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Monday, November 29, 2010

HOMILÍA SANTA MISA CON OCASIÓN DEL AÑO SANTO COMPOSTELANO

VIAJE APOSTÓLICO A SANTIAGO DE COMPOSTELA Y BARCELONA
6-7 DE NOVIEMBRE DE 2010)
SANTA MISA CON OCASIÓN DEL AÑO SANTO COMPOSTELANO
HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
Plaza del Obradoiro, Santiago de Compostela
Sábado 6 de noviembre de 2010

En gallego:

Benqueridos irmáns en Xesucristo:

Dou gracias a Deus polo don de poder estar aquí, nesta espléndida praza chea de arte, cultura e significado espiritual. Neste Ano Santo, chego como peregrino entre os peregrinos, acompañando a tantos deles que veñen ata aquí sedentos da fe en Cristo Resucitado. Fe anunciada e transmitida fielmente polos Apóstolos, como Santiago o Maior, ao que se venera en Compostela desde tempo inmemorial.

[Amadísimos Hermanos en Jesucristo:

Doy gracias a Dios por el don de poder estar aquí, en esta espléndida plaza repleta de arte, cultura y significado espiritual. En este Año Santo, llego como peregrino entre los peregrinos, acompañando a tantos como vienen hasta aquí sedientos de la fe en Cristo resucitado. Fe anunciada y transmitida fielmente por los Apóstoles, como Santiago el Mayor, a quien se venera en Compostela desde tiempo inmemorial.]

Agradezco las gentiles palabras de bienvenida de Monseñor Julián Barrio Barrio, Arzobispo de esta Iglesia particular, y la amable presencia de Sus Altezas Reales los Príncipes de Asturias, de los Señores Cardenales, así como de los numerosos Hermanos en el Episcopado y el Sacerdocio. Vaya también mi saludo cordial a los Parlamentarios Europeos, miembros del intergrupo “Camino de Santiago”, así como a las distinguidas Autoridades Nacionales, Autonómicas y Locales que han querido estar presentes en esta celebración. Todo ello es signo de deferencia para con el Sucesor de Pedro y también del sentimiento entrañable que Santiago de Compostela despierta en Galicia y en los demás pueblos de España, que reconoce al Apóstol como su Patrón y protector. Un caluroso saludo igualmente a las personas consagradas, seminaristas y fieles que participan en esta Eucaristía y, con una emoción particular, a los peregrinos, forjadores del genuino espíritu jacobeo, sin el cual poco o nada se entendería de lo que aquí tiene lugar.

Una frase de la primera lectura afirma con admirable sencillez: «Los apóstoles daban testimonio de la resurrección del Señor con mucho valor» (Hch 4,33). En efecto, en el punto de partida de todo lo que el cristianismo ha sido y sigue siendo no se halla una gesta o un proyecto humano, sino Dios, que declara a Jesús justo y santo frente a la sentencia del tribunal humano que lo condenó por blasfemo y subversivo; Dios, que ha arrancado a Jesucristo de la muerte; Dios, que hará justicia a todos los injustamente humillados de la historia.

«Testigos de esto somos nosotros y el Espíritu Santo, que Dios da a los que le obedecen» (Hch5,32), dicen los apóstoles. Así pues, ellos dieron testimonio de la vida, muerte y resurrección de Cristo Jesús, a quien conocieron mientras predicaba y hacía milagros. A nosotros, queridos hermanos, nos toca hoy seguir el ejemplo de los apóstoles, conociendo al Señor cada día más y dando un testimonio claro y valiente de su Evangelio. No hay mayor tesoro que podamos ofrecer a nuestros contemporáneos. Así imitaremos también a San Pablo que, en medio de tantas tribulaciones, naufragios y soledades, proclamaba exultante: «Este tesoro lo llevamos en vasijas de barro, para que se vea que esa fuerza tan extraordinaria es de Dios y no proviene de nosotros» (2 Co 4,7).

Junto a estas palabras del Apóstol de los gentiles, están las propias palabras del Evangelio que acabamos de escuchar, y que invitan a vivir desde la humildad de Cristo que, siguiendo en todo la voluntad del Padre, ha venido para servir, «para dar su vida en rescate por muchos» (Mt 20,28). Para los discípulos que quieren seguir e imitar a Cristo, el servir a los hermanos ya no es una mera opción, sino parte esencial de su ser. Un servicio que no se mide por los criterios mundanos de lo inmediato, lo material y vistoso, sino porque hace presente el amor de Dios a todos los hombres y en todas sus dimensiones, y da testimonio de Él, incluso con los gestos más sencillos. Al proponer este nuevo modo de relacionarse en la comunidad, basado en la lógica del amor y del servicio, Jesús se dirige también a los «jefes de los pueblos», porque donde no hay entrega por los demás surgen formas de prepotencia y explotación que no dejan espacio para una auténtica promoción humana integral. Y quisiera que este mensaje llegara sobre todo a los jóvenes: precisamente a vosotros, este contenido esencial del Evangelio os indica la vía para que, renunciando a un modo de pensar egoísta, de cortos alcances, como tantas veces os proponen, y asumiendo el de Jesús, podáis realizaros plenamente y ser semilla de esperanza.

Esto es lo que nos recuerda también la celebración de este Año Santo Compostelano. Y esto es lo que en el secreto del corazón, sabiéndolo explícitamente o sintiéndolo sin saber expresarlo con palabras, viven tantos peregrinos que caminan a Santiago de Compostela para abrazar al Apóstol. El cansancio del andar, la variedad de paisajes, el encuentro con personas de otra nacionalidad, los abren a lo más profundo y común que nos une a los humanos: seres en búsqueda, seres necesitados de verdad y de belleza, de una experiencia de gracia, de caridad y de paz, de perdón y de redención. Y en lo más recóndito de todos esos hombres resuena la presencia de Dios y la acción del Espíritu Santo. Sí, a todo hombre que hace silencio en su interior y pone distancia a las apetencias, deseos y quehaceres inmediatos, al hombre que ora, Dios le alumbra para que le encuentre y para que reconozca a Cristo. Quien peregrina a Santiago, en el fondo, lo hace para encontrarse sobre todo con Dios que, reflejado en la majestad de Cristo, lo acoge y bendice al llegar al Pórtico de la Gloria.

Desde aquí, como mensajero del Evangelio que Pedro y Santiago rubricaron con su sangre, deseo volver la mirada a la Europa que peregrinó a Compostela. ¿Cuáles son sus grandes necesidades, temores y esperanzas? ¿Cuál es la aportación específica y fundamental de la Iglesia a esa Europa, que ha recorrido en el último medio siglo un camino hacia nuevas configuraciones y proyectos? Su aportación se centra en una realidad tan sencilla y decisiva como ésta: que Dios existe y que es Él quien nos ha dado la vida. Solo Él es absoluto, amor fiel e indeclinable, meta infinita que se trasluce detrás de todos los bienes, verdades y bellezas admirables de este mundo; admirables pero insuficientes para el corazón del hombre. Bien comprendió esto Santa Teresa de Jesús cuando escribió: “Sólo Dios basta”.

Es una tragedia que en Europa, sobre todo en el siglo XIX, se afirmase y divulgase la convicción de que Dios es el antagonista del hombre y el enemigo de su libertad. Con esto se quería ensombrecer la verdadera fe bíblica en Dios, que envió al mundo a su Hijo Jesucristo, a fin de que nadie perezca, sino que todos tengan vida eterna (cf. Jn 3,16).

El autor sagrado afirma tajante ante un paganismo para el cual Dios es envidioso o despectivo del hombre: ¿Cómo hubiera creado Dios todas las cosas si no las hubiera amado, Él que en su plenitud infinita no necesita nada? (cf. Sab 11,24-26). ¿Cómo se hubiera revelado a los hombres si no quisiera velar por ellos? Dios es el origen de nuestro ser y cimiento y cúspide de nuestra libertad; no su oponente. ¿Cómo el hombre mortal se va a fundar a sí mismo y cómo el hombre pecador se va a reconciliar a sí mismo? ¿Cómo es posible que se haya hecho silencio público sobre la realidad primera y esencial de la vida humana? ¿Cómo lo más determinante de ella puede ser recluido en la mera intimidad o remitido a la penumbra? Los hombres no podemos vivir a oscuras, sin ver la luz del sol. Y, entonces, ¿cómo es posible que se le niegue a Dios, sol de las inteligencias, fuerza de las voluntades e imán de nuestros corazones, el derecho de proponer esa luz que disipa toda tiniebla? Por eso, es necesario que Dios vuelva a resonar gozosamente bajo los cielos de Europa; que esa palabra santa no se pronuncie jamás en vano; que no se pervierta haciéndola servir a fines que le son impropios. Es menester que se profiera santamente. Es necesario que la percibamos así en la vida de cada día, en el silencio del trabajo, en el amor fraterno y en las dificultades que los años traen consigo.

Europa ha de abrirse a Dios, salir a su encuentro sin miedo, trabajar con su gracia por aquella dignidad del hombre que habían descubierto las mejores tradiciones: además de la bíblica, fundamental en este orden, también las de época clásica, medieval y moderna, de las que nacieron las grandes creaciones filosóficas y literarias, culturales y sociales de Europa.

Ese Dios y ese hombre son los que se han manifestado concreta e históricamente en Cristo. A ese Cristo que podemos hallar en los caminos hasta llegar a Compostela, pues en ellos hay una cruz que acoge y orienta en las encrucijadas. Esa cruz, supremo signo del amor llevado hasta el extremo, y por eso don y perdón al mismo tiempo, debe ser nuestra estrella orientadora en la noche del tiempo. Cruz y amor, cruz y luz han sido sinónimos en nuestra historia, porque Cristo se dejó clavar en ella para darnos el supremo testimonio de su amor, para invitarnos al perdón y la reconciliación, para enseñarnos a vencer el mal con el bien. No dejéis de aprender las lecciones de ese Cristo de las encrucijadas de los caminos y de la vida, en el que nos sale al encuentro Dios como amigo, padre y guía. ¡Oh Cruz bendita, brilla siempre en tierras de Europa!

Dejadme que proclame desde aquí la gloria del hombre, que advierta de las amenazas a su dignidad por el expolio de sus valores y riquezas originarios, por la marginación o la muerte infligidas a los más débiles y pobres. No se puede dar culto a Dios sin velar por el hombre su hijo y no se sirve al hombre sin preguntarse por quién es su Padre y responderle a la pregunta por él. La Europa de la ciencia y de las tecnologías, la Europa de la civilización y de la cultura, tiene que ser a la vez la Europa abierta a la trascendencia y a la fraternidad con otros continentes, al Dios vivo y verdadero desde el hombre vivo y verdadero. Esto es lo que la Iglesia desea aportar a Europa: velar por Dios y velar por el hombre, desde la comprensión que de ambos se nos ofrece en Jesucristo.

Queridos amigos, levantemos una mirada esperanzadora hacia todo lo que Dios nos ha prometido y nos ofrece. Que Él nos dé su fortaleza, que aliente a esta Archidiócesis compostelana, que vivifique la fe de sus hijos y los ayude a seguir fieles a su vocación de sembrar y dar vigor al Evangelio, también en otras tierras.

En gallego:

Que Santiago, o Amigo do Señor, acade abundantes bendicións para Galicia, para os demais pobos de España, de Europa e de tantos outros lugares alén mar onde o Apóstolo e sinal de identidade cristiá e promotor do anuncio de Cristo. Amen!

[Que Santiago, el amigo del Señor, alcance abundantes bendiciones para Galicia, para los demás pueblos de España, de Europa y de tantos otros lugares allende los mares, donde el Apóstol es signo de identidad cristiana y promotor del anuncio de Cristo. Amen!]

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Wednesday, September 29, 2010

Benedicto XVI - Homilía - Besificación Cal. Newman

SANTA MISA DE BEATIFICACIÓN DEL VENERABLE CARDENAL JOHN HENRY NEWMAN
HOMILÍA DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI
Cofton Park de Rednal – Birmingham
Domingo 19 de septiembre de 2010

Queridos hermanos y hermanas en Cristo:

Nos encontramos aquí en Birmingham en un día realmente feliz. En primer lugar, porque es el día del Señor, el Domingo, el día en que el Señor Jesucristo resucitó de entre los muertos y cambió para siempre el curso de la historia humana, ofreciendo nueva vida y esperanza a todos los que viven en la oscuridad y en sombras de muerte. Es la razón por la que los cristianos de todo el mundo se reúnen en este día para alabar y dar gracias a Dios por las maravillas que ha hecho por nosotros. Este domingo en particular representa también un momento significativo en la vida de la nación británica, al ser el día elegido para conmemorar el setenta aniversario de la Batalla de Bretaña. Para mí, que estuve entre quienes vivieron y sufrieron los oscuros días del régimen nazi en Alemania, es profundamente conmovedor estar con vosotros en esta ocasión, y poder recordar a tantos conciudadanos vuestros que sacrificaron sus vidas, resistiendo con tesón a las fuerzas de esta ideología demoníaca. Pienso en particular en la vecina Coventry, que sufrió durísimos bombardeos, con numerosas víctimas en noviembre de 1940. Setenta años después recordamos con vergüenza y horror el espantoso precio de muerte y destrucción que la guerra trae consigo, y renovamos nuestra determinación de trabajar por la paz y la reconciliación, donde quiera que amenace un conflicto. Pero existe otra razón, más alegre, por la cual este día es especial para Gran Bretaña, para el centro de Inglaterra, para Birmingham. Éste es el día en que formalmente el Cardenal John Henry Newman ha sido elevado a los altares y declarado beato.

Agradezco al Arzobispo Bernard Longley su amable acogida al comenzar la Misa en esta mañana. Agradezco a cuantos habéis trabajado tan duramente durante tantos años en la promoción de la causa del Cardenal Newman, incluyendo a los Padres del Oratorio de Birminghan y a los miembros de la Familia Espiritual Das Werk. Y os saludo a todos los que habéis venido desde diversas partes de Gran Bretaña, Irlanda y otros puntos más lejanos; gracias por vuestra presencia en esta celebración, en la que alabamos y damos gloria a Dios por las virtudes heroicas de este santo inglés.

Inglaterra tiene un larga tradición de santos mártires, cuyo valiente testimonio ha sostenido e inspirado a la comunidad católica local durante siglos. Es justo y conveniente reconocer hoy la santidad de un confesor, un hijo de esta nación que, si bien no fue llamado a derramar la sangre por el Señor, jamás se cansó de dar un testimonio elocuente de Él a lo largo de una vida entregada al ministerio sacerdotal, y especialmente a predicar, enseñar y escribir. Es digno de formar parte de la larga hilera de santos y eruditos de estas islas, San Beda, Santa Hilda, San Aelred, el Beato Duns Scoto, por nombrar sólo a algunos. En el Beato John Newman, esta tradición de delicada erudición, profunda sabiduría humana y amor intenso por el Señor ha dado grandes frutos, como signo de la presencia constante del Espíritu Santo en el corazón del Pueblo de Dios, suscitando copiosos dones de santidad.

El lema del Cardenal Newman, cor ad cor loquitur, “el corazón habla al corazón”, nos da la perspectiva de su comprensión de la vida cristiana como una llamada a la santidad, experimentada como el deseo profundo del corazón humano de entrar en comunión íntima con el Corazón de Dios. Nos recuerda que la fidelidad a la oración nos va transformando gradualmente a semejanza de Dios. Como escribió en uno de sus muchos hermosos sermones, «el hábito de oración, la práctica de buscar a Dios y el mundo invisible en cada momento, en cada lugar, en cada emergencia –os digo que la oración tiene lo que se puede llamar un efecto natural en el alma, espiritualizándola y elevándola. Un hombre ya no es lo que era antes; gradualmente... se ve imbuido de una serie de ideas nuevas, y se ve impregnado de principios diferentes» (Sermones Parroquiales y Comunes, IV, 230-231). El Evangelio de hoy afirma que nadie puede servir a dos señores (cf. Lc 16,13), y el Beato John Henry, en sus enseñanzas sobre la oración, aclara cómo el fiel cristiano toma partido por servir a su único y verdadero Maestro, que pide sólo para sí nuestra devoción incondicional (cf. Mt 23,10). Newman nos ayuda a entender en qué consiste esto para nuestra vida cotidiana: nos dice que nuestro divino Maestro nos ha asignado una tarea específica a cada uno de nosotros, un “servicio concreto”, confiado de manera única a cada persona concreta: «Tengo mi misión», escribe, «soy un eslabón en una cadena, un vínculo de unión entre personas. No me ha creado para la nada. Haré el bien, haré su trabajo; seré un ángel de paz, un predicador de la verdad en el lugar que me es propio... si lo hago, me mantendré en sus mandamientos y le serviré a Él en mis quehaceres» (Meditación y Devoción, 301-2).

El servicio concreto al que fue llamado el Beato John Henry incluía la aplicación entusiasta de su inteligencia y su prolífica pluma a muchas de las más urgentes “cuestiones del día”. Sus intuiciones sobre la relación entre fe y razón, sobre el lugar vital de la religión revelada en la sociedad civilizada, y sobre la necesidad de un educación esmerada y amplia fueron de gran importancia, no sólo para la Inglaterra victoriana. Hoy también siguen inspirando e iluminando a muchos en todo el mundo. Me gustaría rendir especial homenaje a su visión de la educación, que ha hecho tanto por formar el ethos que es la fuerza motriz de las escuelas y facultades católicas actuales. Firmemente contrario a cualquier enfoque reductivo o utilitarista, buscó lograr unas condiciones educativas en las que se unificara el esfuerzo intelectual, la disciplina moral y el compromiso religioso. El proyecto de fundar una Universidad Católica en Irlanda le brindó la oportunidad de desarrollar sus ideas al respecto, y la colección de discursos que publicó con el título La Idea de una Universidadsostiene un ideal mediante el cual todos los que están inmersos en la formación académica pueden seguir aprendiendo. Más aún, qué mejor meta pueden fijarse los profesores de religión que la famosa llamada del Beato John Henry por unos laicos inteligentes y bien formados: «Quiero un laicado que no sea arrogante ni imprudente a la hora de hablar, ni alborotador, sino hombres que conozcan bien su religión, que profundicen en ella, que sepan bien dónde están, que sepan qué tienen y qué no tienen, que conozcan su credo a tal punto que puedan dar cuentas de él, que conozcan tan bien la historia que puedan defenderla» (La Posición Actual de los Católicos en Inglaterra, IX, 390). Hoy, cuando el autor de estas palabras ha sido elevado a los altares, pido para que, a través de su intercesión y ejemplo, todos los que trabajan en el campo de la enseñanza y de la catequesis se inspiren con mayor ardor en la visión tan clara que el nos dejó.

Aunque la extensa producción literaria sobre su vida y obras ha prestado comprensiblemente mayor atención al legado intelectual de John Henry Newman, en esta ocasión prefiero concluir con una breve reflexión sobre su vida sacerdotal, como pastor de almas. Su visión del ministerio pastoral bajo el prisma de la calidez y la humanidad está expresado de manera maravillosa en otro de sus famosos sermones: «Si vuestros sacerdotes fueran ángeles, hermanos míos, ellos no podrían compartir con vosotros el dolor, sintonizar con vosotros, no podrían haber tenido compasión de vosotros, sentir ternura por vosotros y ser indulgentes con vosotros, como nosotros podemos; ellos no podrían ser ni modelos ni guías, y no te habrían llevado de tu hombre viejo a la vida nueva, como ellos, que vienen de entre nosotros (“Hombres, no ángeles: los Sacerdotes del evangelio”, Discursos a las Congregaciones Mixtas, 3). Él vivió profundamente esta visión tan humana del ministerio sacerdotal en sus desvelos pastoral por el pueblo de Birmingham, durante los años dedicados al Oratorio que él mismo fundó, visitando a los enfermos y a los pobres, consolando al triste, o atendiendo a los encarcelados. No sorprende que a su muerte, tantos miles de personas se agolparan en las calles mientras su cuerpo era trasladado al lugar de su sepultura, a no más de media milla de aquí. Ciento veinte años después, una gran multitud se ha congregado de nuevo para celebrar el solemne reconocimiento eclesial de la excepcional santidad de este padre de almas tan amado. Qué mejor que expresar nuestra alegría de este momento que dirigiéndonos a nuestro Padre del cielo con sincera gratitud, rezando con las mismas palabras que el Beato John Henry Newman puso en labios del coro celestial de los ángeles:

“Sea alabado el Santísimo en el cielo,
sea alabado en el abismo;
en todas sus palabras el más maravilloso,
el más seguro en todos sus caminos”.

(El Sueño de Gerontius)

© Copyright 2010 - Libreria Editrice Vaticana

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Wednesday, August 13, 2008

Bta. Celestina Donati

FIESTA DE SANTIDAD EN FAMILIA
Jesús María Lecea. Escolapio. Padre General

Escribo la salutatio en Roma pero con el alma todavía en Florencia, donde los días 29, 30 y 31 de marzo de este año participé, con la casi totalidad de la Comunidad de San Pantaleón, en las celebraciones de la Beatificación de Madre Celestina Donati, Fundadora de las Hermanas Calasancias Pobres de San José de Calasanz (Suore Calasanziane). Un conjunto de actos de tono austero y sencillo, pero bien preparados hasta el mínimo detalle y mejor desarrollados con profunda y gozosa unción religiosa. Un estilo, pues, muy a lo Calasanz, quien evitaba todo boato y artificio grandilocuente en las celebraciones. Una solemne dignidad le dio el marco bellísimo y monumental de Florencia: la bellísima Catedral de Santa María del Fiore (de la Flor), coronada por la magnífica cúpula de Brunelleschi, y enfrente las Puertas del Paraíso de Ghiberti, que dan paso al extraordinario Baptisterio, que sirvió de sacristía.

La afluencia fue numerosa. La Familia Calasancia estuvo representada por las Escolapias, las Calasancias de la Divina Pastora, el Instituto Cavanis, las Religiosas del Provolo y nosotros, Escolapios, venidos de diferentes lugares de Italia. Una nueva cita para celebrar la santidad en familia. Un nuevo reto, porque tener santos en la familia es permanecer constantemente interpelados hacia la santidad. Si ellos pudieron ¿por qué no los demás? ¿Por qué no también nosotros? El dicho latino sonaba con fuerza: maiorum vestigia sectando! Seguir las huellas de los que nos precedieron: Calasanz, Pompilio, Montal, Casani y Faustino, los beatos mártires (ellos y ellas), Schwartz, Donati...

Atraído por lo que fui oyendo de la nueva Beata durante las celebraciones, he tratado de conocer más su persona durante los días pasados. Algo de lo que he ido percibiendo quiero ahora compartirlo con vosotros.

Madre Celestina Donati nació en Marradi, pequeña población de la Provincia de Florencia, en 1848 (doscientos años exactos después de la muerte de Calasanz). La bautizaron con el nombre de Marianna. Curiosamente el actual Obispo de la diócesis de Cortona, a la que pertenece el pueblo, nació también allí, “a pocos pasos de la casa natal de la Beata”, nos comentó. Mons. Gualtiero Bassetti presidió la Eucaristía de Acción de gracias, al día siguiente de la Beatificación, en la Basílica de San Lorenzo, la representación más perfecta –dicen- de la arquitectura renacentista, obra también de Brunelleschi. Esta iglesia se encuentra en la misma plaza de nuestra Casa de San Giovannino, en cuya iglesia tuvo lugar la Vigilia de oración y de acogida de peregrinos la noche anterior a la Beatificación. Marianna tomó el nombre de religión de Celestina (Donati) de la Madre de Dios el día de su vestición religiosa en 1889. Celestina por su Director espiritual, el escolapio P. Celestino Zini, que llegó a ser Obispo en Siena; “de la Madre de Dios”, por veneración a San José de Calasanz, quien igualmente había elegido para sí este nombre de religión. Llamó a su Congregación Sorelle Povere Calasanziane Della Madre di Dio e delle Scuole Pie. Más adelante, tras las aprobaciones pontificias (primera por San Pío X en 1911, segunda y definitiva por Benedicto XV en 1920), quedó el nombre de Figlie Povere di San Giuseppe Calasanzio (Suore Calasanziane). Zini las quería Orden Segunda Escolapia y así la presentó el día de la primera vestición de Celestina Donati y sus primeras cinco compañeras. Interesante que en la misma ceremonia, D. Francesco Donati, padre de Celestina, recibió el escapulario de la Orden Tercera de las Escuelas Pías, de manos del mismo P. Zini. Varios Escolapios de Florencia fueron consejeros de Celestina y sus valedores en las dificultades fundacionales, que fueron muchas, pero sin duda destacó Zini, quien fue su director espiritual y maestro e inspirador de la fundación. Murió con fama de santidad en Siena el año 1892. Celestina, que sufrió grandemente su pérdida, quiso sin embargo celebrar su muerte con el himno de acción de gracias (Te Deum laudamus) porque “había muerto un santo en la tierra”.

Las afinidades con el carisma calasancio, transmitido vivencialmente por el P. Zini y otros escolapios, son evidentes. Me atrevería a decir que es idéntico. Madre Celestina percibió a la perfección el carisma que guió a Calasanz y quiso imitarlo en su total integridad, apuntando a lo más genuino, si cabe: por puro amor de Dios entregar la vida para acoger a los niños pobres. La plasmación del carisma tuvo también su proceso. Celestina comienza abriendo una “escuela popular” –así la llama- a finales de 1885. Pero en los años sucesivos dos acontecimientos le dan nueva luz. Una madre desesperada le pide que acoja a su hija, todavía niña, para evitar que el padre la siga maltratando; entiende que Dios le pide acoger a los niños abandonados y huérfanos. Otra madre, en iguales condiciones de necesidad, deja abandonados ante Celestina a sus cuatro hijos pequeños, tres niñas y un niño; el padre ha sido condenado a prisión por treinta años; Celestina entiende que deberá acoger a los hijos de padres encarcelados. Le animan a ello otros escolapios, que ayudaban en actividades parecidas al Beato Bartolo Longo en el Santuario Mariano de Pompeya, junto a Nápoles. Le apoya también el nuevo Arzobispo de Florencia, el escolapio Cardenal Alfonso María Mistrangelo. Celestina se decide y abre “casa nido” en Florencia, Livorno y ¿por qué no en Roma? Allí manda a una compañera, M. Luigina Fiorini, en 1923. Mujer de gran carácter y de don de gentes, de mirada penetrante y atrayente, de gestos decididos. La conocí personalmente siendo junior en Roma. Apretaba la mano con fuerza al saludar y dejaba casi marcadas las huellas de sus manos encallecidas cargando con toda clase de enseres para dotar la casa cuna de Roma.

Madre Celestina murió en Florencia, en la Casa Madre de la Congregación, un 18 de marzo de 1925. Tenía 77 años. En Getafe, 10 días antes, había fallecido otro fundador, el escolapio P. Faustino Míguez. También ahora es contado en el catálogo de los Beatos. Fundó el Instituto Calasancio de Hijas de la Divina Pastora (Religiosas Calasancias).

Celestina fue mujer de carácter robusto, con capacidad organizativa, de gran fortaleza de ánimo. Sobresalió sobre todo por su carisma de “maternidad espiritual”. La llamaban familiarmente “madrina” por su comportamiento sumamente afectuoso: madrina delle sue nane (madrina de sus pequeñas). Dotada de inteligencia sobresaliente, se preparó para la docencia consiguiendo los diplomas correspondientes de maestra, cosa poco común en aquellos años entre las mujeres. Fue lectora asidua de teología y ascética.

El P. Zini la orientó hacia una espiritualidad centrada en la Pasión de Cristo, en el misterio de la cruz, aspecto central en la espiritualidad escolapia. Para Celestina la contemplación de la Pasión de Cristo le supuso una experiencia profunda de alma sencilla pero amada de Dios. La ciencia si no se acompaña de la sabiduría de la cruz puede reducirse a un saber sin alma, árido conocimiento. Sus “Meditaciones de la Pasión de Jesús” son expresión de una piedad popular. Bien sabemos que son sobre todo los misterios de Pasión y Cruz del Señor los que más inspiran la religiosidad popular, juntamente con su Natividad. Repasando estas meditaciones he encontrado un pasaje que no me resisto a transcribir por la novedad que supone todavía hoy. Se refiere a la contemplación de las palabras de Jesús “Dios mío ¿por qué me has abandonado?” (Mt 27, 46).

Celestina resalta el hecho del grito de Jesús y lo relaciona con el grito de una mujer en trance de parto: “habiendo sido nuestro Padre en la creación, ahora se hace Madre en la cruz. ¡Cómo le cuesta en la Redención sernos Madre! ¿No oís –escribe citando a Juan Crisóstomo- cómo Jesús alza la voz como clamor, a semejanza de una Madre parturienta que se agita en el momento del parto? Realmente Jesús nos da a luz, a la vida de gracia, de su seno. Por ello nos debemos a él como a Madre llena de ternura; quizás más que a cualquier madre, porque somos hijos nacidos en el dolor.

El gritó con mucha vehemencia para recalcarnos esta verdad, que debe ser custodiada celosamente”.

Junto al amor al Misterio de la Pasión del Señor, Celestina cultivó también el amor a la Eucaristía. Por voluntad suya una comunidad, la de la Casa Madre, practica la adoración eucarística todos los días del año, a favor de la Congregación. Finalmente su pasión por Jesús Crucificado y Eucaristía se traducía en pasión por la humanidad que sufre, sobre todo en los pequeños indefensos y desatendidos. Como Calasanz, Madre Celestina supo reconocer el rostro de Jesús en el rostro de cada uno de sus niñas y niños pequeños.

Ante una mujer así no es extraño que fuera reconocida persona de Dios por los que la conocieron aunque sólo fuera de paso. El Cardenal de Pisa, Pietro Maffi, que sólo la vio una vez, quedó tan impactado que guardó viva siempre su memoria, describiendo así su retrato: “Su mirada, dulcísima. No levantaba los ojos si no lo requería el momento. Habitualmente los mantenía bajos y recogidos, por una costumbre sin duda muy arraigada en ella, siempre amada y custodiada. La cabeza, inclinada ligeramente como manteniéndose en un recogimiento de meditación interior. La palabra serena, precisa, delicada, sin gesticulaciones: a lo más un movimiento lento y sencillo de una mano a modo de precisión o asentimiento. Todo su rostro era de bondad, sereno y suave: el rostro de las personas habituadas a las consolaciones de Dios y a las miserias de los hombres; el rostro de quien posee en el corazón, como en un tabernáculo, a Dios que habla y es escuchado y también escucha; rostro de quien se inclina sobre los dolores de los hermanos para compartirlos, suavizarlos y consolarlos. Una bienaventurada, que tenía su mente absorta en Dios y sus manos siempre abiertas y tendidas a la caridad. Este es el recuerdo que guardo en mí de Sor Celestina Donati”.

Termino felicitando muy cordialmente a los hermanos que durante este mes de mayo celebran fechas significativas: a los PP. Felicísimo Del Mazo y Andrés Gómez por sus 60 años de sacerdocio escolapio; a los “noventañeros” PP. Gregorio Ruiz (92) y Fernando Negrillos, mi enhorabuena con todo afecto y estima.

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Monday, April 14, 2008

CON OCASIÓN DE LA BEATIFICACIÓN DE LA MADRE CELESTINA DONATI

Suor Eugilde Filippi Farmar
Madre General
Hijas Pobres de S. José de Calasanz
Ephemerides, marzo.2008

A los miembros de la Familia Calasancia
¡Calasanz nos une y bendice!

Queridas Hermanas y Hermanos:

He elegido la fiesta litúrgica de la Presentación del Señor en el templo, día dedicado a la Vida Consagrada, para dirigirme, con el corazón lleno de alegría, a vosotros, Hermanas y Hermanos de la Familia Calasancia, y comunicaros que el domingo 30 de marzo de 2008 nuestra Fundadora, Madre Celestina Donati de la Madre de Dios, en el siglo Marianna Donati, será declarada Beata en la catedral de Florencia por Su Excelencia Revma. el Cardenal José Saraiva Martins, Prefecto de la Congregación de las Causas de los Santos, con el que concelebrará el Cardenal Ennio Antonelli, Arzobispo de Florencia.

La Beata Madre Celestina, sabiamente dirigida por el P. Celestino Zini, insigne escolapio florentino y Obispo de Siena, fundó en Florencia en 1889 nuestra Congregación, Hijas Pobres de S. José de Calasanz, dejándonos a nosotras, Calasancias, el ejemplo de una vida santa, en la cual, siguiendo las huellas de Calasanz, se armoniza la contemplación y la acción; es, de hecho, en la contemplación
mística de la Eucaristía y de Jesús Crucificado donde la Beata Celestina descubre su amor de madre hacia los pequeños y necesitados: su consagración a Dios se convierte en amor concreto y desinteresado hacia las víctimas inocentes de tantas contradicciones de la historia y de los egoísmos de la vida (hijos de los encarcelados y tantas nuevas pobrezas, droga, inmigraciones, abusos, sufrimiento…).

El ejemplo de su vida santa y tantos consejos como encontramos en sus escritos, queremos considerarlos como don y herencia preciosa que el Señor nos hace, no sólo a nosotras, Calasancias, sino a la entera Familia Calasancia, en cuanto son frutos de una planta plurisecular, que encuentra en la misión y en la espiritualidad de nuestro Padre común, San José de Calasanz, la raíz siempre viva y frondosa.

Este vínculo espiritual común me apremia a invitaros a participar en la solemne Beatificación del 30 de marzo próximo, para que podamos juntos repetir nuestro ¡gracias! a Dios, por los ejemplos de santidad que continúan dándonos nuestros Santos Fundadores.

Que la nueva Beata, Madre Celestina, bendiga desde lo alto a todas las Hermanas y Hermanos de la gran Familia Calasancia. Su vida sencilla, que se hizo heroica por la confianza en la Divina Providencia y el materno y amoroso cuidado hacia los niños y jóvenes, sirva de ejemplo a todos los que en Calasanz reconocemos al Padre común y celeste Patrono.

Suor Eugilde Filippi Farmar
Madre General

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