsando la pastoral vocacional específica a la vida religiosa escolapia, llamando a los jóvenes a descubrir la vocación escolapia como propia y contribuyendo a crear horizontes que les permitan sentir que sus sueños de seguimiento de Jesús son posibles en la casa de Calasanz.

1.2. cuidando especialmente la formación inicial, llevada desde comunidades corresponsables y formativas, capaces de acompañar la globalidad de la vida escolapia de los jóvenes haciéndola crecer.

1.3. invitando a las comunidades escolapias y a las Demarcaciones a encarnar nuestra vida religiosa desde los ideales expresados en nuestras Constituciones, en fidelidad creciente. Sobre todo, buscando crecer en nuestra dimensión de creyentes y seguidores de Jesús, que nos invita a vivir en comunidad.

1.4. cuidando nuestra identidad vocacional como religiosos y potenciando a la vez la comunión con tantas personas y comunidades que comparten nuestro carisma, buscando así unas Escuelas Pías capaces de vivir en plenitud los dinamismos propios de una Orden religiosa y la riqueza del kairós eclesial en el que nos encontramos, expresado como comunión de carisma y ministerio.

1.5. construyendo unas presencias escolapias, locales y provinciales, convocantes a la Misión Compartida y animadas desde la comunidad religiosa y la comunidad cristiana escolapia, almas de nuestra misión.

2. Propondremos con entusiasmo el compromiso con nuestra Misión. Toda nuestra vida escolapia está llamada a la Misión educativa y evangelizadora. Nuestro Señor llamó a los que El quiso para que estuvieran con El y para enviarlos a predicar (Mc 3, 14). Nosotros nos sentimos así, como los primeros discípulos: llamados, fortalecidos y enviados a la misión que la Iglesia nos encomendó a través de Calasanz. Sobre todo,

2.1. deseamos cuidar el sentido de misión de nuestras comunidades y la entrega misionera de nuestros religiosos. Siempre podemos mejorar en esto y deseamos proponerles una nueva reflexión sobre cómo estamos cuidando en nuestra vida personal y comunitaria nuestra entrega al trabajo apostólico (C 20).

2.2. recibimos del Capítulo el encargo de cuidar la calidad con la que ejercemos nuestro ministerio. Deseamos hacerlo impulsando la centralidad de los niños y jóvenes, nuestra opción por los pobres, la Misión Compartida, la pertenencia eclesial, el anuncio del Evangelio en nuestras Obras, la educación de calidad, el acompañamiento de los niños y jóvenes, la formación de educadores y el compromiso con la reforma de la sociedad. Todas ellas son claves de nuestra identidad ministerial, pero sólo seremos capaces de llevarlas adelante si crecemos en celo apostólico y configuramos, desde este espíritu misionero, nuestra vida cotidiana.

2.3. confiamos en el dinamismo de la Misión Compartida como una fuerza clave en el impulso de nuestra tarea ministerial. Deseamos acompañar el proceso de tantas personas que entienden su vida en corresponsabilidad con las Escuelas Pías. Y desde este dinamismo, confiamos en poder dar nuevos pasos de misión en nuevos lugares y de nuevas maneras.

3 Sabemos que todos estos desafíos necesitan estructuras desde las que sea posible llevarlos adelante. Por ello,

3.1. deseamos contribuir a revitalizar nuestra Orden desde un proceso de reestructuración compartido y discernido con el conjunto de las Escuelas Pías que sea capaz de engendrar nueva vida para la obra de Calasanz.

3.2. trataremos de fomentar el trabajo en equipo y el crecimiento de nuestra Orden como una red tejida en la comunión, vivificada por la savia del carisma y fortalecida por el intercambio, la corresponsabilidad de todos con todos y la atención preferencial a aquellas zonas de la Orden en las que hay más necesidades.

3.3. deseamos impulsar estructuras y plataformas de Misión Compartida que nos hagan capaces de responder a nuestras necesidades estructurales, que son fundamentalmente tres: los recursos humanos, los recursos económicos y el trabajo desde proyectos definidos y sostenibles liderados por equipos y comunidades corresponsables y comprometidos.

Queridos hermanos, somos conscientes de que podemos tener la tentación de querer decir todo en una carta. No caigamos en ella. Tampoco caigan ustedes en la tentación de querer encontrar todo en una primera comunicación. Sólo hemos querido compartir algunas primeras reflexiones y opciones que tenemos en nuestra mesa y en nuestro corazón. Tenemos la suerte de empezar nuestro servicio a la Orden en un año que es, por invitación del Papa Benedicto XVI, un año sacerdotal. Y por celebrar el tercer centenario del nacimiento de San Pompilio, un Año Pompiliano en toda la Orden. Pidamos a Dios que nos conceda vivir nuestro sacerdocio con profunda actitud de servicio para poder ser así testigos del Señor Jesús en medio de los niños, de los jóvenes y de la comunidad. Ojalá podamos contribuir a “promover el compromiso de renovación interior de todos los sacerdotes, para que su testimonio evangélico en el mundo de hoy sea más intenso e incisivo” (Carta de Benedicto XVI convocando el año sacerdotal).

Nos ponemos a su disposición. Nos sentimos enviados a la totalidad de las Escuelas Pías: a los religiosos; a las comunidades, obras y Demarcaciones; a quienes comparten con nosotros misión y carisma, a los niños y jóvenes de nuestras presencias. Y a la vez que les decimos que pueden contar con nosotros, nos atrevemos a pedir su corresponsabilidad con la Orden, su autenticidad de vida y su oración.

Reciban un abrazo fraterno, y nuestros mejores deseos para todos.

Peralta de la Sal, 22 de julio de 2009.

Mateusz Pindelski, Asistente General por Italia y Europa Central
Miguel Giráldez, Asistente General por España
Sergio Fernando Hernández, Asistente General por América
Pierre Diatta, Asistente General por África y Asia
Pedro Aguado, P. General

Ricardo Querol,
Secretario General

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A LA FAMILIA CALASANCIA

LA GRACIA Y LA PAZ DE DIOS, NUESTRO PADRE
Congregación General
22 de julio de 2009.

Queridos hermanos y hermanas:

Os escribimos desde Peralta de la Sal, cuna de Nuestro Santo Padre José de Calasanz, donde nos encontramos celebrando el 46º Capítulo General de la Orden de las Escuelas Pías. Como sabéis, el Capítulo ha decidido encomendarnos el acompañamiento de la Orden durante estos próximos seis años. Hemos asumido el encargo con ánimo y paz, conscientes de la responsabilidad que supone y profundamente esperanzados en que podemos seguir recorriendo el camino iniciado por Calasanz y continuado por la Orden a lo largo de cuatro siglos.

Nos dirigimos a todos los Institutos que formáis parte de esta Familia de la que Calasanz es el padre común. A lo largo de la historia han ido surgiendo en la Iglesia, a través del carisma recibido por vuestros fundadores y fundadoras, nuevas formas de vida religiosa inspiradas en el carisma calasancio o enriquecidas por él. Damos gracias a Dios por esta pluralidad y por el don de la fraternidad desde la que la estamos viviendo.

Os escribimos para ofreceros nuestra disponibilidad y nuestra cercanía, para aseguraros nuestro deseo de seguir buscando juntos caminos de renovación y crecimiento para nuestras Congregaciones e Institutos, para ofreceros nuestra oración y cercanía.

Somos conscientes de los desafíos que tenemos planteados como Vida Religiosa y como Iglesia. Nos sentimos llamados a profundizar en nuestra vocación, a seguir descubriendo la riqueza carismática de nuestros orígenes y de su posterior desarrollo en la historia, a abrir las puertas de nuestra casa a tantas personas que van descubriendo en su vida y en su vocación el don carismático de nuestros fundadores y fundadoras. Y sobre todo, nos sentimos llamados a renovar nuestro compromiso con la misión educativa y evangelizadora que es la razón de nuestra existencia y a la que deseamos consagrar nuestra vida y nuestro servicio.

Os enviamos el saludo afectuoso de todo el Capítulo General y el propio nuestro. Os deseamos todo lo mejor y, sobre todo, que Dios os siga concediendo el precioso don de la fidelidad vocacional.

Recibid un abrazo fraterno.

Peralta de la Sal, 22 de julio de 2009.

Mateusz Pindelski, Asistente General por Italia y Europa Central
Miguel Giráldez, Asistente General por España
Sergio Fernando Hernández, Asistente General por América
Pierre Diatta, Asistente General por África y Asia
Pedro Aguado, P. General

Ricardo Querol, Secretario General

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Tuesday, July 28, 2009

El padre Pedro Aguado (Nuevo superior de los escolapios)

hay que fortalecer a religiosos y laicos

Entrevistado por Patricia Navas

HUESCA, lunes, 20 de julio de 2009 (ZENIT.org).- El nuevo padre general de los escolapios, el bilbaíno Pedro Aguado, considera que "hay que trabajar mucho en una revitalización de la orden en todas sus dimensiones".

En la siguiente entrevista concedida a ZENIT, expresa la necesidad de "avanzar en temas como el laicado escolapio o la pastoral vocacional, y en crecer en sentido de misión y en la calidad en la práctica de nuestro ministerio".

A los 500 años de la fundación de la Orden, afronta el futuro de la misma "con una mezcla de esperanza y de preocupación".

El padre Pedro Aguado fue elegido el 4 de julio en Peralta de la Sal (Huesca) nuevo padre general de la Orden de las Escuelas Pías (escolapios) para los próximos seis años.

El padre Aguado, hasta ahora superior de la provincia que comprende el País Vasco, Navarra y Andalucía, en España, y Bolivia, Venezuela, Brasil y Chile, sustituye en el cargo al padre Jesús Lecea.

Nació hace 52 años en Bilbao, donde estudió en el colegio "Calasancio". Estudió Magisterio, Teología y posteriormente Pedagogía. Fue ordenado sacerdote en Pamplona en 1982.

Desde 1988 ha ocupado varios cargos en la orden. Ha dedicado muchos años al trabajo en pastoral juvenil y a la formación de agentes de pastoral.

La Orden ha elegido también a cuatro asistentes que ayudarán al padre general: los padres Mateusz Indelski, Miguel Giráldez, Fernando Hernández y Pierre Diatta.

Las elecciones tuvieron lugar durante el 46 Capítulo General de la Orden, que se está celebrando en la localidad de Peralta de la Sal (Huesca) del 1 al 26 de julio.

“Apuesto por enseñar" es el lema de la edición 46 del Capítulo que reúne a 75 padres capitulares de los Clérigos Regulares Pobres de la Madre de Dios de las Escuelas Pías (nombre oficial de los escolapios).

Este lema quiere reflejar el lugar central que ocupa en la Orden el carisma educativo, "vivido como un servicio primario hacia la persona y la sociedad, para atender a las necesidades actuales".

El capítulo de este año se celebra en el 40 aniversario del "Capítulo General Especial", llevado a cabo, en Roma, entre los años 1967-1969, con el objetivo de adoptar la doctrina y las orientaciones del Concilio Vaticano II en la vida y las misiones del instituto.

Los capitulares están tratando diversos temas, entre ellos el perfil de la escuela escolapia, la reestructuración de la Orden, la pastoral vocacional escolapia y el desarrollo de la relación con el laicado.

Además, la celebración del capítulo en la casa natal del fundador de la Orden, San José de Calasanz, en la que se conserva la pila bautismal del santo, da "un sello bautismal" que reafirma la vocación escolapia de los asistentes.

Actualmente, la Orden cuenta con cerca de 1.500 miembros, presentes en 34 países de Europa, América, Asia y África.

La Orden fue fundada en el siglo XVII por San José de Calasanz (1557-1648) para la educación de los niños y jóvenes, especialmente los más pobres.

¿Cómo se está desarrollando el Capítulo?

Pedro Aguado:
Somos 75 capitulares, trabajando con mucho ánimo y participación. Nuestra Orden celebra Capítulo General cada seis años, y son una gran oportunidad para profundizar en nuestra realidad y acordar líneas de avance en las áreas fundamentales de nuestra vida y misión.

Se nota un gran ambiente de fraternidad y de búsqueda de acuerdos, y un deseo de fortalecer la orden en su vida interna y en su capacidad de misión.


¿Qué temas destacaría de este Capítulo?

Pedro Aguado:
Como tema central, estamos trabajando "nuestro ministerio escolapio", pero tenemos otros que son también muy importantes, como el proyecto de formación, la reestructuración de la orden o la pastoral vocacional.

¿Cómo ha recibido su nombramiento de superior general?

Pedro Aguado:
Sinceramente, con paz y con ánimo, con confianza en Dios y en los hermanos y como una experiencia de fe.

En mis primeras palabras tras la elección, recordé el texto de Pablo a Timoteo en el que proclama: "sé bien de quién me he fiado y sé que tiene poder para ayudarme a llevar hasta el final el encargo que me dio".

Yo tengo la experiencia de que esto es así, y confío plenamente en que así seguirá siendo.

¿Qué temas tiene ahora previsto desarrollar como prepósito general?

Pedro Aguado:
Mi tarea fundamental, la tiene que definir el Capítulo en las líneas de acción que aprobemos.

Pero es claro que hay que trabajar mucho en una revitalización de la orden en todas sus dimensiones, en avanzar en temas como el laicado escolapio o la pastoral vocacional, y en crecer en sentido de misión y en la calidad en la práctica de nuestro ministerio.

Quisiera estar muy cerca de las personas, de las provincias y de los proyectos que impulsamos, y para eso va a ser necesario un esfuerzo por conocer la realidad y poder así tener más medios de discernimiento para tomar decisiones.

Así que los primeros pasos serán una mezcla de conocimiento de la realidad y de impulso de las opciones fundamentales que nos proponga el capítulo.

¿Cómo ve la Orden de los escolapios 500 años después de su fundación?

Pedro Aguado:
Sinceramente, con una mezcla de esperanza y de preocupación. Creo que es una mezcla sana.

Tengo esperanza porque hay muchos valores, oportunidades, personas extraordinarias que se comprometen a fondo como escolapios, también muchas personas que, desde una vocación laical, comparten nuestro carisma y nuestra misión, nuevos desafíos a los que responder.

Y preocupación porque los recursos no son muchos, hay muchas necesidades a las que atender, el cuidado de las personas nos exige mucha atención y tiempo y a veces no llegamos a todo.

Creo que es bueno que las personas que estamos al frente de las instituciones vivamos nuestro servicio con una esperanza razonable y una preocupación que nos ayude a discernir. Y, desde luego, desde la fe y la confianza en Dios.

¿Qué aspectos del carisma de su fundador cree que han enriquecido más a la Iglesia y al mundo?

Pedro Aguado:
Sin duda, el carisma de Calasanz ha sido decisivo en la historia de la Iglesia. Él fue el primero en asumir como experiencia carismática la educación evangelizadora de los niños y jóvenes, sobre todo de los más pobres.

No lo tuvo fácil, pero lo consiguió con su afortunado atrevimiento y su tesonera paciencia.

Cada uno de los carismas destaca un pequeño rasgo del conjunto de la propuesta cristiana; el nuestro anuncia que si somos capaces de educar en cristiano a los niños y jóvenes, podemos esperar una vida transformada y transformadora.

Ésta es nuestra aportación a la Iglesia y al mundo. Y nos sentimos profundamente comprometidos con esta misión.

¿Qué desafíos tienen planteados en estos momentos como orden?

Pedro Aguado:
Son muchos y variados, como he ido diciendo. Pero si tuviera que sintetizarlos, diría que son tres.

El primero,
vivir nuestra vida y encarnar nuestra misión en renovado vigor evangélico, teniendo claro que nuestra vida tiene que ser signo creíble del Evangelio. Todo lo que hagamos por ser más fieles al Evangelio, nos ayudará a dar mejores respuestas de misión.

El segundo,
dotar de nuevo dinamismo a todas nuestras presencias y obras, y crear otras nuevas, en dinámica de crecimiento.

Para ello deberemos fortalecer mucho el "cuerpo de las Escuelas Pías" pensando tanto en los religiosos como en los laicos que comparten nuestro carisma y nuestras opciones, y potenciar claramente nuestro "sentido de misión", colocando nuestro ministerio en el centro de nuestra vida.

Finalmente,
yo resaltaría que la orden necesita abordar reformas estructurales que permitan fortalecer nuestra vida y misión.

Nuestro Capítulo está trabajando en todo ello, y espero que podamos ofrecer propuestas claras y significativa al conjunto de las Escuelas Pías.

Por Patricia Navas

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Saturday, April 11, 2009

LA OTRA FECUNDIDAD DE LA VIDA

[“Plantados en la casa del Señor ... seguirán dando fruto” (Sal 92, 14)]
Jesús Ma. Lecea, escolapio. P. General
Salutatio abril 2009

Este año celebramos la Pascua de Resurrección del Señor en el mes de abril. Durante la Cuaresma nos hemos preparado a esta celebración culminante de todo el Año litúrgico. La Resurrección es retomar la vida y, en el caso del Señor, retomarla con mayor fuerza porque ya es una vida para siempre. Jesús, por el Misterio de su Resurrección, es llamado “el que vive”. La fe cristiana, inspirándose en San Pablo, dice de cada bautizado que al morir con El, con Cristo, también resucitaremos con él. El bautismo, siguiendo la exposición de San Pablo, es como “morir en Cristo” para resucitar con él. La vida religiosa viene interpretada como un reforzamiento especial, por la consagración total al Reino de Dios, del bautismo. La Resurrección del Señor es la fiesta de cada cristiano, es la fiesta de cada religioso.

Para esta salutatio, se me ha ocurrido acercarme al voto de castidad por el Reino desde la contemplación del Misterio de la Resurrección del Señor y de la nuestra.

Resurrección, vida eterna o del más allá, “vivir como ángeles en el cielo” (condición de la existencia humana en la vida futura y de resurrección) ... son temas sobre los que no solemos detenernos ni en meditación ni en predicación. Un pastoralista los calificó hace unos años como “temas malditos” para el predicador, por incómodos y por no saber exactamente qué decir y cómo ponerlos en relación con la vida terrena. Sin embargo, es tema socorrido en los evangelios y en el Nuevo Testamento (cfr. Mt 19, 12; Lc 20, 27-40). El Concilio Vaticano II en la Constitución Lumen gentium dedicó un capítulo a la “índole escatológica de la Iglesia peregrinante y su unión con la Iglesia celestial” (nn. 48-51). Refiriéndose, más en concreto, a los religiosos dijo también el Concilio: “Como el Pueblo de Dios no tiene aquí ciudad permanente, sino que busca la futura, el estado religioso, por librar mejor a sus seguidores de las preocupaciones terrenas, cumple también mejor, sea la función de manifestar ante todos los fieles que los bienes celestiales se hallan ya presentes en este mundo, sea la de testimoniar la vida nueva y eterna conquistada por la redención de Cristo, sea la de prefigurar la futura resurrección y la gloria del reino celeste” (LG 44). En los años cercanos al evento conciliar, tanto antes como poco después, se publicaron libros, muchas de cuyas ideas pasaron también a la cultura común de eclesiásticos y no sólo, donde se explicaba la dimensión escatológica de la Iglesia, como un “si, pero todavía no” y clasificando la misma escatología en “escatología realizada” (que ya tiene una constancia real cumplida), “escatología del presente” (que lo que ahora se hace tendrá proyección en el futuro) y “escatología futura” (la que coincidirá con el final de los tiempos o parusía). Debió resultar un discurso difícil de digerir por la gente y, de hecho, parece borrado hoy día del discurso pastoral, e incluso teológico. Son olvidos, sin embargo, que pueden crear vacíos a lamentar después. De todas formas, toda esta digresión –que quizás resulte extraña- viene a explicar que hay razones para implicar mutuamente el Misterio de la Resurrección del Señor con la vida del cristiano, concretamente con la vida del religioso.

Siguiendo la inspiración evangélica, esta mutua implicación parece tener una manifestación significativa en el celibato por el Reino y en el voto de castidad de los religiosos, que es una forma de dicho celibato. “En esta vida los hombres y mujeres se casan ... (otros) ni tomarán mujer ni tomarán marido ... son hijos de la Resurrección” (Lc 20, 36). “Hay quienes se hacen eunucos por sí mismos por el Reino de Dios. El que pueda con eso, que lo haga” (Mt 19, 12). Esta frase última es la traducción en clave operativa del dicho de Jesús: “el que sea capaz de entender, entienda”. El conocer bíblico sabemos que significa más un conocimiento de relación personal que un conocimiento intelectual. La opción de celibato por el Reino sólo tiene sentido y viabilidad por una relación de amistad profunda con la persona de Cristo. La amistad con Cristo es un don hacia nosotros: “ya no os llamo más siervos ... os llamo amigos; no me elegisteis vosotros a mí, fui yo quien os elegí a vosotros” (Jn 15, 15-16; cfr. 1 Jn 5, 10). La castidad por el Reino viene a veces definida, con toda verdad, como un amor indiviso.

El Concilio Vaticano II habla así de la castidad del religioso: “(Entre los múltiples consejos evangélicos) destaca el precioso don de la divina gracia, concedido a algunos por el Padre (cfr. Mt 19, 11; 1 Co 7, 7) para que se consagren a sólo Dios con un corazón que en la virginidad o en el celibato se mantiene más fácilmente indiviso (cfr. 1 Co 7, 32-34). Esta perfecta continencia por el reino de los cielos siempre ha sido tenida en la más alta estima por la Iglesia, como señal y estímulo de la caridad y como un manantial extraordinario de espiritual fecundidad en el mundo” (LG 42).

Las bíblicas y las conciliares son palabras que hemos oído muchas veces y, quizás, hemos encontrado dificultad siempre para proyectarlas incisivamente en nuestra vivencia personal dentro de las circunstancias concretas, internas y externas, que nos toca vivir. Pueden sonar a palabras bellas, pero inalcanzables en su significado práctico de la vida de cada día. Está nuestra naturaleza corporal, nuestra sensualidad, el impulso de la sexualidad del propio cuerpo, la afectividad que necesita un encauzamiento especial en la vida del célibe y que busca siempre los caminos trillados de la experiencia humana. Están los estímulos externos y la invitación erótica, obsesiva a veces, de ambientes sociales que fácilmente invaden nuestra privacidad (Internet) o que nos invade como por ósmosis ambiental.

No ha sido fácil, y menos espontáneo, vivir el celibato; lo es menos, quizás, en nuestros días por el pansexualismo que invade la sociedad y la prioridad, presentada como indiscutible y sin freno, puesta en el placer. El celibato es una opción contra la corriente. Ser célibe, aun en el sacerdocio, no es una posición privilegiada hoy día en muchas sociedades, aun de tradición católica. Hay riesgo, en su vivencia, de un lado y de otro. Está el riesgo, por defecto, de vivir un celibato como una afectividad y sexualidad reprimidas o de una forma reducida, cuando la vocación religiosa es para vivirse en plenitud: se renuncia para optar por otro modo que realiza totalmente a la persona. Está el riesgo, por exceso, de hacer concesiones contra el celibato, llevando una segunda vida. También podemos caer en la vida satisfactoria o reprimida del solterón. Ninguno de estos tres caminos conduce a la vida satisfactoria de un auténtico celibato por el Reino.

El texto de LG 42 citado arriba, acaba diciendo que el voto de castidad es “un manantial extraordinario de espiritual fecundidad en el mundo”. Optar por la castidad consagrada no es optar por una esterilidad absoluta y total. Todo lo contrario, en la vivencia del celibato debe entrar una fecundidad (paternidad o maternidad) realizada.

La Resurrección es plenitud de vida. La Resurrección de Cristo da continuamente hijos a su Iglesia. Nuestra resurrección, prefigurada en el celibato por el Reino, debe darnos hijos espirituales. Comprendemos bien todos lo que esto significa. ¡Cuántos ecolapios lo han experimentado!. Me emociono enormemente de alegría, cuando un escolapio me habla de sus alumnos y exalumnos como si fuera realmente su padre. Tanto amor pone en ellos. O cuando veo que un escolapio mayor guarda con todo cuidado un montón de cuadernos con las listas de alumnos que ha tenido. Los recuerda como hijos; y lo son.

Se cumple, sin duda, la promesa del Señor: “Plantados en la casa del Señor ... seguirán dando fruto” (Salmo 92, 14). Se nos puede presentar la nostalgia de la fecundidad cuando todo parece estéril. “Si yo no tengo hijos y soy estéril ¿quién me los engendrará?” (Is 49, 20-25). Tenemos la respuesta en la misma profecía de Isaías: “Ni tampoco el eunuco debe decir: yo soy como un árbol seco. Porque así dice el Señor: a los eunucos que observan mis sábados, que eligen cumplir mi voluntad y perseverar en mi alianza, los haré en medio de mi pueblo más célebres y poderosos que si tuvieran hijos e hijas. Los haré eternamente famosos y nunca serán olvidados” (Is 56, 3-5). La fecundidad está prometida. A nosotros toca abrirnos a ella en fidelidad a la opción hecha y confiando siempre en la gracia del Señor, “origen de toda paternidad”.

Este mes son seis los Escolapios que festejan un acontecimiento especial. A todos ellos mi felicitación gozosa y agradecida. Al P. Enric Dordal que cumple noventa años.

Ad multos annos, in gratia Dei et salute! A los que celebran cincuenta años de sacerdocio: los Padres Giancarlo Rocchiccioli, Sesto Pieroni, Alessandro Tarquini, Salvador Vallés, Carlos Izco y Josep Duart. Me uno a ellos en su “misericordias Domini in æternum cantabo!”. A vosotros también el agradecimiento de la Orden por vuestro sacerdocio escolapio, pleno en fecundidad.

Y a todos mi felicitación de Pascua “florida”. Surrexit Christus spes mea ... præcedit vos in Galilea! Resucitó el Señor, mi esperanza, y os precede en Galilea (Liturgia pascual). El anuncio a los discípulos fue como la invitación a retomar el camino donde todo empezó, la Galilea. Pero ya a recorrerlo ellos solos. Eso sí, con la compañía permanente del Resucitado desde el cielo: “Estaré con vosotros hasta el final de los tiempos”.

Volver a retomar el camino de Jesús Resucitado. Esto puede tener significados de hoy o del pasado reciente como “adecuada renovación de la vida religiosa”, “reforma de la vida religiosa”, “refundación ... reestructuración”. El Resucitado no nos deja tranquilos en la ociosidad. Nos sobresalta cada año con su Resurrección mandando ponernos en camino: a Galilea, a Peralta ...

Aquí somos invitados este año a retomar camino escolapio, “allí me veréis”. Allí también nos espera Cristo Resucitado y su fiel discípulo José de Calasanz.

Jesús María Lecea, escolapio
Padre General

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Saturday, May 17, 2008

LA VEJEZ TAMBIÉN ES TIEMPO DE CRECER

Salutatio marzo 2008
Jesús María Lecea, escolapio
Padre General

El dos de febrero, fiesta litúrgica de la presentación del Señor en el templo de Jerusalén, que Juan Pablo II hizo coincidir con la jornada mundial para la vida consagrada, escuchando el evangelio del día me vino la idea de dedicar una salutatio a los ancianos. El evangelio, efectivamente, habla de dos de ellos y los presenta como personas de Dios y preeminentes en sabiduría de la que poder aprender.

Uno se llamaba Simeón, “hombre honrado y piadoso, que aguardaba el consuelo de Israel; el Espíritu Santo estaba con él y le había avisado que no moriría sin ver al Mesías del Señor” (Lc 2, 25-26). La tradición cristiana ha hablado siempre del anciano Simeón aunque, si curiosamente, el texto de Lucas nada dice de su edad.

La otra se llamaba Ana, “mujer muy anciana... , casada siete años y
viuda hasta los ochenta y cuatro, que no se apartaba del templo ni de día ni de noche, sirviendo a Dios con ayunos y oraciones” (Lc 2, 36-38). Era reconocida como profetisa.

Las estadísticas hablan de una vida religiosa, sobre todo en los países occidentales, con una media de edad muy alta. Somos una inmensa mayoría que hemos superado los 65 años. El fenómeno no tendría nada de particular si no coincidiera con una fuerte bajada en las nuevas incorporaciones a la vida religiosa. El número de jóvenes religiosos es escaso. La crisis de las vocaciones ha creado la dificultad, no la longevidad de los religiosos, que puede ser más bien un don de Dios.

Hace unos años leí un artículo de periódico, escrito por un anciano de
97 años, que se presentaba así: “el que como yo, ha recibido la merced (entre otras tantas y tantas) de haber cumplido los noventa y siete años y está en la posibilidad de escribir algunas cosas sobre la vejez, tiene autoridad para exponerlas y hasta la obligación de hacerlo por si otros aprovechan”. Anoté algunas cosas de su artículo. Una: “Saber envejecer es la obra maestra de la sabiduría y una de las partes más difíciles del gran arte de vivir”. Después pasaba a recoger algunas citas sueltas sobre la vejez, con visión favorable algunas y pesimista otras. Comenzaba por las bíblicas.

Las únicas que transcribo entre las optimistas son estas: a) “En los ancianos está el saber y en la longevidad la sensatez” (Job 12, 12); b) “Si no cosechas en la juventud ¿cómo lo hallarás en la vejez? ¡Cuán bien sienta a los cabellos blancos el juicio y a los ancianos el consejo”; c) “¡Qué bien dice la sabiduría a los ancianos y la inteligencia y el corazón a los nobles!”; d) “La corona de los ancianos es su rica experiencia y el temor del Señor su gloria!” (las últimas citas son del Eclo, 25, 3-6).

Entre las citas pesimistas traía éstas: a) una atribuida a un Papa Inocencio: “Luego se le aflige el corazón, la cabeza se le anda, el espíritu le falta... es tenaz, codicioso, tétrico, cojijoso, hablador, alaba a los antiguos y vitupera a los presentes, suspira, acongójase, entorpécese y enferma” (el autor añade con humor que seguramente aquí el Papa no hablaba ex cátedra); b) la otra es del escritor navarro Malón de Chaide: “Es la vejez un hospital de enfermedades. Allí el recurso le ahoga, la destilación le da tos, la gota le pone grillos, la ijada le enclava, el riñón le hace dar gritos.”

No sé si por la costumbre, sobre todo en los ancianos, de no querer contar los años o por emplear un eufemismo que no desasosiegue a nadie, nuestro Directorio Escolapio de formación permanente (Roma 1994), cuando describe la edad superior a los sesenta y cinco, habla de “madurez serena” (N. 75). Es bonita, y sobre todo positiva, la expresión. La vejez está mirada no como progresivo decaimiento o degrado, sino como un nivel de acumulación pacífica de sabiduría. De alguna manera, la vejez es un tiempo para crecer y, por ello, queda implicada en la formación permanente. Evidentemente toda realidad, también la vejez, tiene dos caras: positiva y negativa. Por eso, si nos quedamos en la positiva, no es para hacernos el iluso o soñar en añoranzas imposibles. Es para motivarnos a intentar descubrir lo que de oportunidad de crecimiento tiene la vejez. Afrontar con ánimos y esperanza la vejez es una tarea difícil, un desafío, porque la serenidad no es un regalo asegurado sino una conquista moral. Por ello, como tantos otros momentos de la vida, la vejez requiere tesón, empeño y optimismo. Si es cierto que podemos encontrar ancianos –y ahora hablo en general- que han evolucionado hacia un carácter agrio, amargo, fácilmente irritable y caprichoso, quejosos, apesadumbrados y envidiosos por la nostalgia de la juventud irrecuperable, vanidosos quizás, también los hay -y son muchos- que siguen desarrollando sus mejores cualidades y virtudes, afrontando sin pesar alguno las dificultades de la edad, felices sin que nada envidien, mirando más bien el porvenir, aunque no lo puedan disfrutar, con talante equilibrado y sabio.

Los antropólogos discuten si la vejez, en el fondo, no propicia otra cosa que el aparecer con mayor nitidez los defectos y cualidades que ya uno tenía de niño, adolescente, joven o adulto o, por el contrario, es una oportunidad más para hacer aflorar en uno la inteligencia, el equilibrio, la sensatez y ponderación, la generosidad y la paz interior que antes sólo se barruntaban como tendencia o potencialidad. Entrado en años –afirma Enzo Bianchi, fundador de la Comunidad monástica de Bose en Italia- “los recuerdos ocupan el lugar de la esperanza”.

Esta es la dificultad con la que enfrentarse. Pero también tiene su verdad el hecho de que no existe etapa alguna de la vida de la que pueda decirse que está privada de todo crecimiento en algún sentido,
que en ella es imposible el crecimiento. Se dará –es bien cierto- un apagarse de ciertas emociones, el paso de la autonomía a tener que depender de otros, un repliegue sobre uno mismo. A esto tiende la naturaleza. Pero al hombre acompaña siempre un misterio de gracia.

“La ancianidad –dejó escrito Kart Barth- se presenta al hombre como posibilidad extraordinaria de vivir ya no por deber, sino por gracia”. Así se refuerza, incluso, la fuerza del primer amor vocacional. Efectivamente, no se apaga el enamoramiento cuando se envejece, sino que se envejece cuando se apaga el primer amor.

En esta perspectiva tan positiva de la vejez o de la “madurez serena”, nuestro Directorio Escolapio de formación permanente describe así algunas de las situaciones características de esta etapa de la vida: “tiempo de progresiva espiritualización, de llegar a la profundidad de uno mismo; mayor disponibilidad de tiempo; posibilidad de cultivar más intensamente el núcleo fundamental de la vida consagrada (oblación personal, lectio divina, oración contemplativa, ministerio de intercesión... ); afirmación de la vocación escolapia, interiorizando la consagración; aceptación progresiva de la experiencia de kenosis y de sufrimiento; aumento de la confianza en Dios ante la cercanía de lo definitivo... .” (N. 88).

También, con gran dosis de realismo, habla de las dificultades más frecuentes: “disminución progresiva del tono vital y de la dedicación a las actividades del ministerio escolapio; experiencia no siempre bien asimilada de soledad o de sentimiento de inutilidad; retiro de ciertas actividades profesionales y resistencia psicológica para iniciar otras funciones; agudización de los aspectos negativos anteriores con manifestaciones de insatisfacción, amargura, crítica… ; crecientes limitaciones debidas a la edad y dependencia de otras personas; sensación de hundimiento psicológico y moral en casos de enfermedad grave o crónica.” (N. 89). Conscientes de éstas y otras dificultades propias de esta edad, el Directorio, sin embargo, nos invita a mirar hacia adelante fijándonos nuevos objetivos a alcanzar y poniendo manos a la obra. El objetivo es alcanzar ese estado de madurez serena como persona y como religioso. Y como recomendaciones para alcanzarlo el “dedicarse más intensamente al núcleo fontal de la vida religiosa escolapia, el vivir de manera más plena e interiorizada la consagración, el compartir en la comunidad las penas y las alegrías de la vida, el compensar la disminución progresiva de las fuerzas con una readaptación de la vida y del ministerio, el actualizarse teórica y prácticamente ante las nuevas oportunidades (he visto el entusiasmo de algunos de nuestros religiosos mayores en el servirse del ordenador), el buscar la ayuda espiritual y material para afrontar animosamente las propias limitaciones” (N 90/91). La expresión externa de todo esto podrá ser frágil, imperfecta y hasta pobre. Oí a un escolapio hablar de la “oración pobre”, a causa de las limitaciones de la edad, pero tan querida por Dios y que manifiesta su eficacia en su misma debilidad.

Cierro la presente salutatio, como es en realidad, con un saludo cordialísimo y fraterno, totalmente agradecido, a todos nuestros ancianos. A ellos debemos lo que ahora somos. Ellos, con su amor a la Escuela Pía, siguen contribuyendo a su vida y misión, ahora y para el futuro. Personalizando en todos ellos este paso del salmo 92, les deseo la bendición de Dios: “Plantados en la casa del Señor, crecerán en el santuario de nuestro Dios. Aun en la vejez seguirán dando fruto, conservarán su verdor y lozanía, para anunciar cuán recto es el Señor, mi roca, en quien no hay engaño” (Sal 92, 14-16).

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