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Friday, June 25, 2010

UNA MISIÓN CON ALMA

Pedro Aguado, escolapio
Padre General
junio 2010

Queridos hermanos, quiero dedicar esta carta fraterna a uno de los temas que tienen más importancia a la hora de pensar sobre nuestra misión escolapia y sobre las opciones que más tenemos que cuidar y reflexionar. La he titulado “Una misión con alma”, porque creo que aquí radica uno de los desafíos a los que tenemos que saber responder con claridad y nuevos planteamientos.

Poco a poco voy avanzando en esta rápida primera visita a la Orden y estoy viendo la diversidad de situaciones en las que nos encontramos, las diferentes preocupaciones que tenemos en cada Demarcación, en función del momento institucional de cada una, y las variadas sensibilidades que tenemos a la hora de abordar nuestras decisiones y prioridades. Pienso que esto es normal, pues estamos viviendo en contextos muy diferentes y las situaciones de las Demarcaciones son bien distintas. Por eso no podemos caer en la simplificación de pensar que a todos nos valen las mismas soluciones ni creer que todos debemos resolver los problemas de la misma manera.

Pero también me doy cuenta de que hay desafíos comunes y de que la Orden puede y debe ser capaz de pensar en común algunas respuestas esenciales. Hemos de saber convertir la diversidad en suma que enriquece –nunca en diferencias que dividen-, pero también hemos de saber abordar los temas centrales desde convicciones compartidas.

Una de estas cuestiones centrales que tenemos planteadas en nuestra Orden es la necesidad de que nuestras Obras, nuestras presencias, reciban desde las Escuelas Pías su “aliento de vida”, de modo que lo escolapio sea su motor y su referencia esencial. Hemos de construir nuestras Obras de modo que tengan “alma escolapia”. Yo pienso que el “alma” de un proyecto o de una institución es aquello que le aporta la razón fundamental de ser, lo que hace que tenga vida y aporte vida alrededor. De la necesidad de ser y de constituir esta “alma escolapia de nuestras Obras” es de lo que os quiero hablar en esta carta fraterna. Y tengo que decir que escribo porque el tema me preocupa, porque no se es “alma” de cualquier modo y porque sin esta “alma” nuestras Obras dejarán de aportar la propuesta esencial que nuestros niños, niñas y jóvenes esperan y desean recibir. Iré poco a poco acercándome al concepto y a su significado, tal y como yo lo entiendo.

1 - Cuando pensamos en los colegios,
a todos nos preocupa su calidad, su futuro, su identidad evangelizadora, su sostenibilidad…

Cuando nos acercamos a nuestras parroquias pensamos en su carácter escolapio, en su capacidad de acompañar la fe de nuestros hermanos, en nuestra capacidad real de hacer un verdadero proyecto de parroquia con itinerario y horizonte…

Cuando impulsamos un internado o un hogar o una doposcuola o cualquier otra obra e educación no formal, nos ocupamos con todo interés en que los muchachos y muchachas a los que atendemos de verdad reciban allí lo que necesitan para crecer de modo integral…

Todo esto nos preocupa. Pero creo que hoy hemos llegado claramente a la conclusión de que el futuro de nuestras Obras y su capacidad de respuesta a las necesidades de nuestra gente depende esencialmente de su identidad. La identidad es la clave de la calidad, de la capacidad de evangelización, de la misión compartida y de nuestra capacidad de hacer proyectos significativos. Yo quiero situar en el primer plano de las preocupaciones de la Orden el esfuerzo por dotar a nuestras Obras de una auténtica identidad escolapia. Este es la primera afirmación que deseo hacer en este escrito.

Pero del reconocimiento de que nuestro reto mayor hoy es seguir siendo nosotros mismos -seguir siendo escolapios-, surge la necesidad de discernir cómo tenemos que ser hoy escolapios, qué rasgos de la identidad escolapia es hoy urgente subrayar para afrontar nuestra misión. Tenemos poco que hacer si a lo que ofrecemos a nuestras familias, a la sociedad y a la Iglesia no incorporamos lo más específico de nuestra identidad escolapia y, sobre todo, un proyecto educativo cristiano que tiene vocación de permanencia y de fidelidad.

2 - Pienso que en ese “cómo”
hay, al menos, dos aspectos, dos dinámicas que debieran estar ya básicamente claras entre nosotros. Y digo debieran porque todavía tenemos caminos que recorrer y pasos que dar. La primera tiene que ver con el “proyecto educativo y evangelizador escolapio”; la segunda con la “misión compartida”. Pienso que hoy debemos asumir e impulsar con claridad que ambas dinámicas son simultáneas e interdependientes:

tenemos un proyecto que es claro y específico, y sólo lo podremos llevar adelante desde la incorporación real, formada y vocacional de cuantos educadores, agentes de pastoral y colaboradores diversos lo descubran como propio y lo impulsen en comunión con las Escuelas Pías.

Nuestra misión o es escolapia y es compartida o no será.

Una carta fraterna no es el lugar para desarrollar con amplitud estos dos aspectos de nuestra misión: su carácter escolapio y su carácter compartido. Tenemos mucha literatura escrita sobre ello y os invito a repasarla o a estudiarla con atención. Me limito a afirmar que nuestro proyecto educativo y evangelizador sólo será escolapio si, entre otras cosas, busca la educación integral, se inspira en el evangelio y lo propone, hace su aportación a la transformación social, vive y se desarrolla en red escolapia y es llevado por personas convencidas y entusiasmadas con lo esencial de su propuesta, de modo que la asuman como vocación. Por eso los religiosos escolapios no tenemos sólo la responsabilidad de hacer las cosas bien, sino de provocar, acompañar y consolidar la identidad escolapia de las personas que comparten nuestra misión y se comprometen con ella. Es hora de que en las Escuelas Pías asumamos que el adjetivo “compartida” forma parte de la identidad de nuestra misión y saquemos las consecuencias que sean necesarias. No se trata sólo de una característica ni es simplemente una opción estratégica; la misión compartida es nuestro modo de entender e impulsar nuestra misión.

Ciertamente, las circunstancias y las condiciones de posibilidad son diferentes en los contextos en los que estamos, pero esto no nos debe despistar de lo esencial: trabajemos desde nuestra identidad y acompañemos el camino de tantas personas, buscadoras de esta misma identidad desde una vocación diferente. Esto es posible, y necesario, en todos los contextos en los que vivimos y trabajamos los escolapios.

3 - Pero todo esto debe ser “reconocible”.
Nuestros niños y jóvenes, nuestras familias, nuestros educadores, necesitan ver que todo esto, todas las convicciones desde las que trabajamos, todas las propuestas desde las que les animamos, pueden ser vividas, de hecho, por aquellos que les hablan de ellas o que se las proponen como horizonte vital. Nuestras Obras escolapias serán creíbles si en su núcleo vital están las “personas que responden de todo”, viviendo y acogiendo, trabajando y escuchando, animando y celebrando. Para que nuestra gente perciba realmente que nuestra propuesta educativa y evangelizadora es real, deben vernos comprometidos con ella. Sólo podremos educar en cristiano y acompañar la fe de los niños, jóvenes y familias, si en nuestras Obras palpitan comunidades cristianas vivas que les permiten verificar, por propia experiencia, la alternativa que supone para sus vidas el Evangelio.

Es por ello que la condición de posibilidad de un centro que eduque y evangelice, como pretendemos los escolapios, es que, al estilo de las rutas que salían desde San Pantaleo, se trate de acompañar a los niños y jóvenes desde la escuela hasta la vida de creyentes adultos. Si entonces eran imprescindibles esas rutas para que el niño no se perdiera o “lo perdieran” por el camino, en nuestro hoy, quizá sólo desde unas comunidades cristianas adultas que asuman la tarea del acompañamiento integral de niños y jóvenes podamos garantizar en nuestras Obras una mayor fidelidad a nuestra misión original. Forma parte de nuestra misión construir esas comunidades cristianas que, desde el carisma que nos es propio, ofrezcan a los niños y jóvenes un horizonte posible y esperanzador. Estas comunidades han de ser el alma que anima la presencia escolapia en un lugar. “Hagamos lo posible para que los alumnos, padres, profesores, el diverso personal que trabaja en nuestras Obras, amigos, sacerdotes, religiosos, exalumnos, todo el Pueblo de Dios que gravita en torno a nuestras Obras, sea convocado a vivir la propia fe en una comunidad eclesial que, sin duda, tendrá el signo y el carisma calasancio” (P. Ángel Ruiz, 1983).

4 - Esta tarea será siempre prioritaria
para la comunidad religiosa escolapia, cuya función esencial es ser alma de la Obra. Ha de trabajar para serlo siempre. Sin duda de diversos modos, no sólo desde la estructura propia de la comunidad local. Las diversas circunstancias en las que vivimos nos obligan a pensar esto de modo nuevo. Pero nunca debemos olvidar que pertenece a nuestra vocación ser el alma de la misión. Las comunidades religiosas escolapias han de ser siempre alma de la misión, y han de trabajar para que a esta alma se sumen más personas. Me atrevería a decir que allí donde vamos consiguiendo, con el compromiso corresponsable de tantos laicos y laicas escolapios y de tantas Fraternidades Escolapias, que vayan surgiendo comunidades cristianas escolapias, los religiosos escolapios somos llamados a ser el “alma del alma”, si es que se puede decir así.

Construimos comunidades cristianas escolapias para fortalecer la identidad escolapia de nuestras Obras y ofrecer a la Iglesia esos espacios de vida cristiana y misionera, de los que tiene tanta necesidad, y para expresar a todos los destinatarios y colaboradores de nuestra misión que hay un lugar desde dónde se puede vivir todo aquello que buscan. Estas comunidades no sólo no sustituyen, sino que necesitan y piden, la presencia de los religiosos.

No somos tan ingenuos ni estamos tan despistados como para creer que los religiosos podemos hacerlo todo y ser la referencia para todos, pero lo que nunca podemos hacer es perder -o vivir a medias- nuestra razón de ser: dar vida a nuestras Obras, acompañar su camino como escolapios y hacerlas crecer en fidelidad al carisma que nos fue regalado en San José de Calasanz.

Los religiosos escolapios, las comunidades escolapias deben vivir y trabajar siempre como alma de de la misión y provocar que esta alma sea cada vez más compartida.

Por eso, la vida religiosa escolapia es parte constituyente y esencial de la comunidad cristiana escolapia y de su misión. Me he atrevido a decir que es “el alma del alma” de la presencia escolapia y por ello su responsabilidad es fundante y fundamental. Las comunidades escolapias están llamadas a ser el espacio desde donde se anime esta realidad comunitaria más amplia, donde se puedan aprender las claves de la vida comunitaria y misionera, donde todos nos conectamos a una historia carismática de siglos y a una realidad institucional global que nos hace verdaderamente escolapios y católicos.

En este año, dedicado al sacerdocio, diría, además, que el sacerdote escolapio tiene una misión ingente pero preciosa: liderar, junto con quienes desde su vocación laical asuman el ministerio de acompañar a la comunidad, este entramado comunitario que debe ser el nuevo rostro escolapio y eclesial que convoque y permita mantener abierto el camino hacia Jesús a tantos niños y jóvenes en tantas partes del mundo.

5 - He empezado esta carta reconociendo
la diversidad de situaciones en las que nos encontramos. Tenemos Obras y presencias en las que no hay una comunidad religiosa local, otras en las que hay varias comunidades, otras en las que hay comunidad religiosa, pero escasa dinámica de misión compartida, otras en las que los religiosos se sitúan, desde estructuras diferentes, en el alma de la misión, muchas comunidades religiosas que verdaderamente impulsan con vigor la vida de los colegios, Demarcaciones que tratan de dar respuesta a estas necesidades desde el horizonte y el marco de la propia Provincia… Pienso que en todos los casos, hay que buscar maneras diversas para que nuestras Obras tengan alma escolapia real y sean animadas desde personas y comunidades que hagan posible que todos los que conforman la Obra sientan que existe un espacio eclesial y escolapio desde el que el colegio (o la Obra que sea) se sostiene y que es su referencia y fuente de vida. Aquí tenemos tarea todos, en todas las Demarcaciones. A ello os invito con todo interés.

Termino esta carta con algunas reflexiones finales, que están en relación directa con lo que expreso en este escrito. Son tareas que tenemos pendientes, según mi modo de pensar. Habría muchas más, pero sólo quiero dejar cuatro sugerencias a modo de ejemplo:

• Nuestro último Capítulo General dejó sin abordar
el tema de “la comunidad escolapia y la misión”. Desde la Congregación General deseamos retomar este asunto y ofrecer a la Orden un documento al respecto, cuando nos sea posible. Ojalá que también seamos capaces de proponer itinerarios de crecimiento en la capacidad de misión de nuestras comunidades.

• Nuestra Orden tiene un proyecto institucional
del laicado escolapio recogido en el documento “El laicado en las Escuelas Pías” del año 1997.

Muchas de las propuestas que se recogen en él siguen siendo tareas que tenemos que abordar para configurar el alma escolapia de nuestras Obras.

• Nuestra pastoral vocacional crecerá
con vigor y posibilidades si en nuestras Obras trabajamos más y mejor desde nuestra identidad y las configuramos con una creciente vida escolapia. Muchos jóvenes se acercan a nosotros convocados por nuestra misión, pero se acercarían más si estuviesen transformados por ella.

• Tenemos pendiente una reflexión
sobre el papel del religioso en nuestras Obras, porque no se puede formar parte del alma de una Obra de cualquier manera. Desde luego, nunca desde dinámicas de poder, sino de servicio, nunca desde un “hacer lo que a mí me parece que debe hacerse”, sino desde un trabajo en equipo, nunca desde una Obra aislada, que se define y se basta a sí misma, sino desde un proyecto más amplio que se configura e impulsa desde la Provincia y desde la Orden. Hemos de pensar mucho más sobre todo esto.

Queridos hermanos, la construcción del alma escolapia de nuestras Obras y nuestra vida religiosa como fuente de vida de las mismas son desafíos comunes a todos nosotros, estemos donde estemos y tengamos la realidad que tengamos. Desde nuestra situación y con el acompañamiento de la Orden, tratemos de dar respuestas auténticas, respuestas que provoquen vida.

Os envío un afectuoso saludo
Pedro Aguado
Padre General

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Wednesday, October 29, 2008

Homilía con ocasión del inicio del curso escolar 2008

Mons. Bosco Vivas Robelo
Comisión diocesana de educación
Diócesis de León, Nicaragua
León, 19 de Enero de 2008

Señor Vicario General; Mons. Ariel Ortega; queridos Monseñores, Presbíteros, Diáconos, Religiosas, Religiosos; mis queridísimos Maestros, Maestras, personal de nuestros Colegios Católicos:

En el Evangelio se nos presenta a Jesús que camina, y, mientras va pasando (como dirá después San Pedro resumiendo la actividad de Jesús), va haciendo el bien. En este caso del Evangelio, ese bien lo hace Jesús a aquel hombre llamado Leví, conocido también como Mateo, y que es hoy uno de los Apóstoles a los cuales la Iglesia honra como santos, como amigos predilectos de Jesús. Resulta que Jesús pasa y llama a Leví; San Agustín, en la meditación de este texto, tiene unas palabras muy interesantes, se pone a explicar el santo cómo todas las actividades que Jesús realizó, aunque efectivamente esas actividades ya pasaron (se realizaron en el tiempo en que Él las ejecutó), sin embargo, ese Jesús, que es el mismo ayer, hoy, y lo será para siempre, pasa ahora con esas mismas gracias junto a cada uno de los seres humanos; En algunos momentos, sobre todo. Y, dice San Agustín, refiriéndose a él mismo: “Yo temo a Jesús que pasa junto a mí. ¿Por qué? Porque ese paso de Jesús junto a mí, en mi vida, yo lo puedo pasar desapercibido o yo no lo voy a aprovechar. Y, ¡pobre de mí, si habiendo pasado Aquel que hace el bien yo no estuve en ese instante en la disponibilidad de acogerlo!. Temo a Jesús que pasa.”

Hoy Jesús pasa, también, junto a nosotros, hermanas y hermanos, que estamos aquí reunidos con motivo del Taller que hemos realizado para prepararnos al Año Escolar 2008, para disponernos espiritualmente a nuestros trabajos enriqueciéndonos espiritualmente de tal manera que podamos, después, durante el año, poder servir mejor, cumplir mejor la misión que tenemos encomendada como docentes, como transmisores de enseñanzas, y, sobre todo, transmisores de experiencias de fe a los demás. ¡Ojalá sepamos aprovechar el paso de Jesús en nuestra vida, a nuestro lado!.

Así como Jesús miró a Leví y lo invitó a seguirlo, así también somos invitados, hoy, nosotros, a seguir a Cristo en el cumplimiento de nuestros deberes. A Leví lo llamó para iniciar una nueva vida. A nosotros nos llama para iniciar una nueva etapa de nuestra vida, que ya es vida cristiana, porque ya nosotros hemos creído en el amor, hemos creído en Él.

Sin embargo, cada día es una llamada a una toma de conciencia de nuestra condición de cristianos, de discípulos de Jesús, de misioneros enviados para anunciar la Buena Noticia de la salvación a todos.

El campo de la educación (al cual el Señor nos ha enviado a través de las circunstancias por las cuales hemos descubierto nuestra vocación, nuestra llamada a este apostolado), es fundamental para nosotros los cristianos (para la Iglesia), especialmente si nos colocamos, como tenemos que hacerlo, dentro del tiempo que nos toca vivir y en el lugar donde Dios quiere que transcurramos nuestra existencia en estos momentos, aquí y ahora, en el Colegio, con las personas que nos rodean; en el Colegio donde ejercitamos esta misión y este Apostolado Educativo.

Yo decía el primer día del año, que mi deseo más grande es que toda la Iglesia Diocesana tome conciencia del amor que Dios nos tiene, y nos ha tenido, a nosotros, hasta hoy, para unirnos en la misión sagrada de anunciar la Buena Nueva del Evangelio. E, incluso, me permitía, allí, pedirle a todos los miembros de la Iglesia, comenzando, naturalmente, por los que tenemos responsabilidades directas de guiar a la Iglesia: Obispos, Presbíteros (colaboradores del Obispo), comenzando por nosotros, a buscar la unidad junto con todos los que trabajan en las Parroquias y en los Colegios, y ponernos juntos el mismo objetivo: ¡Anunciar a Jesucristo!.

Es verdad que ustedes, mis queridos educadores, tienen un campo muy propio. Dentro de ese campo tienen ustedes a personas a las cuales tienen que prestarles un servicio: El servicio de capacitarlas para enfrentar lo duro de la vida, para enfrentar los retos de mejorar el mundo, que se van poniendo en las manos a cada generación. Ustedes tienen esa misión de darle a estas generaciones -niños, jóvenes-, las posibilidades de salir adelante, de mejorar el mundo, de ir abriendo caminos donde quizás las generaciones anteriores no hemos logrado descubrirlos o hacerlos, o, lo que es mas empeñativo: Reabrir caminos donde nosotros los cerramos.

Eso no es tan fácil, no es tan fácil... Miren: Hay dificultades, hay problemas, y nosotros los tenemos, también ahora. La Educación siempre ha encontrado obstáculos por ser una obra grande, valiosa, naturalmente que tiene dificultades para poder realizarse. Dificultades que hemos experimentado podrían ser: El verificar cómo la Educación Católica va como queriendo ser instrumentalizada por fuerzas adversas al Evangelio, o atacada por estas fuerzas. ¿En qué sentido? -En el sentido de vaciar a nuestra Educación Católica de lo que es fundamental, como es la realidad de Cristo en la vida del ser humano. Puede ser que hablemos de Jesús, pero no es asunto sólo de palabras: Es asunto de transmisión de una experiencia de amistad. Y ¿Cuándo lo tendremos que hacer, nosotros, ese trabajo? -Durante todo el ejercicio de la misión educativa. ¿Es que, acaso, hay que estar hablando de Jesús en vez de explicar las Matemáticas, las Ciencias, los Idiomas, etc.? No. Es necesario, sencillamente, mientras cumplimos esa misión de entregar sabiduría y de capacitar a los demás, a la juventud, a los niños-, entregándoles un derecho que tienen: De capacitarse; Mientras les damos la Ciencia, repito, les tenemos que dar también (si no es posible todo el tiempo con la palabra expresa y explicita, sí con un comportamiento digno, respetuoso hacia el alumno), “algo” que valoriza incluso la sabiduría y las ciencias humanas, ese “algo” es “alguien”: Es Jesucristo. Sin Él, la Ciencia misma no conseguirá objetivos que mejoren el mundo, la experiencia nos lo dice.

Fíjense ustedes, una persona muy bien capacitada puede, sin embargo, convertirse en un egoísta que sólo busca aprovechar esa Ciencia que tiene para incensarse él mismo vanidosamente o para adquirir más dinero, más bienes, en este mundo aún a costa de pasar encima de sus semejantes. ¿Por qué? -Porque esa Ciencia no les ha enseñado a que es una razón para servir más y no para servirse de los demás. Y eso es lo que da Jesucristo: La lucidez para poder usar todas esas riquezas que conseguimos con una educación de altura buscando cómo ponerlas siempre al servicio de la superación de los demás y de mejoría del mundo. Cuando una Ciencia se vacía de Jesucristo, repito, no consigue el objetivo de elevar el mundo; Elevará el nivel económico de algunas personas, y nada más. Y eso no es objetivo para que nosotros dediquemos una vida: Para envanecer a pocas personas y para darles la posibilidad de enriquecerse ellas a costa de desvalorizar a los demás, no es un objetivo atractivo para la Educación Católica, todo lo contrario.

Podríamos, también, vaciar nuestra educación de una solidez, como la que debe de tener, si es que, olvidándonos de Jesús, nosotros nos acomodamos a las circunstancias que vivimos; Y, entonces, preparamos al alumno de acuerdo a las necesidades que se van teniendo, de acuerdo a la mentalidad, a la moda de cada instante. Y, entonces, una Educación así, oportunista, de quedar bien, una educación así, tampoco es atractiva; Porque así vemos nosotros cómo pasan las modas, y las circunstancias, y los regímenes, y, de acuerdo a los regímenes: Las ideologías. Y, si ponemos nuestra Educación Católica al servicio de las ideologías, de la moda, de lo que piensa hoy el mundo (olvidándonos de Jesucristo), podríamos ser aplaudidos y hasta tener medallas que nos dan los Gobiernos de turno, pero no tendríamos el reconocimiento de Jesús, que es lo que nos debe interesar a nosotros como educadores, como servidores, en esa formación integral del ser humano, no lo olvidemos. El ser Humano es, para nosotros, un valor que defender, un valor por el cual bien merece luchar y entregar nuestra vida. Y ese ser humano sólo encuentra su realización plena y total en Jesucristo. De allí la convicción de que tenemos que hablar y actuar con los sentimientos de Cristo “a tiempo y a destiempo”. De allí la urgencia de no avergonzarnos ni ocultar nuestra identidad católica.

Tampoco es asunto de convertir esta identidad católica en un arma de batalla o para privilegios, en algunos momentos, pero, tampoco, repito, podemos ni debemos ocultar que estamos al servicio del Señor Jesús. Y que ese servicio es, precisamente, el que nosotros queremos ejercitar en favor de aquellos a quienes vamos a preparar integralmente para la vida entregándoles valores, entregándoles, a ellos también, este respeto al ser humano; Este respeto y amor a la vida; Este respeto y amor al Creador y Señor nuestro: Dios.

Tenemos, pues, como vemos, una misión maravillosa que cumplir, no exenta de problemas, pero, al fin y al cabo, cuando se ama, como dice también San Agustín, en el mismo esfuerzo que hacemos nosotros encontramos razones para aumentar el amor. Las dificultades, más bien, nos harán más amantes de Jesucristo y más entusiastas propagadores de su Evangelio.

Yo quisiera, pues, que estos días que hemos vivido hoy preparándonos, como digo, espiritualmente, a ejercer esta misión, nosotros no dejemos de darle a estos días continuidad. Sigamos cerca unos de otros, sobre todo en momentos difíciles, en momentos de crisis; La unión siempre hará la fuerza. Y unidos podemos enfrentar problemáticas en busca de soluciones adecuadas. Ese es el camino. Yo les propongo permanecer unidos en la Iglesia. Estar cerca unos de otros todos los que integran la familia educativa en cada Centro.

De allí la necesidad de que si, por una parte, nosotros, como Autoridad de la Iglesia, tenemos que acompañarles (y me he propuesto que así sea, me he propuesto hacerlo así, y así se lo he pedido al Encargado, a Mons. Ariel Ortega), así se lo he pedido, que tenemos que demostrar que la Educación es una prioridad, y que tenemos que apoyarla, se lo he dicho al Clero, también, en diversas ocasiones: Que no debemos dejar solos ni solas a las personas que están en este servicio tan importante. Pero también, mis queridos hermanas y hermanos, yo quisiera pedirles a ustedes que, junto con nosotros, también llamemos a una colaboración a los Padres de Familia. Ustedes podrían idear la mejor manera de establecer contactos con los Padres de Familia; Sé que no es nada fácil y, hasta hoy, creo que no hay Centro que pueda decir que ha logrado la fórmula ideal, lo cual nos obliga a seguir pensando y buscando caminos.

¿No podría ser, me pregunto yo, que, en vez de llamar, nosotros estableciéramos algún programa de visitar, nosotros, hogares? -Sé que es una cosa, difícil de realizarse (dificilísima), porque son tantos los alumnos y tan pocos los que rigen o los que llevan un Colegio. Pero bien valdría la pena que se establecieran grupos que, por lo menos, se encontraran con aquellas familias cuyos hijos están presentando mayores necesidades y urgencias de cualquier índole, a esas familias visitarlas, sin dejar de invitarlas, naturalmente, al Colegio, para que asistan a las reuniones que se tengan establecidas.

Pero, en fin, lo que quiero decir con esto es, que: Tenemos que ser creativos, no vivir lamentándonos de que no nos producen efecto los pasos que hemos dado, si éstos no producen efecto, no nos llevan a donde quisiéramos, busquemos otras maneras. Les dejo a Uds. esa inquietud, de tal manera que no dejemos que las familias, o lo que queda de cada familia, porque estoy consciente que éste es uno de los problemas más serios y graves que podemos tener en el Iglesia y en la sociedad en general, lo que queda de las familias, en todo caso, que encuentren en el Colegio, también (o en las personas que integran la Dirección, el trabajo de un Colegio), amigos que les hagan sentirse miembros de la misma comunidad eclesial, porque todos somos de la familia grande, que es la Iglesia. No dejarlos solos. Acompañarnos mutuamente, este sería un objetivo que tendríamos que buscar cómo lograrlo.

Bien, habría tantas cosas más que decirles... Yo confío en Dios que tendremos la oportunidad, en este año, de volvernos a encontrar, quizás más adelante, porque, como les expresaba, mi deseo es acompañar este proyecto educativo lo más que podamos. Pero yo les deseo a ustedes, pues, que crezcan en conocimientos, que busquen cómo irse preparando más con la lectura asidua de la Palabra de Dios, la meditación, la oración... Ir ustedes mismos ejercitando su apostolado en su propio hogar de tal manera que el servicio en la Escuela sea como una continuidad de ese servicio amoroso que ustedes prestan en sus propios hogares y a sus seres más queridos: A sus familias

Vean a éstos que están en las aulas, y que Dios ha puesto junto a ustedes, como una extensión de su propia familia.

Y yo les voy a garantizar una cosa, de parte de Dios: Cuanto mayor sea la entrega y el servicio amoroso y sacrificado hacia el alumnado, más gracias tendrán ustedes para poder superar sus propios problemas familiares, que yo sé que los tienen, porque todo hogar los tiene. Quizás no hemos logrado encontrar el camino de la mejoría de nuestro propio hogar. Un camino para lograrlo es la caridad vivida, hasta el sacrificio, en favor de los demás. Quien trabaja por el prójimo sacrificadamente, debe creer que Dios piensa en bendecir a aquellos que están más dentro del corazón de quienes prestan estos servicios: Sus seres queridos no quedarán desamparados. Y ustedes, así, encontraran en sus hogares motivación para servir mejor, y no como sucede a veces, que los problemas del hogar repercuten en el aula de clases con mal humor y con otras cosas. Todo lo contrario, la armonía del hogar facilitará el servicio en las aulas de clases; Y la entrega en el aula de clases será para ustedes, también, motivo de honda satisfacción que les va a dar a ustedes el gozo de que al llegar a su hogar encontrarán que Dios también ha puesto su parte en favor de ustedes.

Que nuestra Madre, la Virgen Santísima, nos ayude a todos. No la olvidemos a ella. Ella es el camino más seguro para que nosotros podamos conseguir objetivos, sobre todo cuando estos objetivos no son nada fáciles. Pongamos, junto a nosotros, la ayuda de la omnipotencia suplicante para conseguir, si es necesario, prodigios como el de Caná de Galilea, conseguir que las obras de Dios se adelanten o se hagan de una manera mucho más eficaz de lo que podían ser con nuestros solas y pobres trabajos y realizaciones.

A la Madre de Dios, le ruego, pues, a San José y a los Santos protectores de las diversas comunidades que nos acompañen en este año para que podamos dar la Gloria a Jesucristo cumpliendo con nuestra misión, que, como discípulos, tenemos, de transmitir la experiencia entusiasta de nuestra fe a los demás.

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