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Thursday, May 27, 2010

SIGNOS Y DECISIONES DE VIDA

P. Pedro Aguado, escolapio. Padre General
IV.2010

Queridos hermanos, escribo esta carta al mismo tiempo que recibís en vuestras comunidades la intimación de los próximos Capítulos Demarcacionales. Casi sin solución de continuidad entrelazamos el Capítulo General, las primeras planificaciones del nuevo sexenio y los procesos de revisión, elección y programación propios de los Capítulos Demarcacionales.

Los plazos en los que nos movemos en la Orden así lo disponen.

Aprovechémoslos como una oportunidad de mantener el ritmo y la disposición de caminar que nos es propia, no sólo por nuestra vocación, sino por el tiempo que nos ha tocado vivir.

Seguro que a lo largo de estos meses nos invitaremos unos a otros a profundizar en nuestras dinámicas de discernimiento, de búsqueda, de toma de decisiones. También desde la Congregación General trataremos de acompañar este proceso animando a todos a vivir desde actitudes de confianza y de apertura, de creación de un futuro mejor para nuestras Demarcaciones. Permitidme que en esta carta fraterna os proponga algunas claves que creo que nos pueden ayudar en este momento de la Orden. Todas ellas las explicaré brevemente, con el objetivo de que algunas de ellas os sirvan, personal o comunitariamente, para situaros mejor ante los procesos que vais a vivir. Las sugerencias que os hago las pienso desde el convencimiento de que nuestro momento –el momento general de toda la Vida Religiosa- supone una “etapa nueva”. A lo largo de estos años hemos hablado y escrito mucho sobre Vida Religiosa; ahora tenemos que movernos, convertir en vida y en proceso institucional las grandes convicciones desde las que nos estamos preguntando tantas cosas unos a otros. Esta es la misión de un Capítulo y del equipo que reciba el encargo de impulsar la Demarcación. Quizá no sea el momento de nuevos documentos, sino de pasos claros y decididos, aunque humildes, de nueva vida.

Nostalgia, memoria y creación de futuro.

En ocasiones, algunas de nuestras comunidades viven o alimentan nostalgias. Este es un sentimiento ambivalente. No podemos vivir desde la nostalgia de un pasado que no va a volver. Nuestros Capítulos, nuestras reuniones, reflejan claramente que nuestra realidad está en movimiento. No caigáis en el error de llenar de nostalgia vuestro recipiente. Debemos saber reconocer que hay dinámicas de nostalgia que nos fijan al pasado, pero hay otras que detectan nuestra sed, ofrecen elementos de vida. Nuestro desafío es discernirlas con claridad. Nos pasa lo mismo con la memoria. La memoria sólo nos vale si nos lanza a lo nuevo, como la memoria de Jesús. La memoria cristiana no se enriquece con la repetición, sino con la creatividad impulsada desde la fe.

Y todo esto con la misma convicción que manifiesta el autor de Hebreos (11, 13) cuando nos recuerda que “moriremos sin ver lo prometido, sólo saludándolo de lejos”. Siempre he pensado que ésta va a ser nuestra vivencia durante estos años de “gestación” de algo nuevo. Pero estoy agradecido y feliz de poder vivir una época en la que estamos convencidos de que engendramos algo nuevo, Dios quiera que también bueno.

Fidelidad desde el cambio y en movimiento.

Somos llamados a la fidelidad creativa, en feliz expresión acuñada por Juan Pablo II en “Vita Consecrata” (VC 37). Esta es la primordial fidelidad que somos llamados a vivir. Fidelidad es “movernos hacia todo lo que favorezca que corra la vida según el Evangelio”. Hemos de tratar de evitar una fidelidad sin radicalidad evangélica. Podemos ser personas responsables de nuestro trabajo, cuidadosas de su oración, fieles a los compromisos adquiridos, pero puede faltarnos el dinamismo de un impulso creciente. El crecimiento espiritual y apostólico puede tener el riesgo de adormecerse. En ocasiones podemos vivir una fidelidad excesivamente sensata, como si viajáramos con el motor en marcha, pero con el freno de mano echado, por si acaso… Quizá algunos de nosotros nos reconozcamos en este retrato.

La fidelidad evangélica nos exige una cierta audacia, y tomar decisiones en consonancia. Yo siempre insistiré (y disfruto de ver que hay muchos escritos y ponencias que lo subrayan) en la necesidad de exploradores, como hizo Josué al llegar a la tierra prometida. Estamos como ellos, abandonando los ajos y cebollas de Egipto y buscando nuevos caminos para llegar a lo que Dios nos ha pedido y ofrecido. Pero no llegaremos sin desierto y sin explorar sin miedos.

La fidelidad es un juego entre “mantenimiento” y “exploración”. También eso forma parte del “arte de gobierno y de toma de decisiones”. Y no olvidemos que, especialmente en tiempos capitulares, eso de tomar decisiones es cosa de todos.

Mirada creyente ante nuestra propia realidad, viendo y potenciando los signos del Reino.

Mi convicción es que este ejercicio es fundamental como dinámica de “nuevo nacimiento”. Hemos de ser capaces de ver los signos del Reino que aparecen en el conjunto de la Vida Religiosa y en lo concreto de las Escuelas Pías o de mi Demarcación. Si tenemos ojos para ver y oídos para escuchar, descubriremos pistas que nos ayuden a caminar. Yo os pongo dos simples ejemplos de este ejercicio que también es propio de los tiempos de búsqueda en los que nos vamos a embarcar en breve plazo, cuando vayamos dando forma a nuevas Provincias en la Orden.

A En primer lugar,
pensemos en lo que está pasando en el conjunto de la Vida Religiosa. ¿Qué nos quiere decir? No tengamos miedo a decir que formas históricas de Vida Religiosa están cambiando. Y formas nuevas están naciendo y viven ya, aunque sea de modo germinal, entre nosotros.

¿Qué signos del Reino, de nueva vida, aparecen? Por ejemplo: el deseo de incrementar la mística en la vida consagrada / la centralidad de lo relacional en nuestra vida / la pasión por la misión / la generación y acompañamiento de procesos personales y comunitarios / nuestra mayor implicación social / la gestión de los bienes a favor de los pobres / la profundización en nuestra identidad / el compartir con los laicos… Miremos a las Escuelas Pías con cariño y veamos lo que está pasando: nos llamamos a la centralidad de la misión y el cuidado del “celo apostólico”, trabajamos para crear un sujeto escolapio renovado y compartido, buscamos comunidades corresponsables y misioneras, deseamos crecer… Se marcan líneas y horizontes, no hay duda.

B No olvidemos que también hay contrasignos;
es bueno ser conscientes de ellos y reflexionarlos. Fue muy sugerente lo que nos dijo Dolores Aleixandre sobre los “maridos” que tenemos en la Vida Consagrada en el Congreso Internacional de Vida Consagrada de 2004 (haciendo referencia al texto evangélico de Jesús y la samaritana, del evangelio de Juan): el marido de la necedad desinformada y conformista que nos hace pensar que las cosas van a ser siempre así / el marido neoliberal y consumista que nos arrastra hacia un peligroso “ser como todo el mundo”, camuflado de la virtud de la prudencia / el marido individualista que nos impide el roce profundo con los otros / el marido secularista, que nos aleja del pozo auténtico / el marido espiritualista que nos empuja a seguir levantando santuarios y escapar a nuevas sacralizaciones / el marido idolátrico, que nos propone otros diosecillos / el marido de los “mil quehaceres” que nos hace depender sólo del trabajo / el marido de la vida fácil y poco apasionada, que nos hace ser del montón y vivir sin entrega / el marido de la falta de “celo apostólico”, de pasión por la misión / el marido del cotilleo de la superficialidad, de la pérdida de tiempo en lo que no importa, de la falta de visión / el marido de las formas clericales y lejanas, de la autocomplacencia, del “yo sé cómo hay que hacer las cosas” / el marido de la falta de “utopía real”. La propuesta es clara: trabajad con paciencia el proceso de ruptura con esos maridos y de encuentro con el auténtico, con Jesús. Dadle tiempo, pero manteneos en ese proceso. No tengáis miedo a dar nombre a la sed que os habita. Este es otro camino que nos puede ayudar a situarnos en lo que hoy pide nuestra Orden y cada una de sus Demarcaciones.

Construyendo futuro con “recursos teologales”.

No me resisto a recordar algo que ya dije en Peralta de la Sal, en las palabras de clausura del Capítulo General. Hemos de tener claro que la Vida Religiosa debe enfrentarse a profundos cambios si quiere crecer evangélicamente. Y esos cambios serán exigentes, sin duda, porque son evangélicos. Serán profundos o no valdrán.

Por eso, muchos de quienes piensan y escriben para animarnos nos recuerdan que necesitamos una “espiritualidad para el cambio”, es decir, “recursos teologales” que nos ayuden a discernir con lucidez evangélica. Hemos de insistir en la espiritualidad como fuente de renovación de nuestra Orden. Si no queremos decepcionarnos por nuestra incapacidad de hacer lo que aprobamos, debemos fortalecer a las personas con recursos teologales, necesarios para abordar renuncias y emprender nuevos caminos. Tenemos que tomarnos en serio lo que somos, la vida que hemos elegido, las razones por las que la hemos consagrado… o esto no funcionará. Hemos de ser fuertes en la fe y en la vocación. Y esto nos supone un trabajo que las Demarcaciones deben impulsar.

A modo de ejemplo, cito algunas áreas en las que necesitamos “fortalecernos teologalmente”: la profundización en la identidad carismática de la vida religiosa / la clarificación de lo que significa el desafío de la significatividad de nuestra vida / el tipo de institución que somos y que debemos ser / nuestra capacidad de construir, junto con otras vocaciones, un futuro compartido hecho de compromisos serios que nos transforman y enriquecen.

No podemos caminar por estas sendas sin profundidad.

Escuchando la brisa suave de lo esencial (I Re 19, 11-13).

Este texto del primer libro de los Reyes nos sitúa ante una actitud de fondo. Como a Elías, se nos dice: “Sal de la cueva, que el Señor va a pasar”. Somos invitados a salir de la cueva, aunque esto nos suponga vivir más desprotegidamente. Sólo desde ahí escucharemos la brisa suave que sopla entre nosotros. Esto supone una actitud espiritual. Nuestras preocupaciones no deben estar centradas en aspectos como nuestro número o nuestra media de edad, sino en la inercia con la que en ocasiones vivimos, metidos en la cueva. Salgamos y entremos en movimiento. Como le pasó a Abraham, que al escuchar el “sal de tu tierra” tuvo que afrontar desiertos, periferias (el lugar en el que nos encontramos con “los otros”) y fronteras. En definitiva, poner el acento en lo que Dios nos está pidiendo y poner los medios para escucharlo.

“Tienes que nacer de nuevo” (Jn 3, 3).

Este es nuestro lema, este es nuestro desafío. Lo que yo pienso es que tenemos que saber desencadenar procesos que nos ayuden en esta tarea. “Nacer de nuevo” no pasa de ser una frase bonita si no le ponemos carne. Y como somos débiles y frágiles, hay que marcar procesos y propuestas que nos ayuden. Lo esencial es seleccionar procesos concretos que nos den posibilidades de “abrirnos a lo nuevo”. Y procesos planeados y consensuados. Citaré sólo dos o tres a modo de ejemplo:

a) Procesos que nos ayuden en nuestro crecimiento espiritual. Por ejemplo:
una formación teológico-espiritual seria para nuestros jóvenes / impulsar experiencias prolongadas y fuertes de oración y de búsqueda de Dios / vivir un acompañamiento espiritual integral / tener experiencias comprometidas de misión entre los más pobres…

b) Procesos que nos ayuden a crecer en relaciones de reciprocidad, desde la formación inicial.
Impulsar dinámicas corresponsables / que desde el principio tratemos de crecer en conciencia política, en análisis de la realidad y en participación social y eclesial allí donde estemos…

c) Procesos que nos ayuden a establecer una reflexión sistemática sobre el desafío de la significatividad para nosotros,
marcando áreas, opciones, signos, propuestas que nos ayuden a concretar.

En actitud de discernimiento real (Rom 12, 2).

“Idos transformando con la nueva mentalidad para ser capaces de distinguir lo que es voluntad de Dios”.

Estamos hablando de proceso (“idos transformando”), de camino de cambio.

El criterio es el Evangelio, el medio el discernimiento cristiano. La propuesta:
seamos “una Demarcación en discernimiento”. Sólo así podemos hacer las cosas bien. Y esto nos supone también un estilo de organización y de corresponsabilidad fraterna. Seguro que este tiempo capitular nos enriquecerá mucho si lo sabemos vivir desde esta perspectiva.

Queridos hermanos, os digo todo esto para pediros que este proceso capitular que empezaremos el próximo mes de agosto lo sepáis vivir en sintonía con las búsquedas que lleva adelante toda la Vida Religiosa en el seno de la Iglesia, y que lo hagamos en comunión con personas, comunidades y fraternidades escolapias que desean construir con nosotros un futuro nuevo. Estas actitudes, y otras muchas que vayáis proponiendo y asumiendo, nos ayudarán mucho.

Ojalá los diversos Ejercicios Espirituales que estos meses se realicen en las Demarcaciones puedan centrarse en la búsqueda de actitudes espirituales que nos sitúen con más apertura y docilidad ante la voluntad de Dios.

Os envío un abrazo fraterno junto a mi deseo de que estemos abiertos al Espíritu que se derrama sobre nosotros y que en el próximo Pentecostés celebraremos con alegría. No olvidemos nunca que Pentecostés, como todos los misterios de nuestra fe, no es un acontecimiento aislado, sino una manera de vivir desde Dios. No es un impulso inicial, sino un impulso sostenido. Sólo Él hace nuevas todas las cosas.

Pedro Aguado
Padre General

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Sunday, March 28, 2010

PIEDAD y LETRAS

P. Pedro Aguado, escolapio
P. General
Marzo, 2010

Queridos hermanos, escribo esta carta a finales de febrero, cuando ya en nuestro itinerario creyente estamos preparándonos para la celebración de los misterios que nos dieron nueva vida, la Pascua del Señor. A lo largo de estas semanas de Cuaresma escucharemos la llamada que la Iglesia nos hace a la conversión y trataremos de invitar a nuestros alumnos, alumnas y a todas las personas a las que nos dedicamos a abrir su corazón a la propuesta de Jesús de Nazaret. Nuestra misión escolapia, rica y plural, recibe en este tiempo un nuevo impulso de sentido: ojalá sepamos animar a todos a dar nuevos pasos en su crecimiento personal y en su descubrimiento de la fe.

Desde hace mucho tiempo, la Orden sintetizó en el lema “PIEDAD y LETRAS” lo esencial de la propuesta carismática calasancia, el eje desde el que se vertebra la misión a la que somos convocados y que estamos llevando adelante desde los diversos contextos en los que nos encontramos y vivimos. Sobre este lema, que está escrito en las paredes de nuestras casas y colegios, en nuestras publicaciones, en nuestra diaria actividad y, sobre todo, en nuestro corazón y en el de todas las personas que comparten nuestra misión y carisma, sobre este lema, digo, quiero escribiros esta breve carta fraterna.

Quiero compartir con vosotros una convicción: todavía no hemos sacado todo el jugo que encierra esta apuesta calasancia. Nunca terminaremos de desarrollar toda la riqueza ministerial y carismática contenida en esta afirmación de Calasanz: “Pues si desde la infancia el niño es imbuido diligentemente en la piedad y en las letras, puede preverse, con fundamento, un feliz transcurso de toda su vida” (Constituciones, nº 5).

En cada época vamos descubriendo nuevas sugerencias, en cada contexto se nos piden respuestas nuevas, en cada una de nuestras obras descubrimos carencias y desafíos nuevos a los que debemos responder para hacer que este “Piedad y Letras” sea de verdad una propuesta dinámica y no una afirmación vacía de contenido y de capacidad de avance y nuevas opciones. Os invito a profundizar en el significado de esta feliz combinación entre el saber humano y la propuesta cristiana, entre la fe y la cultura, entre la piedad y las letras. Sería bueno que nuestros equipos de educadores, nuestras comunidades formativas, nuestras publicaciones, entren de nuevo en este objetivo central de nuestra Orden y de nuestra Misión. Os lo propongo con toda convicción, seguro de que nos ofrecerá nuevas pistas para el camino.

“Piedad y Letras” supone y expresa un determinado tipo de educación, un modo de comprender al ser humano y lo que necesita para crecer integralmente y desarrollar todas sus potencialidades, que es lo que quería Calasanz. Para nosotros, esto supone tener las cosas muy claras: apostamos por los niños y jóvenes y les ofrecemos una propuesta integral que posibilite su pleno desarrollo y su capacidad de estar siempre en camino. Creemos en la fuerza transformadora que un determinado tipo de educación puede tener, y buscamos unas letras vitalizadas desde la piedad y una piedad encarnada en la ciencia y en la cultura para dotarlas de alma y horizonte de plenitud. Pero no en la teoría ni en el aire, sino en las personas que crecen desde esta propuesta educativa. Os ofrezco algunas pequeñas reflexiones que nos puedan ayudar a valorar la importancia que todo esto tiene para nosotros.

1. Pensemos en primer lugar en el ámbito de la creación del saber
humanístico y científico y en la reflexión teológica. Son campos y áreas en las que nuestra razón moderna hace difícil la unión y la relación entre el ámbito de las letras (ciencia, saberes, investigación) y el de la piedad (fe, apertura a lo creyente, valores).

Calasanz apostó por la “y” con absoluta claridad. Lo vemos en sus relaciones con los científicos y sabios de su época, en su propuesta pedagógica, en su insistencia en la piedad cristiana y en la educación desde la fe, en su convicción de que sólo de la combinación inteligente de todo ello en el crecimiento de los alumnos podemos ofrecer algo serio y valioso. Los escolapios debemos insistir en que, hoy más que nunca, la razón moderna e ilustrada puede y debe abrirse a la dinámica de la fe para crecer en consistencia, orientación humanista, solidaridad con los más débiles… Y la fe debe respetar el saber científico e iluminarlo desde lo que le es propio.

Hacemos un flaco servicio a nuestro carisma y misión en el mundo cuando aceptamos que estos ámbitos se opongan como si fueran contrarios o incompatibles.

Por eso quiero reafirmar la importancia de que seamos capaces de cuidar aquellas instituciones desde las que de modo más significativo trabajamos por la creación de saber, por la investigación científica y por la reflexión teológica. Somos llamados a elevar nuestro nivel de reflexión y de aportación.

2. Pensemos en nuestra formación,
sobre todo en los jóvenes que están en sus primeros años de vida escolapia y que se preparan para asumir este ministerio con calidad y dedicación. Nuestro ministerio en la Iglesia necesita escolapios preparados en “letras”, en “piedad” y en la relación entre ambas. Lo que tradicionalmente solemos llamar “estudios civiles” no es un añadido a nuestra formación. Los escolapios nos formamos en letras y en piedad. Debemos profundizar en este tema, para no caer en el error de que nuestra formación esencial es sólo la sacerdotal. Más que de estudios teológicos y civiles debiéramos hablar de “estudios escolapios”, que suponen una buena formación filosófica y teológica (al menos la propia de los estudios sacerdotales), una buena formación científico-humanística, con su reconocimiento oficial, y una buena formación carismática (formación calasancia, pedagógica, pastoral, catequética y en otros aspectos importantes propios de nuestra identidad escolapia). Sólo desde estas claves nos formaremos y creceremos en lo que nos es propio. Calasanz lo tuvo claro desde el principio: “Lamento mucho que nuestros clérigos muestren muy poco interés en aprender y que no sepan que sería un gran beneficio para sí aprender y enseñar a los alumnos las letras y el espíritu juntos” (enero, 1627).

3. Pensemos también en nuestras Obras,
sobre todo nuestros colegios. ¿Cómo los debemos impulsar para que sean de verdad calasancios? Los escolapios tenemos una propuesta clara de escuela, basada en la educación integral de los niños y jóvenes, centrada en la propuesta cristiana y comprometida con la transformación de la sociedad a través de la educación de las nuevas generaciones. Evidentemente, todo esto lo debemos hacer teniendo en cuenta los diversos contextos en los que trabajamos, que son diferentes y nos exigen opciones diversas. Debemos pensar las exigencias del “Piedad y Letras” para nuestros colegios. Hemos de estar en guardia ante algunas tentaciones o modos superficiales de impulsar nuestro carisma en los colegios. Cito sólo algunas de ellas:

a). colegios quizá orgullosos por el nivel de sus “Letras”,
pero sin un proyecto claro de evangelización ni de cambio social;

b). colegios que no ofrecen propuestas evangelizadoras extraacadémicas
que, desde la opción libre de los jóvenes, acompañen su proceso de fe hasta la incorporación a la comunidad cristiana;

c). colegios que no se esfuerzan en construir el “alma carismática”
referencial del colegio, de la que procede su vida y dinamismos escolapios;

d). colegios que no acompañan la formación escolapia de sus educadores,
ofreciéndoles posibilidades claras de una misión compartida visible y verificable;

e). colegios que se olvidan que son centros educativos,
abiertos a todas las sensibilidades (también en el terreno de la fe), en los que la propuesta cristiana debe vivirse como semilla de nueva vida, convocante y abierta, nunca excluyente ni cerrada.

Los documentos que acabamos de aprobar en nuestro Capítulo General de 2009 nos ofrecen criterios valiosos y sugerentes para valorar nuestras obras e impulsarlas según nuestro modelo educativo. Sería bueno trabajarlos en nuestras comunidades e instituciones educativas.

4. “Piedad y Letras” tiene que ver también con el papel de los religiosos escolapios
en nuestras obras. Sin duda que éste es uno de los temas que tenemos que reflexionar para poder situarnos mejor en nuestras obras, que son muy diversas.

Nuestra misión, concebida como un “evangelizar educando”, pide de nosotros que nos situemos con claridad en ella para poderla dinamizar. A modo de sugerencia, cito tres “espacios privilegiados” para el religioso:

a). en primer lugar, sabernos situar como testigos y garantes del carisma,
siendo personas que viven y transmiten nuestra identidad. Esto se puede y se debe hacer desde cualquier “cargo” u “oficio”. No tiene que ver necesariamente con el lugar en el organigrama, sino con el modo en el que nos situamos;

b). en segundo lugar, creo que “Piedad y Letras” es una propuesta educativa y evangelizadora
capaz de convocar a muchas personas a compartirla con claridad y vinculación. El escolapio es llamado a provocar, acompañar y consolidar la fuerza convocante de nuestra misión compartida;

c). finalmente, me gustaría resaltar el papel de la comunidad escolapia
y de la comunidad cristiana escolapia, referencia de nuestra misión. Ser “referencia” significa dar vida, convocar, acoger, hacer crecer la misión, marcar prioridades claras en lo referente a la identidad escolapia de la obra y, en definitiva, facilitar que en el conjunto de la obra las cosas se planifiquen y evalúen desde el centro de la identidad.

5. “Piedad y Letras” no es sólo el lema de nuestros colegios.
Es el lema de todas nuestras obras. Nuestras parroquias deben impulsar el “Piedad y Letras” desde las características de lo que es una parroquia. Un hogar infantil, un centro de educación no formal, un internado, cualquier plataforma educativa, si es escolapia, debe preguntarse por ese desafío y colocarlo en el centro de su proyecto. A lo largo de esta visita que estoy haciendo a la Orden estoy viendo muchas nuevas posibilidades para nuestro carisma en obras y plataformas diferentes. Desde la capilla que es escuela entre semana y templo los domingos hasta un grupo de jóvenes que se forma en un proyecto curricular adaptado a ellos con una relación educativa muy cercana y personal con educadores escolapios o una parroquia que potencia la construcción de centros educativos para niños y jóvenes en diversas circunstancias personales y sociales. Todas nuestras obras deben ser impulsadas y valoradas también desde esta perspectiva.

Vivir a fondo el “Piedad y Letras” nos pide plantearnos con ánimo y exigencia lo central de nuestra vocación. Sin duda, hay muchos aspectos de nuestra vida y misión que quedan tocados por este desafío. Os invito a pensar en ello y a convertir nuestro lema en motor de nuestro proceso como personas y como Orden. Nacimos para la misión, llevamos la misión en nuestro nombre institucional, pongámosla también en nuestras opciones, en nuestra vida y en nuestra capacidad de convocar a los jóvenes a vivir y asumir nuestra vocación.

Recibid un abrazo fraterno. Os deseo que podáis vivir con profundidad el tiempo de Cuaresma; que sea para todos ocasión y oportunidad de encuentro transformador con el Señor.

Pedro Aguado
P. General

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Tuesday, November 24, 2009

REAVIVAD EL DON DE DIOS

“Sin mí no podéis hacer nada” (Jn 15, 5).
Pedro Aguado, escolapio
Padre General

Siempre me ha impresionado esta afirmación del Evangelio de Juan. Es un mensaje dirigido por Jesús a sus discípulos que me gustaría utilizar como telón de fondo de esta breve comunicación que os ofrezco, centrada en el sacerdocio.

Estamos viviendo en la Iglesia un “año sacerdotal”. Un año destinado a que en todas las comunidades –también en las Escuelas Pías- tratemos de profundizar en todo lo que significa el sacerdocio. Un año en el que todos los sacerdotes –también los escolapios- somos invitados a conceder un poco de tiempo a nuestra propia vocación y a tratar de enriquecerla, renovarla y profundizarla. Un año, en definitiva, en el que podemos intentar ayudarnos unos a otros en esta preciosa tarea que es la de vivir nuestro sacerdocio de modo que testimonie más fielmente a Aquel que es el sentido de fondo de nuestra ordenación.

Sé que escribo, sobre todo, para mis hermanos escolapios. También para numerosas personas que nos conocen y nos quieren, y esperan de nosotros una vivencia clara y evangélica de las opciones que hemos asumido. Y tratando de conservar el tono familiar de estas cartas, me gustaría simplemente presentaros algunas propuestas que me parecen buenas para que los escolapios vivamos nuestro sacerdocio del modo que hoy necesitan nuestros niños y jóvenes y las comunidades a las que servimos.

1 “Sin mí no podéis hacer nada”. Os invito a fortalecer nuestra vinculación personal con Jesús, tratando de crecer en eso que llamamos “vida centrada en Cristo” y que todos sabemos que es nuestro desafío más importante. Pero entendamos bien esta propuesta: Jesús reñía cariñosamente a Marta no porque trabajara mucho, sino porque trabajaba descentrada de lo esencial. Es bueno que seamos capaces de hacer una lectura escolapia y misionera de este precioso pasaje evangélico (Lc 10, 38-42): nuestro sacerdocio se realiza en la misión, pero sólo si estamos centrados en Jesús. De lo contrario, nuestro sacerdocio es sólo una tarea más.

2. Vinculados a Jesucristo, nuestro sacerdocio lo destinamos a hacer posible que quienes Dios ponga en nuestro camino se encuentren con Jesús. Y lo hacemos desde nuestra vocación escolapia, tratando de vivir nuestro ministerio de “evangelizar educando” como nuestra forma de ser y sentirnos sacerdotes. En nosotros, la vivencia del ministerio escolapio es sacerdotal. Sin duda que este carácter sacerdotal se expresa privilegiadamente cuando celebramos la Eucaristía con los jóvenes o cuando les ofrecemos el perdón de Dios. Pero todo nuestro ministerio debemos vivirlo sacerdotalmente; somos sacerdotes y nuestra misión la ejercemos desde nuestro ser, de modo integral.

3 Como escolapios, somos especialmente invitados a no caer en algunas de las “tentaciones” que a veces, somos humanos, son vividas por el sacerdote: el clericalismo, que nos convierte en casta y nos imposibilita la auténtica entrega pastoral desde la experiencia de la Iglesia como una comunidad de hermanos; la en ocasiones insconsciente tentación de “ser el primero” que solemos tener, como los hijos de Zebedeo, pensando que el sacerdocio es más bien un honor que un modo de amar; vivir de modo equivocado la dignidad del sacerdocio, olvidando que ésta se expresa esencialmente en el trabajo humilde y entregado y no en otro tipo de dinámicas; el acrítico “se hace lo que se puede”, que en ocasiones nos convierte en conformistas y acabamos aceptando como bueno cualquier proyecto o cualquier opción o resultado; el poco discernido buen deseo de igualdad y cercanía –o de normalidad- que acaba por hacernos insignificantes para aquellos para quienes debiéramos ser signos de algo mayor que nos desborda. Somos hijos de Calasanz, que supo vivir su sacerdocio desde la humildad, desde la entrega desinteresada, desde la cercanía a los niños, desde una gran exigencia en los procesos educativos y pastorales y, sin duda, desde una extraordinaria identificación con Cristo.

4. Este año sacerdotal nos puede ayudar a “orientar nuestras antenas” para percibir algunas llamadas especialmente significativas para nuestra vocación. Cito algunas que personalmente me preocupan más: mejorar en nuestra capacidad para acercar a los jóvenes a la experiencia cristiana; ser mejores iniciadores y acompañantes de la fe de los pequeños y de los jóvenes; dar respuestas más certeras a las necesidades que nuestra Iglesia tiene en relación con la transmisión de la fe; colocar entre nuestras prioridades la creación y animación de comunidades cristianas escolapias que puedan ser referencia de vida cristiana para las jóvenes generaciones; ser especialmente sensibles a la misión de suscitar y proponer la vocación religiosa y sacerdotal escolapia a nuestros jóvenes; prepararnos más en serio para aquellos servicios para los que somos más necesarios como sacerdotes y educadores escolapios; tratar de que las Demarcaciones de la Orden, en lo posible, faciliten a nuestros religiosos una mejor preparación en aquellas áreas que tienen más que ver con nuestro ministerio y, en definitiva, hacer un esfuerzo por detectar las llamadas que recibimos y las respuestas que podemos dar.

5. Sería muy bueno que las Demarcaciones aprovecharan el año para facilitar que odos nosotros tengamos la oportunidad de “reavivar el don de Dios recibido por la imposición de manos” (2 Tim 1, 6). Sin duda, son muchas las cosas que podemos hacer y pienso que, al preparar los planes de formación permanente (entendida como debe ser, como generación de procesos de crecimiento vocacional) pensemos un poco en esta dirección. Propongo algunas sugerencias sencillas: dedicar una jornada demarcacional a celebrar el don del sacerdocio entre nosotros; que cada uno pensemos, sea cual sea nuestra edad, en qué puedo y debo crecer en la vivencia de mi sacerdocio; aprovechar las posibles ordenaciones sacerdotales que se celebren este año para ayudar a que todas las personas que forman parte de nuestras presencias escolapias las vivan como una buena oportunidad para su fe; leer un buen libro sobre el sacerdocio; dedicar alguna reunión de comunidad a reflexionar sobre las llamadas e interrogantes que recibimos de los jóvenes sobre el tipo de sacerdotes escolapios que necesitan; orientar desde el sacerdocio los ejercicios espirituales de este año, y tantas otras cosas que podemos hacer.

6. ¿Qué fruto podemos esperar los escolapios de este año sacerdotal? Sin duda que cada uno de nosotros tenemos nuestra propia sensibilidad y apostaríamos por un fruto u otro. Yo quiero aportar uno, bien concreto, basado en el que, al menos para mí, es el mejor icono del sacerdocio que aparece en el evangelio: el Buen Pastor (Jn 10). Os hablo de lo que en la tradición de la Iglesia se ha llamado “celo apostólico” y que nosotros podríamos llamar de muchas maneras: pasión por la misión, entrega radical, dedicación plena, o como queráis. Os hablo del sacerdote entusiasmado por su ministerio que lo vive plenamente en todas las facetas de su vida y que, por encima de todo, se caracteriza por su entrega a las personas a las que Dios le envía, en nuestro caso niños, niñas y jóvenes, especialmente los más necesitados. Me gustaría que nos viéramos reflejados en este “buen pastor” que “llama a las ovejas por su nombre” y que “va por delante de ellas” y del que “ellas conocen su voz y por eso le siguen”. Me gustaría que pensáramos en ese buen pastor que “trabaja para que las ovejas tengan vida” o que “da su vida por ellas”. Ese “buen pastor” será, sin duda, llamada y testimonio para los jóvenes que se sienten llamados a la vocación escolapia, tal y como Calasanz pedía a los suyos: “Enseñen con esmero, sin hacer diferencias entre los alumnos, mostrando con todos talante de padre, enseñando con afecto. Así los alumnos verán que lo hacen por su bien”.

7. Una palabra final para los jóvenes que estáis viviendo vuestros primeros años como escolapios y que os preparáis para, en su día, ser sacerdotes en las Escuelas Pías. No penséis nunca en el sacerdocio como una meta o como el final de un camino; no penséis en el sacerdocio como un añadido a vuestra vocación escolapia, no lo comprendáis como una función o una tarea. Vedlo siempre como lo veía Calasanz: “Exhortamos y rogamos a todos los Ministros que recuerden que ocupan el lugar de aquel Señor que siendo riquísimo se hizo pobre para enriquecer a sus hijos”.


Mi recuerdo especialmente dedicado a Peter, Marcel, Ion, Israel, Jesús, Fernando, Melvin, Géza, Jacek, Rafał, Łukasz, Guy Sibile, Kumar, Anthony Vinto, Siluvadasan, Joy Kutty, Joseph Ojus, Shaji, Anthony Reddy, Guillermo, Nelson, Hilario, José Cruz, Andres, Domie, Manuel, Randy, Melvin, Juan Carlos, Julio Alberto, José Guadalupe (y seguro que algunos más cuya ordenación aún no nos ha sido comunicada). Os deseo que viváis en profundidad vuestra reciente o cercana ordenación sacerdotal y que podáis ser para todas las personas que os conozcan, testigos fieles de Jesucristo. Que Dios, que comenzó en vosotros la obra buena, Él mismo la lleve a término (Flp 1, 6). ¡Felicidades!

Ojalá este año sea para todos una oportunidad para cuidar un poco más nuestra vocación y para, sea cual sea nuestro modo de entender la vocación escolapia a la que nos sentimos llamados, identificarnos más y mejor con Jesús, el Buen Pastor.

Recibid un abrazo fraterno.
Pedro Aguado
Padre General

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Saturday, March 28, 2009

EL CORAZÓN ENSANCHADO

Jesús María Lecea, escolapio
Padre General
enero y febrero 2009

Estamos celebrando el Año de San Pablo o Año Paulino con motivo del segundo milenio del nacimiento del Apóstol. Hablando de su estima personal hacia los de Corinto, encontramos esta consideración de Pablo: “... sentimos el corazón ensanchado, no os amamos con corazón estrecho; ... el vuestro, en cambio, sí parece estrecho” (2 Co 6, 12-13). En las vivencias apostólicas de Pablo este pasaje es un reproche, nacido de una estima no correspondida en igual grado, a la comunidad de Corinto. Pero más allá, del hecho histórico y del sentimiento personal expresado, algo lógicamente muy subjetivo, el lamento revela, por una parte, cómo es Pablo y, por otra, cómo considera que deben ser las relaciones entre los hermanos de fe. De una y otra podemos aprender: del modo de ser de Pablo y de la relación que, según él, conviene tener entre hermanos en la fe cristiana. Y de esto se trata.

El mismo Pablo escribe que “toda Escritura ha sido inspirada por Dios y es útil ... para educar en rectitud, a fin de que el hombre sea perfecto y esté preparado para hacer el bien” (2 Tim 3, 16). Se pone, incluso, como modelo a imitar: “Sed imitadores míos como yo lo soy de Cristo” (1 Co 11, 1). En diversos lugares de sus cartas vuelve a decir lo mismo: 1 Co 4, 6; Flp 3, 17, 1 Tes 1, 6. Por estar recogido en la Escritura y por venir de Pablo, tiene sentido y valor el considerar qué podemos aprender para nuestro hoy y mañana del significado del “corazón ensanchado”. A todo cristiano y, sin duda, a todo religioso le conviene ese tipo de corazón. Tanto si se piensa en uno mismo como persona individual, como si se contempla integrado en la comunidad cristiana, en general, y religiosa, en particular. Creo que también es así el corazón del escolapio.

Detengámonos primero en mirar cómo es San Pablo, al definirse persona de corazón ensanchado. Conocemos que en el lenguaje bíblico la palabra corazón hace referencia a lo íntimo del ser, a la misma entraña del ser humano, a su núcleo personal. Conocemos a San Pablo, conociendo su corazón. Podemos describir su forma de ser, describiendo cómo escribe de su corazón. Del texto del que hemos partido, podemos decir que Pablo es una persona abierta, sin dobleces, transparente. Esto es ser de corazón ensanchado. Otras traducciones se expresan así, ilustrando lo que decimos: “hemos hablado con un lenguaje abierto, con un corazón amplio”. El corazón de Pablo es un corazón esponjado, de exquisita sensibilidad hacia los demás. Lo contrario de corazón estrecho, de corazón apretado. De estrechez y de dureza acusa, por el contrario, a los de Corinto en sus relaciones con él. En referencia a los corintios encontramos estas traducciones: “la estrechez está en vuestros corazones”, “estáis vosotros apretados (constreñidos) en las entrañas”. De aquí nacen las reservas de unos contra otros, la sospecha y la desconfianza. No hay reciprocidad, no hay correspondencia. La falta de reciprocidad en la respuesta de los de Corinto a la actitud amorosa de Pablo hacia ellos le hiere y le hace denunciar su dureza de corazón. Con posturas así la edificación de la comunidad se hace imposible; las relaciones acaban por debilitarse y desaparecer dejando sin contenido y sin sentido el amor fraterno.

Nuevos matices y calificativos encontramos en referencia al corazón paulino o a su personalidad, que completan el significado de corazón ensanchado. Pablo es de corazón generoso: “Tanto os queríamos que ansiábamos entregaros, no sólo el evangelio de Dios, sino también nuestras propias vidas. ¡A tal punto llegaba nuestro amor por vosotros! (1 Tes 2, 8). Este texto figura como lectura segunda en la solemnidad de San José de Calasanz. Lo interpreto como descripción del corazón amoroso del Santo Padre y como invitación a todo escolapio a imitarle en esta forma generosa de ser. Pablo es de corazón sensible y cercano: “Continuamente pido a Dios que me conceda ir a visitaros. Deseo ardientemente veros, para comunicaros algún don espiritual que os fortalezca; o más bien para confortarnos mutuamente en la fe común, la vuestra y la mía” (Rm 1, 10-11). El corazón de Pablo es capaz de sufrir por quien ama: “¡Hijos míos por los que estoy sufriendo de nuevo dolores de parto hasta que Cristo llegue a tomar forma definitiva en vosotros” (Gal 4, 19). Pablo busca el crecimiento de los hermanos, no someterlos a su afecto dominante; su amor es desprendido y no interesado: “Por eso doblo mi rodilla ante el Padre ... para que os robustezca con la fuerza de su Espíritu, de modo que crezcáis interiormente” (Ef 3, 14). Es persona que suscita alegría y esperanza, que no hunde en la tristeza al atribulado o en el desánimo a quien ha faltado: “Lo hago para que se mantengan animosos” (Col 2, 2). Pablo es persona que se alegra y enorgullece con los éxitos de los hermanos y la envidia no lo corroe: “¿Quién sino vosotros puede ser nuestra esperanza, nuestro gozo, nuestra corona de gloria el día que se manifieste Jesús nuestro Señor? Vosotros sois nuestra gloria y nuestra alegría” (1 Tes 2, 19-20). Pablo, finalmente, es sabedor que en la reciprocidad se va construyendo la comunidad y se ayuda a crecer a los demás, tanto cuando se corrige como cuando se alienta: “Fueron sobre todo las consoladoras noticias que traía (Tito) de vosotros. El nos comunicó vuestro deseo de verme, vuestro arrepentimiento, vuestra preocupación por mí. Todo esto me llenó de alegría” (2 Co 7, 7).

Mi deseo hacia todos es que la contemplación del modo de ser de Pablo, reflejo veraz de Cristo, nos lleve a dar acogida a su decidida invitación: “ensanchad también vosotros el corazón” (2 Co 6, 13). Mirémonos, pues, a nosotros mismos examinando nuestro corazón. ¿Somos de corazón ensanchado?

Reflejémonos en el modelo de Pablo. Parémonos también a pensar, para orar e interiorizar, las características de un corazón ensanchado. Corazón ensanchado es lo opuesto a corazón mezquino, estrecho; es, por el contrario, corazón generoso y fiel, comprensivo, acogedor, no resentido ni suspicaz; es un corazón compasivo, amable, cariñoso, ingenuo o sin malicia, confiado, sensible; es un corazón que sabe de flaqueza de sí mismo, de ser persona frágil, que se compadece de sí mismo y sabe compadecer; es transparente y sin doblez; es compañero de camino y buen amigo.

Por celo religioso desenfocado caemos, a veces, en corazón mezquino. Se acaba, así, viendo al disidente o al que no concuerda con uno como amenaza propia y de nuestra visión de las cosas, que valoramos como mejor y por cuya implantación luchamos. Se le enjuicia como malévolo, de forma como natural y a veces hasta sin darnos cuenta, por el hecho de disentir de nuestro pensar y actuar. El corazón mezquino tiende a endurecer los comportamientos hacia los otros y en la comunidad, atrincherándose a la defensiva o atacando. De esta forma los ambientes comunitarios quedan violentados y las cosas sencillas y sin mayor importancia en sí, se magnifican o se las transforma en portaestandartes de ideologías, posturas partidistas. Las cosas, hasta las más santas (hábito, forma de rezar, etc.), ya no mantienen su originalidad significativa sino que revisten beligerancia contra los otros. El corazón mezquino aplica una medida muy corta para medir a los demás.

Si los corazones se van endureciendo y estrechando, la configuración de las comunidades, y de la misma Iglesia, se basará en el miedo y el temor, la sospecha y la suspicacia, la frialdad y la indiferencia. Es decir, dejará de ser árbitro entre nosotros el amor y ocupará su puesto el desamor.

Toda una tragedia. Todo un contratestimonio. Parecerá como si la misericordia, que es el único rostro del Dios revelado en Cristo, se hubiera eclipsado; como si el amor, que es la misma entraña de Dios (cfr. 1 Jn 4, 8), se hubiera ausentado para dar paso al desdeñoso o al justiciero que exige pruebas inquisitoriales o lanza las mejores “armas evangélicas” como dardos para herir al otro.

No así, no así es responder como se debe en el amor que todos nos debemos como hermanos de comunidad. No hacemos bien a la comunidad, ni a la Iglesia, con estos modales aunque aparezcan revestidos de celo. El vigor y la fuerza resultantes serán la fuerza de los poderosos, no la “fuerza en la debilidad” que es la que permite que Dios actúe y se manifieste.

¡Si nuestras comunidades fueran ante todo lugares de bondad del corazón y de confianza, lugares acogedores donde predomina el preocuparse de los demás y no centrarse en la egolatría propia! ¡Lugares donde las palabras son de bondad y no de burla o de aflicción! “La burla -se lee en la Regla de Taizé (1954)-, ese veneno de una vida común, es pérfida porque mediante ella la lengua presenta verdades que no se tiene el valor de decirlas a la cara. Cobarde, porque arruina la persona de un hermano ante los demás”. Corrección fraterna, un consejo tan explícito en el evangelio (Mt 18, 15; cfr. 2 Tes 3, 15), es lo que necesitamos en las comunidades y no arrogancia o enjuiciamiento despreciativo o agriamente irónico de los otros. La corrección fraterna evidentemente es cosa de dos: saber hacerla en su momento oportuno, de una parte, y acogerla sin sentirse herido o agraviado, por la otra.

Perdonad que acabe con una exhortación: vivamos con alegría y agradecimiento el hoy presente de la comunidad con la que nos ha tocado convivir y no vivamos en la queja, o en la nostalgia de un pasado –mitificado a veces con el paso del tiempo más que realmente histórico-, o en huída hacia un futuro ilusorio. Sólo en el hoy presente podemos encontrar a Dios.

También en estos dos meses de enero y febrero de 2009 varios hermanos celebran aniversarios o fechas de especial relevancia. Les acompañamos con cariño y estima, felicitándoles y deseándoles lo mejor con la oración. El P. Györy Bulányi cumple noventa años. El Hno. José Alcocer celebra las Bodas de oro, cincuenta años, de Profesión Solemne. El P. Felipe Endériz, sesenta años de Ordenación sacerdotal. Finalmente, el P. Benito Pérez celebra setenta y un años de Ordenación sacerdotal. Sus personas, sus vidas, su servicio generoso a los hermanos, en la Orden y en la Iglesia, son un don y un regalo para todos, que con ellos agradecemos gozosos a Dios. El Señor les siga dando salud, bendición y gracia a manos llenas.

Jesús María Lecea, Sch. P.
Padre General

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Friday, August 29, 2008

CAPITULO GENERAL A UN AÑO VISTA

(Una oportunidad para no dejarla pasar)
P. Jesús María Lecea
Padre General
julio / agosto, 2008.

Está en el cercano horizonte la celebración del 46º Capítulo General. Ha sido ya convocado coincidiendo con la solemnidad de Pentecostés, fiesta del Espíritu Santo, el 11 de mayo pasado. El Capítulo General es la oportunidad que cada seis años se da la Orden para revisarse y determinar cómo seguir impulsando su vida y misión en el sexenio siguiente. El Capítulo General es el órgano legislativo supremo de la Orden y, por ello, de alguna manera concierne a todos. Ya desde ahora os invito a vivir su preparación, y más tarde su celebración, con espíritu de corresponsabilidad y con el apoyo de la oración personal y comunitaria. La rutina de la historia, la valoración escéptica que a veces solemos hacer de su posterior falta de eficacia puede conducirnos a no tomarlo en serio, al desinterés o al distanciamiento (“allí lo verán ellos, los Capitulares”). Con todas las cautelas que queramos poner –yo las entiendo como “aviso a navegantes”, es decir, para prevenir errores y desenfoques-, el Capítulo General queda como una de las grandes oportunidades para impulsar hacia adelante la Orden. Hay asuntos importantes que tratar, temas que profundizar y sobre los que marcar dirección, personas a las que encomendar servicios de gobierno y dedicación a la animación, seguimiento, atención pastoral y liderazgo entre los hermanos. Una buena preparación capitular garantiza el buen éxito del mismo. Un trabajo capitular responsable y bien realizado es la condición adecuada para dejar libre al Espíritu de Dios actuando en la Orden. En el fondo el Capítulo es el intento de discernir la moción del Espíritu en la Orden en los momentos actuales en los que le toca vivir. El Capítulo es un acto obediencial sobre todo. Cuando los hermanos se reúnen y mantienen los lazos de hermandad en su labor, allí hay presencia de Dios: Ubi caritas et amor Deus ibi est! Que no nos congregue otro impulso que el del amor de Cristo: Congregavit nos in unum Christi amor. Como tema central del Capítulo General ha sido elegido “el ministerio escolapio”. Se va a abordar, pues, un tema siempre central y dinámico de nuestra identidad escolapia. Nacimos como Orden para la misión educativa cristiana (cfr. El alegato o memorial de Calasanz al Cardenal Michelangelo Tonti para que la Iglesia aceptara su obra como institución religiosa legal y públicamente reconocida). La Congregación General, oídas opiniones de muchos escolapios durante la Visita Canónica y durante el Consejo de Superiores Mayores de octubre de 2007, piensa que no hay que escribir un nuevo documento sobre nuestro ministerio, que sustituya al que ya tenemos: “El Ministerio escolapio: evangelizar educando con estilo calasancio”, publicado en 1999 por encargo del Capítulo General de dos años antes. El tema sería muy amplio y conviene entrar en lo concreto. Por ello, se han marcado siete puntos o subtemas, delimitando así lo que el Capítulo General tratará sobre nuestro ministerio. Adelanto ya la lista, al menos en sus títulos, todavía en espera de perfilarlos mejor: educar a los niños pobres, el perfil del colegio escolapio, el colegio escolapio en clave pastoral, educación no formal en el ministerio escolapio, comunidad religiosa y misión, el ejercicio de nuestro ministerio en relación al crecimiento de la Orden y perfeccionamiento del instrumento para evaluar y verificar en nuestras obras su calidad calasancia.

Junto a este tema central, el Capítulo deberá examinar otros temas más breves que hemos llamado “temas de seguimiento”. Son realidades que están en marcha en la vida y misión de la Orden y que requieren impulso hacia delante. Son los siguientes: plan de reestructuración de la Orden, la pastoral de las vocaciones, relación Orden de las Escuelas Pías y Laicado, actualización del Directorio de formación (“La formación del escolapio” –FES- publicado en 1991) y continuidad del Directorio de economía. El texto actualizado de la FES está ya preparado y en su momento se hará llegar a los Capitulares; su título es “La formación y los estudios del escolapio” (FEDE).

Esperamos, con la ayuda de Dios, poder afrontar todo este trabajo y poderlo realizar bien tanto en la preparación como en el desarrollo del Capítulo. Evidentemente que, además de la temática, el Capítulo tratará cuanto es de normativa. Aquí hay que destacar el momento de las elecciones.

Como también viene indicado en la carta de convocatoria o intimación del Capítulo General, la sede de su celebración será Peralta de la Sal. La “cuna” de nuestro Fundador acogerá el Capítulo de los días 1 a 25 de julio de 2009. Sé que en algunos ha sorprendido la elección y hasta se ha valorado como no adecuada. Evidentemente, es importante el lugar y la casa donde celebrar el Capítulo, ya que son muchos los días de reunión y trabajo, aunque el asunto lo pongo entre los de menor importancia, mientras la sede ofrezca las condiciones necesarias para poder celebrar un Capítulo General. La casa santuario de Peralta creo que las tiene y la adecuación añadida que se hará lo posibilitará todavía más. No “post factum”, que ya fuera irreversible por lógica de poder, ni por “tenella e no emendalla”, que para mí es totalmente revisable, sino por el significado que para todo escolapio tiene, o debe tener, Peralta de la Sal, añado las consideraciones siguientes. A veces hay que motivar y explicar de cara a conseguir significación motivadora. No justifico nada, sólo expongo, pensando en Peralta como “lugar calasancio especial” donde se celebra un Capítulo General.

Peralta de la Sal es lugar pequeño y aislado, poco transitable y como fuera de las rutas del mundo ajetreado que tenemos. Podemos hablar como de “desierto” sin arenas. La tradición espiritual de la Iglesia y los tiempos fuertes de conversión, como la cuaresma, nos ponen delante cómo Dios “llama a la soledad” para hablar tranquilamente y sin interferencias a quien
ama. Su discurso será de amor y de conversión normalmente. Y la Orden, en Capítulo General, necesita de uno y de otra. Me gusta ese párrafo de Oseas donde el Señor de Israel cita a su esposa amada en el desierto: “la llamaré al desierto y le hablaré al corazón... y ella me responderá allí” (Os 2, 16-17). Yo creo, que como Capítulo, somos invitados a la escucha de la Palabra para traducirla en vida y misión de la Orden. El ruido distrae; el diálogo sin él es más directo y centrado. Al menos, Peralta nos ofrecerá ese apartamiento sin ruido, fuera del que nos traigamos en la maleta con los aparatos de nueva tecnología para el que ya no hay fronteras en todo el mundo.

La tradicional acogida de la Comunidad de Peralta y de la Provincia de Aragón no nos permitirá guardar el “ayuno del desierto”. Pero si materialmente no será posible, ni conveniente, será bueno cierto ayuno “espiritual”. La tradición espiritual cristiana recomienda “frenar apetitos” para dejar espacio al alimento de la Palabra, dar cabida a la acción de Dios. Esto es también un Capítulo General.

Tratar del ministerio propio nos descubre destinatarios de aquella, palabras de Jesús: “Vosotros sois sal de la tierra... vosotros sois luz para el mundo” (Mt 5, 13-14). Cómo puede sonar fuerte este eco de la sal en tierra de salinas como Peralta. Puede parecer broma, pero es en serio. Parafraseando la primera historia franciscana de los capítulos “de las esteras” tenidos en vida de S. Francisco de Asís, el nuestro podría ser “el capítulo de la sal”.

Nuestro ministerio es sal educativa para instruir y formar a los niños y jóvenes. El “pobrecillo” temía que la Porciúncula, lugar pobre y humilde de “su nacimiento a Dios”, dejara de ser un modelo de referencia para las nuevas casas y conventos. La humildad, la austeridad y sencillez de Peralta puede decir hoy mucho a los escolapios. Allí está también la fuente bautismal de Calasanz, junto a su casa nativa. El acudir materialmente a la casa de Calasanz, a la fuente de su bautismo como Capítulo General será signo visible de la voluntad de la Orden, secundando indicaciones de la misma Iglesia, de volver a las fuentes carismáticas de los Institutos religiosos. Vamos a hacer de ello como un signo sacramental, rogando a Dios que realice en las Escuelas Pías de hoy la acción del Espíritu Santo, que en su día realizó en su Fundador aportando un nuevo carisma a la Sociedad y a la Iglesia.

Como ya va siendo habitual la palabra final es de felicitación a los que en estos dos meses de julio y agosto celebran aniversarios importantes de Ordenación Sacerdotal o de Profesión Solemne. Lo habitual o repetido no merma por mi parte la cercanía, el aprecio, el gozo compartido con los hermanos. Felicidades y enhorabuena con la gracia del Señor queridos escolapios P. Tibor Borián por los cincuenta años de Ordenación sacerdotal y Hermanos Ruperto Clemente Domínguez y Clemente López. Todos queridos y estimados en el Señor.

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