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Tuesday, February 28, 2012

Cuaresma 2012 (Benedicto XVI)

«Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras» (Hb 10, 24)

Queridos hermanos y hermanas

La Cuaresma nos ofrece una vez más la oportunidad de reflexionar sobre el corazón de la vida cristiana: la caridad. En efecto, este es un tiempo propicio para que, con la ayuda de la Palabra de Dios y de los Sacramentos, renovemos nuestro camino de fe, tanto personal como comunitario. Se trata de un itinerario marcado por la oración y el compartir, por el silencio y el ayuno, en espera de vivir la alegría pascual.

Este año deseo proponer algunas reflexiones a la luz de un breve texto bíblico tomado de la Carta a los Hebreos: «Fijémonos los unos en los otros para estímulo de la caridad y las buenas obras» (10,24). Esta frase forma parte de una perícopa en la que el escritor sagrado exhorta a confiar en Jesucristo como sumo sacerdote, que nos obtuvo el perdón y el acceso a Dios. El fruto de acoger a Cristo es una vida que se despliega según las tres virtudes teologales: se trata de acercarse al Señor «con corazón sincero y llenos de fe» (v. 22), de mantenernos firmes «en la esperanza que profesamos» (v. 23), con una atención constante para realizar junto con los hermanos «la caridad y las buenas obras» (v. 24). Asimismo, se afirma que para sostener esta conducta evangélica es importante participar en los encuentros litúrgicos y de oración de la comunidad, mirando a la meta escatológica: la comunión plena en Dios (v. 25). Me detengo en el versículo 24, que, en pocas palabras, ofrece una enseñanza preciosa y siempre actual sobre tres aspectos de la vida cristiana: la atención al otro, la reciprocidad y la santidad personal.


1 “Fijémonos”: la responsabilidad para con el hermano.

El primer elemento es la invitación a «fijarse»: el verbo griego usado es katanoein, que significa observar bien, estar atentos, mirar conscientemente, darse cuenta de una realidad. Lo encontramos en el Evangelio, cuando Jesús invita a los discípulos a «fijarse» en los pájaros del cielo, que no se afanan y son objeto de la solícita y atenta providencia divina (cf. Lc 12,24), y a «reparar» en la viga que hay en nuestro propio ojo antes de mirar la brizna en el ojo del hermano (cf. Lc 6,41). Lo encontramos también en otro pasaje de la misma Carta a los Hebreos, como invitación a «fijarse en Jesús» (cf. 3,1), el Apóstol y Sumo Sacerdote de nuestra fe. Por tanto, el verbo que abre nuestra exhortación invita a fijar la mirada en el otro, ante todo en Jesús, y a estar atentos los unos a los otros, a no mostrarse extraños, indiferentes a la suerte de los hermanos. Sin embargo, con frecuencia prevalece la actitud contraria: la indiferencia o el desinterés, que nacen del egoísmo, encubierto bajo la apariencia del respeto por la «esfera privada». También hoy resuena con fuerza la voz del Señor que nos llama a cada uno de nosotros a hacernos cargo del otro. Hoy Dios nos sigue pidiendo que seamos «guardianes» de nuestros hermanos (cf. Gn 4,9), que entablemos relaciones caracterizadas por el cuidado reciproco, por la atención al bien del otro y a todo su bien. El gran mandamiento del amor al prójimo exige y urge a tomar conciencia de que tenemos una responsabilidad respecto a quien, como yo, es criatura e hijo de Dios: el hecho de ser hermanos en humanidad y, en muchos casos, también en la fe, debe llevarnos a ver en el otro a un verdadero alter ego, a quien el Señor ama infinitamente. Si cultivamos esta mirada de fraternidad, la solidaridad, la justicia, así como la misericordia y la compasión, brotarán naturalmente de nuestro corazón. El Siervo de Dios Pablo VI afirmaba que el mundo actual sufre especialmente de una falta de fraternidad: «El mundo está enfermo. Su mal está menos en la dilapidación de los recursos y en el acaparamiento por parte de algunos que en la falta de fraternidad entre los hombres y entre los pueblos» (Carta. enc. Populorum progressio [26 de marzo de 1967], n. 66).

La atención al otro conlleva desear el bien para él o para ella en todos los aspectos: físico, moral y espiritual. La cultura contemporánea parece haber perdido el sentido del bien y del mal, por lo que es necesario reafirmar con fuerza que el bien existe y vence, porque Dios es «bueno y hace el bien» (Sal 119,68). El bien es lo que suscita, protege y promueve la vida, la fraternidad y la comunión. La responsabilidad para con el prójimo significa, por tanto, querer y hacer el bien del otro, deseando que también él se abra a la lógica del bien; interesarse por el hermano significa abrir los ojos a sus necesidades. La Sagrada Escritura nos pone en guardia ante el peligro de tener el corazón endurecido por una especie de «anestesia espiritual» que nos deja ciegos ante los sufrimientos de los demás. El evangelista Lucas refiere dos parábolas de Jesús, en las cuales se indican dos ejemplos de esta situación que puede crearse en el corazón del hombre. En la parábola del buen Samaritano, el sacerdote y el levita «dieron un rodeo», con indiferencia, delante del hombre al cual los salteadores habían despojado y dado una paliza (cf. Lc 10,30-32), y en la del rico epulón, ese hombre saturado de bienes no se percata de la condición del pobre Lázaro, que muere de hambre delante de su puerta (cf. Lc 16,19). En ambos casos se trata de lo contrario de «fijarse», de mirar con amor y compasión. ¿Qué es lo que impide esta mirada humana y amorosa hacia el hermano? Con frecuencia son la riqueza material y la saciedad, pero también el anteponer los propios intereses y las propias preocupaciones a todo lo demás. Nunca debemos ser incapaces de «tener misericordia» para con quien sufre; nuestras cosas y nuestros problemas nunca deben absorber nuestro corazón hasta el punto de hacernos sordos al grito del pobre. En cambio, precisamente la humildad de corazón y la experiencia personal del sufrimiento pueden ser la fuente de un despertar interior a la compasión y a la empatía: «El justo reconoce los derechos del pobre, el malvado es incapaz de conocerlos» (Pr 29,7). Se comprende así la bienaventuranza de «los que lloran» (Mt 5,4), es decir, de quienes son capaces de salir de sí mismos para conmoverse por el dolor de los demás. El encuentro con el otro y el hecho de abrir el corazón a su necesidad son ocasión de salvación y de bienaventuranza.

El «fijarse» en el hermano comprende además la solicitud por su bien espiritual. Y aquí deseo recordar un aspecto de la vida cristiana que a mi parecer ha caído en el olvido: la corrección fraterna con vistas a la salvación eterna. Hoy somos generalmente muy sensibles al aspecto del cuidado y la caridad en relación al bien físico y material de los demás, pero callamos casi por completo respecto a la responsabilidad espiritual para con los hermanos. No era así en la Iglesia de los primeros tiempos y en las comunidades verdaderamente maduras en la fe, en las que las personas no sólo se interesaban por la salud corporal del hermano, sino también por la de su alma, por su destino último. En la Sagrada Escritura leemos: «Reprende al sabio y te amará. Da consejos al sabio y se hará más sabio todavía; enseña al justo y crecerá su doctrina» (Pr 9,8ss). Cristo mismo nos manda reprender al hermano que está cometiendo un pecado (cf. Mt 18,15). El verbo usado para definir la corrección fraterna —elenchein—es el mismo que indica la misión profética, propia de los cristianos, que denuncian una generación que se entrega al mal (cf. Ef 5,11). La tradición de la Iglesia enumera entre las obras de misericordia espiritual la de «corregir al que se equivoca». Es importante recuperar esta dimensión de la caridad cristiana. Frente al mal no hay que callar. Pienso aquí en la actitud de aquellos cristianos que, por respeto humano o por simple comodidad, se adecúan a la mentalidad común, en lugar de poner en guardia a sus hermanos acerca de los modos de pensar y de actuar que contradicen la verdad y no siguen el camino del bien. Sin embargo, lo que anima la reprensión cristiana nunca es un espíritu de condena o recriminación; lo que la mueve es siempre el amor y la misericordia, y brota de la verdadera solicitud por el bien del hermano. El apóstol Pablo afirma: «Si alguno es sorprendido en alguna falta, vosotros, los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, y cuídate de ti mismo, pues también tú puedes ser tentado» (Ga 6,1). En nuestro mundo impregnado de individualismo, es necesario que se redescubra la importancia de la corrección fraterna, para caminar juntos hacia la santidad. Incluso «el justo cae siete veces» (Pr 24,16), dice la Escritura, y todos somos débiles y caemos (cf. 1 Jn 1,8). Por lo tanto, es un gran servicio ayudar y dejarse ayudar a leer con verdad dentro de uno mismo, para mejorar nuestra vida y caminar cada vez más rectamente por los caminos del Señor. Siempre es necesaria una mirada que ame y corrija, que conozca y reconozca, que discierna y perdone (cf. Lc 22,61), como ha hecho y hace Dios con cada uno de nosotros.


2. “Los unos en los otros”: el don de la reciprocidad.

Este ser «guardianes» de los demás contrasta con una mentalidad que, al reducir la vida sólo a la dimensión terrena, no la considera en perspectiva escatológica y acepta cualquier decisión moral en nombre de la libertad individual. Una sociedad como la actual puede llegar a ser sorda, tanto ante los sufrimientos físicos, como ante las exigencias espirituales y morales de la vida. En la comunidad cristiana no debe ser así. El apóstol Pablo invita a buscar lo que «fomente la paz y la mutua edificación» (Rm 14,19), tratando de «agradar a su prójimo para el bien, buscando su edificación» (ib. 15,2), sin buscar el propio beneficio «sino el de la mayoría, para que se salven» (1 Co 10,33). Esta corrección y exhortación mutua, con espíritu de humildad y de caridad, debe formar parte de la vida de la comunidad cristiana.

Los discípulos del Señor, unidos a Cristo mediante la Eucaristía, viven en una comunión que los vincula los unos a los otros como miembros de un solo cuerpo. Esto significa que el otro me pertenece, su vida, su salvación, tienen que ver con mi vida y mi salvación. Aquí tocamos un elemento muy profundo de la comunión: nuestra existencia está relacionada con la de los demás, tanto en el bien como en el mal; tanto el pecado como las obras de caridad tienen también una dimensión social. En la Iglesia, cuerpo místico de Cristo, se verifica esta reciprocidad: la comunidad no cesa de hacer penitencia y de invocar perdón por los pecados de sus hijos, pero al mismo tiempo se alegra, y continuamente se llena de júbilo por los testimonios de virtud y de caridad, que se multiplican. «Que todos los miembros se preocupen los unos de los otros» (1 Co 12,25), afirma san Pablo, porque formamos un solo cuerpo. La caridad para con los hermanos, una de cuyas expresiones es la limosna —una típica práctica cuaresmal junto con la oración y el ayuno—, radica en esta pertenencia común. Todo cristiano puede expresar en la preocupación concreta por los más pobres su participación del único cuerpo que es la Iglesia. La atención a los demás en la reciprocidad es también reconocer el bien que el Señor realiza en ellos y agradecer con ellos los prodigios de gracia que el Dios bueno y todopoderoso sigue realizando en sus hijos. Cuando un cristiano se percata de la acción del Espíritu Santo en el otro, no puede por menos que alegrarse y glorificar al Padre que está en los cielos (cf. Mt 5,16).

3. “Para estímulo de la caridad y las buenas obras”: caminar juntos en la santidad.

Esta expresión de la Carta a los Hebreos (10, 24) nos lleva a considerar la llamada universal a la santidad, el camino constante en la vida espiritual, a aspirar a los carismas superiores y a una caridad cada vez más alta y fecunda (cf. 1 Co 12,31-13,13). La atención recíproca tiene como finalidad animarse mutuamente a un amor efectivo cada vez mayor, «como la luz del alba, que va en aumento hasta llegar a pleno día» (Pr 4,18), en espera de vivir el día sin ocaso en Dios. El tiempo que se nos ha dado en nuestra vida es precioso para descubrir y realizar buenas obras en el amor de Dios. Así la Iglesia misma crece y se desarrolla para llegar a la madurez de la plenitud de Cristo (cf. Ef 4,13). En esta perspectiva dinámica de crecimiento se sitúa nuestra exhortación a animarnos recíprocamente para alcanzar la plenitud del amor y de las buenas obras.

Lamentablemente, siempre está presente la tentación de la tibieza, de sofocar el Espíritu, de negarse a «comerciar con los talentos» que se nos ha dado para nuestro bien y el de los demás (cf. Mt 25,25ss). Todos hemos recibido riquezas espirituales o materiales útiles para el cumplimiento del plan divino, para el bien de la Iglesia y la salvación personal (cf. Lc 12,21b; 1 Tm 6,18). Los maestros de espiritualidad recuerdan que, en la vida de fe, quien no avanza, retrocede. Queridos hermanos y hermanas, aceptemos la invitación, siempre actual, de aspirar a un «alto grado de la vida cristiana» (Juan Pablo II, Carta ap. Novo millennio ineunte [6 de enero de 2001], n. 31). Al reconocer y proclamar beatos y santos a algunos cristianos ejemplares, la sabiduría de la Iglesia tiene también por objeto suscitar el deseo de imitar sus virtudes. San Pablo exhorta: «Que cada cual estime a los otros más que a sí mismo» (Rm 12,10).

Ante un mundo que exige de los cristianos un testimonio renovado de amor y fidelidad al Señor, todos han de sentir la urgencia de ponerse a competir en la caridad, en el servicio y en las buenas obras (cf. Hb 6,10). Esta llamada es especialmente intensa en el tiempo santo de preparación a la Pascua. Con mis mejores deseos de una santa y fecunda Cuaresma, os encomiendo a la intercesión de la Santísima Virgen María y de corazón imparto a todos la Bendición Apostólica.

Vaticano, 3 de noviembre de 2011

BENEDICTUS PP. XVI

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Monday, February 22, 2010

MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI PARA LA CUARESMA 2010

«La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo» (cf. Rm 3,21-22)
Queridos hermanos y hermanas:

Cada año, con ocasión de la Cuaresma, la Iglesia nos invita a una sincera revisión de nuestra vida a la luz de las enseñanzas evangélicas. Este año quiero proponeros algunas reflexiones sobre el vasto tema de la justicia, partiendo de la afirmación paulina: «La justicia de Dios se ha manifestado por la fe en Jesucristo» (cf. Rm 3,21-22).

Justicia: “dare cuique suum”

Me detengo, en primer lugar, en el significado de la palabra “justicia”, que en el lenguaje común implica “dar a cada uno lo suyo” - “dare cuique suum”, según la famosa expresión de Ulpiano, un jurista romano del siglo III. Sin embargo, esta clásica definición no aclara en realidad en qué consiste “lo suyo” que hay que asegurar a cada uno. Aquello de lo que el hombre tiene más necesidad no se le puede garantizar por ley. Para gozar de una existencia en plenitud, necesita algo más íntimo que se le puede conceder sólo gratuitamente: podríamos decir que el hombre vive del amor que sólo Dios, que lo ha creado a su imagen y semejanza, puede comunicarle. Los bienes materiales ciertamente son útiles y necesarios (es más, Jesús mismo se preocupó de curar a los enfermos, de dar de comer a la multitud que lo seguía y sin duda condena la indiferencia que también hoy provoca la muerte de centenares de millones de seres humanos por falta de alimentos, de agua y de medicinas), pero la justicia “distributiva” no proporciona al ser humano todo “lo suyo” que le corresponde. Este, además del pan y más que el pan, necesita a Dios. Observa san Agustín: si “la justicia es la virtud que distribuye a cada uno lo suyo... no es justicia humana la que aparta al hombre del verdadero Dios” (De Civitate Dei, XIX, 21).

¿De dónde viene la injusticia?

El evangelista Marcos refiere las siguientes palabras de Jesús, que se sitúan en el debate de aquel tiempo sobre lo que es puro y lo que es impuro: “Nada hay fuera del hombre que, entrando en él, pueda contaminarle; sino lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre... Lo que sale del hombre, eso es lo que contamina al hombre. Porque de dentro, del corazón de los hombres, salen las intenciones malas” (Mc 7,15. 20-21). Más allá de la cuestión inmediata relativa a los alimentos, podemos ver en la reacción de los fariseos una tentación permanente del hombre: la de identificar el origen del mal en una causa exterior. Muchas de las ideologías modernas tienen, si nos fijamos bien, este presupuesto: dado que la injusticia viene “de fuera”, para que reine la justicia es suficiente con eliminar las causas exteriores que impiden su puesta en práctica. Esta manera de pensar ―advierte Jesús― es ingenua y miope. La injusticia, fruto del mal, no tiene raíces exclusivamente externas; tiene su origen en el corazón humano, donde se encuentra el germen de una misteriosa convivencia con el mal. Lo reconoce amargamente el salmista: “Mira, en la culpa nací, pecador me concibió mi madre” (Sal 51,7). Sí, el hombre es frágil a causa de un impulso profundo, que lo mortifica en la capacidad de entrar en comunión con el prójimo. Abierto por naturaleza al libre flujo del compartir, siente dentro de sí una extraña fuerza de gravedad que lo lleva a replegarse en sí mismo, a imponerse por encima de los demás y contra ellos: es el egoísmo, consecuencia de la culpa original. Adán y Eva, seducidos por la mentira de Satanás, aferrando el misterioso fruto en contra del mandamiento divino, sustituyeron la lógica del confiar en el Amor por la de la sospecha y la competición; la lógica del recibir, del esperar confiado los dones del Otro, por la lógica ansiosa del aferrar y del actuar por su cuenta (cf. Gn 3,1-6), experimentando como resultado un sentimiento de inquietud y de incertidumbre. ¿Cómo puede el hombre librarse de este impulso egoísta y abrirse al amor?

Justicia y Sedaqad

En el corazón de la sabiduría de Israel encontramos un vínculo profundo entre la fe en el Dios que “levanta del polvo al desvalido” (Sal 113,7) y la justicia para con el prójimo. Lo expresa bien la misma palabra que en hebreo indica la virtud de la justicia: sedaqad,. En efecto, sedaqad significa, por una parte, aceptación plena de la voluntad del Dios de Israel; por otra, equidad con el prójimo (cf. Ex 20,12-17), en especial con el pobre, el forastero, el huérfano y la viuda (cf. Dt 10,18-19). Pero los dos significados están relacionados, porque dar al pobre, para el israelita, no es otra cosa que dar a Dios, que se ha apiadado de la miseria de su pueblo, lo que le debe. No es casualidad que el don de las tablas de la Ley a Moisés, en el monte Sinaí, suceda después del paso del Mar Rojo. Es decir, escuchar la Ley presupone la fe en el Dios que ha sido el primero en “escuchar el clamor” de su pueblo y “ha bajado para librarle de la mano de los egipcios” (cf. Ex 3,8). Dios está atento al grito del desdichado y como respuesta pide que se le escuche: pide justicia con el pobre (cf. Si 4,4-5.8-9), el forastero (cf. Ex 20,22), el esclavo (cf. Dt 15,12-18). Por lo tanto, para entrar en la justicia es necesario salir de esa ilusión de autosuficiencia, del profundo estado de cerrazón, que es el origen de nuestra injusticia. En otras palabras, es necesario un “éxodo” más profundo que el que Dios obró con Moisés, una liberación del corazón, que la palabra de la Ley, por sí sola, no tiene el poder de realizar. ¿Existe, pues, esperanza de justicia para el hombre?

Cristo, justicia de Dios

El anuncio cristiano responde positivamente a la sed de justicia del hombre, como afirma el Apóstol Pablo en la Carta a los Romanos: “Ahora, independientemente de la ley, la justicia de Dios se ha manifestado... por la fe en Jesucristo, para todos los que creen, pues no hay diferencia alguna; todos pecaron y están privados de la gloria de Dios, y son justificados por el don de su gracia, en virtud de la redención realizada en Cristo Jesús, a quien exhibió Dios como instrumento de propiciación por su propia sangre, mediante la fe, para mostrar su justicia (Rm 3,21-25).

¿Cuál es, pues, la justicia de Cristo?

Es, ante todo, la justicia que viene de la gracia, donde no es el hombre que repara, se cura a sí mismo y a los demás. El hecho de que la “propiciación” tenga lugar en la “sangre” de Jesús significa que no son los sacrificios del hombre los que le libran del peso de las culpas, sino el gesto del amor de Dios que se abre hasta el extremo, hasta aceptar en sí mismo la “maldición” que corresponde al hombre, a fin de transmitirle en cambio la “bendición” que corresponde a Dios (cf. Ga 3,13-14). Pero esto suscita en seguida una objeción: ¿qué justicia existe dónde el justo muere en lugar del culpable y el culpable recibe en cambio la bendición que corresponde al justo? Cada uno no recibe de este modo lo contrario de “lo suyo”? En realidad, aquí se manifiesta la justicia divina, profundamente distinta de la humana. Dios ha pagado por nosotros en su Hijo el precio del rescate, un precio verdaderamente exorbitante. Frente a la justicia de la Cruz, el hombre se puede rebelar, porque pone de manifiesto que el hombre no es un ser autárquico, sino que necesita de Otro para ser plenamente él mismo. Convertirse a Cristo, creer en el Evangelio, significa precisamente esto: salir de la ilusión de la autosuficiencia para descubrir y aceptar la propia indigencia, indigencia de los demás y de Dios, exigencia de su perdón y de su amistad.

Se entiende, entonces, como la fe no es un hecho natural, cómodo, obvio: hace falta humildad para aceptar tener necesidad de Otro que me libere de lo “mío”, para darme gratuitamente lo “suyo”. Esto sucede especialmente en los sacramentos de la Penitencia y de la Eucaristía. Gracias a la acción de Cristo, nosotros podemos entrar en la justicia “más grande”, que es la del amor (cf. Rm 13,8-10), la justicia de quien en cualquier caso se siente siempre más deudor que acreedor, porque ha recibido más de lo que podía esperar.

Precisamente por la fuerza de esta experiencia, el cristiano se ve impulsado a contribuir a la formación de sociedades justas, donde todos reciban lo necesario para vivir según su propia dignidad de hombres y donde la justicia sea vivificada por el amor.

Queridos hermanos y hermanas, la Cuaresma culmina en el Triduo Pascual, en el que este año volveremos a celebrar la justicia divina, que es plenitud de caridad, de don y de salvación. Que este tiempo penitencial sea para todos los cristianos un tiempo de auténtica conversión y de intenso conocimiento del misterio de Cristo, que vino para cumplir toda justicia. Con estos sentimientos, os imparto a todos de corazón la bendición apostólica.

Vaticano, 30 de octubre de 2009
BENEDICTUS PP. XVI

© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana

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Saturday, April 11, 2009

EL MISTERIO DE LA CRUZ

Carta pastoral del obispo de León (Nicaragua)
Mnsr. Bosco Vivas Robelo
3 de Abril de 2009
Pascua, 2009.

Al Clero Diocesano
A los Religiosos y Religiosas
A los Catequistas y Delegados de la Palabra
A toda la Feligresía Diocesana

Queridos hermanos y hermanas:

Agradecidos a DIOS PADRE que nos hace vivir en nuestra Iglesia Diocesana la hermosa experiencia sinodal de caminar juntos con María Santísima a un encuentro personal y vivo con Nuestro Señor JESUCRISTO y experimentando en nosotros y sobre nuestra IGLESIA la asistencia del Espíritu Santo, he querido escribirles esta Carta acerca del misterio de la Pasión del Señor y de la Santa CRUZ, carta que durante mucho tiempo he venido preparando como fruto de la meditación y de la oración sobre esas verdades de la fe en las que pienso con frecuencia, y que personalmente me han hecho mucho bien espiritual.

La cercanía de las fiestas solemnes de la Pascua en las que el Misterio de la Pasión y muerte en la Cruz de Nuestro Señor es algo central en la Liturgia ya que una vez que el VERBO DIVINO se hace CARNE en el vientre virginal de SANTA MARÍA, Él puede ofrecer el sacrificio de su Cuerpo y de su Sangre en la Cruz para redimirnos del pecado y para hacer posible que ese Cuerpo y esa Sangre se nos entreguen como alimento de vida eterna en la Eucaristía. Además, es de la Cruz que bajan el Cuerpo muerto del Señor para sepultarlo y de esa manera, -garantizada la muerte de Cristo,- se manifestó el poder divino en la RESURRECIÓN que se convierte así en garantía de la Divinidad de JESUCRISTO y en motivo supremo de esperanza para quienes creemos en Él aceptando el testimonio de los Apóstoles que es claro y decisivo para la Iglesia. (Cf. Jn. 1, 14; Heb. 10, 5-10) (Cf. 1 Cor. 15, 12-26). (Cf. 1 Cor. 15, 12-26; Jn. 19, 35-36 y 20, 8-9; Hech. 2, 22-24; 1 Pe. 1, 3-5; Ap. 1, 4-8).

Si en esta carta insisto especialmente sobre el misterio de la Cruz, es para que, guiados por la Sabiduría Divina que Dios da a los que se le acercan con humildad (Cf. Mt.11, 25-27), entremos al discipulado del Maestro Divino que nos enseñará sus secretos de amor más profundos y nos hará saborearlos para lograr convertirlos en vida como lo han hecho los santos y santas en la Iglesia.

Pero también les quiero hablar de la Cruz de Cristo, porque, según el apóstol San Pablo, la Cruz es una fuerza de Dios que efectivamente salva. (cf 1 de Cr 1,17, 25). Y los nicaragüenses, rodeados de densa oscuridad a causa de tantos problemas de toda índole, necesitamos ser salvados por Cristo de todos estos males ya que por nuestras solas fuerzas nos es imposible. El demonio ha logrado entrar en muchos corazones y en muchos hogares y solamente la Gracia que nos mereció Jesús en su pasión y con su resurrección nos harán experimentar que efectivamente todo es posible para el que tiene fe y que todo lo podemos con Cristo que nos fortalece (Flp.4, 13). En las circunstancias actuales de la nación con tantas familias viviendo la angustia de una economía hogareña precaria, y, en muchísimos casos, hasta de pobreza extrema, es muy común desgraciadamente que se tensionen las relaciones de unos con otros dentro del mismo núcleo familiar y en la misma sociedad humana, llegándose incluso a la impaciencia que se trasforma en cólera, en violencia verbal o física. Especialmente contra los más débiles como son las mujeres y los niños, los ancianos y enfermos.

Se llega a esta situación extrema porque, a las normales preocupaciones y a las comprensibles tensiones emocionales se junta un enfriamiento en la vida espiritual causado por la lejanía de Dios, a causa del pecado, a la falta de oración y, en una palabra, al endurecimiento del corazón motivado por la crisis de la fe o el abandono de la misma.

Yo quiero decirles, hermanos y hermanas, que no es en la búsqueda de los placeres, ni en el alcoholismo o en el uso vicioso de las drogas, ni matando la sensibilidad humana (a lo que puede llevarnos el afán de ver u oír noticias aberrantes y escandalosas de sexo y de violencia y también de contenido satánico en algunos casos); no es en estas cosas, repito, que encontraremos serenidad y lucidez para buscar soluciones. Es la ayuda de Dios, es a Jesucristo a quien debemos buscar. Es dejándonos atraer hacia su cruz como podremos superar problemas y realizar obras de transformación hacia el bien en las familias y en el país. Por lo demás es verdad que a mayores males que nos golpean hay gracias mayores para superar esos males. Recordemos que “donde abundó el pecado sobreabundo la gracia.” ( Rm. 5, 15-20 ).

Les invito a todos ustedes, hermanos y hermanas, a entrar en el Corazón de la Virgen María para poder, desde allí, contemplar fijamente con profundidad y con amor agradecido, las insondables riquezas del Corazón de su Divino Hijo y recibir de Él la invitación a estar en su intimidad y cenar con El ( Ap.3. 20).

I PARTE: LA CRUZ ES PRUEBA DEL AMOR DE DIOS

Es cierto y debe considerarse de fe el que el Amor de Dios se manifiesta en la muerte de su Hijo en la Cruz: “De tal manera amó Dios al mundo que entregó a su Hijo para que el mundo se salve creyendo en Él” (Jn.3, 16).

1. La Cruz en la vida

Es admirable e impresiona fuertemente el constatar que la cruz, con toda su historia infamante y atrocidad como instrumento de suplicio, haya llegado a ser para la Iglesia Católica algo no sólo valioso sino incluso algo bello, sagrado y amado. La razón para que esto suceda es porque la cruz fue elegida por el Hijo de Dios como la manera más adecuada según su sabiduría divina (que es totalmente opuesta a la sabiduría del mundo) para entregar en ella libremente su vida por nosotros y por nuestra salvación.

Emociona pensar que en la cruz -convertida en trono real- es donde Jesucristo quiere que lo contemplemos y nos sintamos atraídos hacia Él (Cf. Jn. 8, 12).

Viendo sufrir a Jesús en la cruz nosotros, hombres y mujeres de la tierra, podemos sentirnos comprendidos y amados por Él (ya que el sufrir por alguien es signo de amor verdadero). “Nadie tiene mayor amor que el que da la vida por los que ama”(Jn. 15, 13). Pero además, el hecho de que el Hijo de Dios sufra, nos garantiza que la experiencia de dolor y de sufrimiento de Cristo ha santificado el sufrimiento humano y le ha dado al dolor la capacidad de ser medicina e incluso victoria sobre los males que nos aquejan incluyendo a la misma muerte. (Cf. Juan Pablo II, SD, 16,19).

Debo decir, no obstante que sería ofender a Dios el pensar que a Él, -Padre, Hijo y Espíritu Santo,- le agrade vernos sufrir o que sea indiferente a nuestros sufrimientos y sea sordo a nuestros gritos de auxilio y de súplica (Cf. Sal. 85).

El mal, el dolor y la muerte no han sido creados por Dios; somos nosotros, (los seres humanos) los que, desobedeciendo a Dios por el pecado los integramos a nuestra existencia terrena. Dios con su Sabiduría infinita y su omnipotencia ha sacado del mal el bien, del dolor la redención y de la muerte la vida eterna feliz y, todo esto, gracias a Jesucristo el Señor.

Así como las penas que sufrimos por las personas que queremos manifiestan la seriedad y la profundidad del amor que les tenemos y así como ese sufrimiento por los que amamos hace que ese sentimiento amoroso sea más puro y noble, así podemos decir que el dolor y todos los sufrimientos de esta vida y las contrariedades que el dolor conlleva (si son asumidos por la fe en el amor de Dios y ofrecidos a Él como respuesta de amor a su amor), nos conducen a la madurez espiritual, a la santidad por medio de la bendita infancia espiritual que no es otra cosa sino vivir en toda ocasión, alegre o triste, en la Voluntad Divina como lo hizo la Virgen Santísima.

Efectivamente esta infancia espiritual es una manera de hacer efectiva en nosotros la salvación que nos ha conseguido la Sangre de Cristo y es también una oportunidad de cooperar como excepcionalmente lo hizo la Virgen y como lo han hecho los santos, a la salvación del prójimo y esto es así porque nuestro dolor y enfermedad unidos a la pasión de Cristo sacan eficacia para el bien de toda la Iglesia y del mundo entero. (Cf. Col 1, 24)

No quiero pasar por alto lo que podríamos llamar dolores o sufrimientos espirituales como son las congojas del alma, el asedio de las tentaciones con el peligro de traicionar al Señor, también la contrición de haberle ofendido y las mortificaciones voluntarias o no. Estas son “cruces” que, unidas a la de Jesús y por virtud de su pasión, fortalecen el alma y garantizan la victoria sobre el demonio y el mal del mundo; se puede constatar, que estas “cruces” originan muchas veces alegrías espirituales inexpresables.

2. La Cruz en la Biblia

Sabemos que en las Sagradas Escrituras Dios nos habla su Palabra Divina en lenguaje humano, es decir, comprensible para nosotros si dóciles al Espíritu Santo y obedientes al Magisterio de la Iglesia, nos disponemos a escucharlo.

En el Antiguo Testamento Jesucristo es anunciado como Siervo sufriente de Dios, (Cf. Is. 49, 3) de Corazón manso y humilde (Cf. Zac. 9, 9), perseguido (Os.11, 1), traspasado por el pecado del mundo y con las manos y pies taladrados por clavos (Cf. Is. 46; 54; Sal. 22) elevado en un madero (Num. 21, 8), Victima que se ofrece sobre la madera que El mismo carga (Cf. Gen. 22, 6-8) y Victima sacrificada cuya sangre salva de la muerte y cuya carne sirve de alimento (Cf. Ex.12, 1-14). Jesús es anunciado como Dios con nosotros (Is. 7, 14) como un ser humano –Hijo del hombre- que es llevado a la muerte como Cordero (Cf. Dan. 7, 9-14; Is. 53, 7) y que vendrá con gloria a renovar la historia y el mundo entero; como heredero del trono de David (2 Sam. 7, 1) nacido de una Virgen (Cf. Is. 7, 14) y como vencedor de la muerte (Cf. S. 18, 6; s. 16, 8-11; Sal. 110, 1) El Mesías Hijo de Dios (Sal. 2, 1-2).

En el Nuevo Testamento tenemos la constatación del cumplimiento de estas Escrituras. En realidad en Jesucristo toda la revelación de la Antigua Alianza llega a su culmen y todo lo anunciado por los profetas se aclara y se cumple.

En nuestro Credo, que resume la doctrina de la fe Católica confesamos que Cristo, murió y resucito según las Escrituras por nosotros y por nuestra salvación.

Quien por la fe descubre ese “excesivo” amor y cree en él, llega a experimentar que toda sabiduría de este mundo es necedad y que lo que mas importa es la sabiduría divina que consiste en saborear el amor de Cristo crucificado (Cf. 1. Cor. 2, 2) porque fue en la Cruz que el clavó el documento que nos acreditaba como esclavos del diablo y lo borró con su propia Sangre (Cf. Col. 2, 14). De esta manera se nos enseña que Cristo nos amo cuando nosotros éramos sus enemigos.

Es tan inmenso este sacrificio de Amor de Jesucristo por nosotros que El ha querido perennizarlo en el memorial que nos mandó celebrar,(en la Eucaristía) en el cual, por lo demás, se llega al colmo del amor que consiste el unirse al Amado comiéndolo sacramentalmente y haciéndose así una sola cosa con El. (Cf. Cor.11, 26)

Fue precisamente para esta HORA que el Verbo se hizo Carne (Jn.1, 14) tal como Jesús lo afirmó en diversas oportunidades (Cf. Jn. 2, 4; Jn.3, 19; 8, 21; 11, 9).

3. La Fe de la Iglesia

Esta es una enseñanza segura que, si la hacemos nuestra por la fe y el amor, es capaz de salvarnos: la Cruz es Sabiduría de Dios y es Fuerza de Dios que nos consigue el perdón y la vida eterna. Si con El morimos, viviremos con El (2 Tim. 2, 11).

La Iglesia siempre ha enseñado, fundamentando su Magisterio en la Biblia, que si es cierto que el pecado nos hace desagradables para Dios e incluso nos aleja de Él, los infinitos méritos de Cristo son más poderosos que todos los males y que todos los pecados y, por lo tanto (dados esos meritos a nosotros por la Gracia y Sacramentos de la Iglesia) son capaces de conseguir para nosotros el perdón y hacernos así no sólo agradables en su presencia sino también participes de su naturaleza divina (Cf. 2 Ped. 1, 4).

Por lo tanto, estemos convencidos de que todo lo que pueda darnos miedo o perturbar nuestra vida o hacer nuestra existencia desdichada o amargarnos el alma, no puede ser mayor que el Amor de Jesucristo que nos asegura el remedio y la salvación de todos los males señalados.

Quien tuvo amor para perdonar a quienes lo crucificaban con mayor razón tendrá amor para recibir y perdonar a quienes lo miramos elevado en la cruz y lo invocamos con confianza. (Cf. Lc. 23, 34; Lc. 23, 40-43)

II PARTE: LA CRUZ SABIDURIA DIVINA

Quien contempla a Cristo crucificado con fe viva se pone en camino seguro para llegar a conocer las insondables riquezas del Corazón de Jesús y experimentar la fuerza que tiene esa “locura divina” que es más sabia que los hombres y esa “debilidad divina” que es más fuerte que los hombres” (1 Cor. 1, 25).

La Cruz: Secreto Divino

Pero una vez que hemos mirado a Aquel que fue traspasado por nuestros delitos y hemos conocido por sus llagas la inmensidad de su caridad para con nosotros, es indispensable implorar, en oración constante y confiada al Espíritu Santo, el don de la perseverancia en el amor a Dios y la gracia de la fortaleza para testimoniar que somos discípulos de Cristo, haciendo que sea realidad en nosotros la salvación que Jesucristo quiere darnos y que tanto sufrimiento le acarreó (Cf. 1 Tim. 2, 4-4) (Cf. Col. 4, 2-5).

Estas verdades meditadas y aceptadas en el corazón nos darán mucha serenidad y nos irán conduciendo a la paz interior, de tal manera que aunque ruja la tormenta de traiciones, tentaciones, dudas y problemas, la barca de nuestra existencia estará protegida por la paternal Providencia de Dios y hasta podremos llegar a decir con San Pablo; “nada ni nadie nos podrá apartar del Amor de Dios manifestado en Cristo Nuestro Señor” (Rom. 8, 35-39) “Por lo demás, hermanos y hermanas, sabemos que en todas las cosas interviene Dios para bien de los que le aman” (Rom. 8, 28).

Maestra excepcional por su experiencia única en vivir la Palabra (Cf. Lc. 38; Lc. 1, 45; Lc. 11, 27-28) es la Madre del Señor; Ella es además, por voluntad de Jesús, Madre nuestra que nos mira, nos ama y nos ayuda. De nadie mejor que de Ella podemos aprender a escuchar y a poner en práctica la Palabra de Dios. Nadie mejor que ella nos conseguirá la dicha de encarnar en nosotros la Palabra.

Dice Jesús que el PADRE revela sus secretos más íntimos a los humildes. (Cf. Mt. 11, 25-26). Conocer los secretos divinos es la verdadera Sabiduría que Dios da a los que llama al seguimiento de su Hijo. Se puede decir que es el ESPIRITU SANTO el que nos hace vivir en CRISTO. Es tan grande esta dicha de la comunión con Cristo que, quien la consigue, está dispuesto a perderlo todo antes que perder o traicionar al Señor (Cf. Rom. 8, 14-15) (Cf. Fil. 3, 7-11).

La Cruz: Camino de Santidad

Pues bien, un camino de salvación que no se presta a engaño a causa de la profunda humildad que exige y que por lo tanto, es imposible que el demonio, espíritu esencialmente soberbio, pueda falsearlo o falsificarlo, es el amor a la Santa Cruz de Jesucristo; mejor aun: El amor a Jesucristo crucificado. Esta es una constatación que los santos y santas de la Iglesia Católica nos ofrecen.

San Juan de Ávila escribe que si alguien se condena no es porque no tenga quien le libere de la eterna ruina. En efecto, Jesucristo nos consiguió el poder ser liberados del mal y de la perdición, si tomamos para nosotros sus méritos infinitos y los hacemos nuestros por la fe, la esperanza y la caridad.

En la cruz demostró Jesús que nos amo más de lo que sufrió, es decir, que tenia amor suficiente para padecer hasta el fin del mundo si hubiera sido necesario. Así explican algunos escritores de la Iglesia la herida del Corazón de Cristo causada después de su muerte por la lanza del soldado; herida de la que salió Sangre y agua y que fue la manifestación de que nos seguía amando aun después de muerto. (Cf. Jn.19, 34).

San Francisco de Sales dice que el amor de Jesús fue tan intenso que, si nos acercamos a El, sentiremos que ese amor tiene una fuerza tal que nuestros corazones se oprimirán de tal modo que de ellos tendrá que salir un amor tan violento que cuanto es más fuerte es tanto más deleitoso.

San Alfonso María de Ligorio por su parte explica la institución de la Eucaristía, memorial de su Pasión, como el más amoroso invento del Redentor a favor de sus criaturas humanas ya que por la Santa Misa podemos realmente hacer nuestro el Amor de Jesús.

Hermosa es en este sentido, la enseñanza del Papa Juan Pablo II en su Carta sobre la Eucaristía: “En el memorial del Calvario esta presente todo lo que Cristo hizo en su Pasión y con su muerte. Por lo tanto no falta lo que Cristo ha realizado también para con su Madre en nuestro favor. A ella en efecto, le entrega a su discípulo predilecto y, en ese discípulo, nos entrega a cada uno de nosotros diciéndole “He ahí a tu Hijo: De la misma manera nos dice a cada uno de nosotros: He ahí a tu Madre”. (J.P.II, EE, 57).

III PARTE: LA CRUZ BUENA NUEVA

Dios no prueba a sus hijos más allá de lo que puedan resistir ni permite que la tentación sea más fuerte que su gracia. La razón de esto es porque Dios es un Padre Bueno que da su Espíritu Santo y con El, todos los bienes necesarios para la salvación a sus hijos que le piden esos dones en nombre de su Hijo Jesucristo.

La Cruz es Medicina

Por lo tanto, hermanas y hermanos, no debemos ni siquiera pensar jamás, habiendo muerto Jesucristo por nosotros, que Dios se comporte como si fuéramos sus enemigos, o que su mirada nos vigila para descargar su castigo sobre nosotros en el instante que fallamos o caemos en el pecado. Tampoco es cierto que a Dios le agrade vernos sufrir.

Según la Biblia Dios es un “Padre rico en misericordia, lento a la cólera y rápido para perdonar”. Si, como Buen Padre que es, tiene que corregir nuestros errores lo hace “no como merecen nuestros pecados”. Sus sanciones siempre serán medicinales para curarnos de nuestras enfermedades espirituales y para fortalecernos cuando nos toque llevar la cruz detrás de Jesús.

Este amor se hace incluso misericordia cuando Dios trasforma nuestros males (los sufrimientos, dolores, caídas en el pecado, vicios, limitaciones de toda índole y hasta la misma muerte), en bienes (la virtud, la purificación espiritual, la liberación del pecado, la alegre experiencia de la gracia y también los dones del Espíritu Santo, la devoción mariana y hasta la vida eterna).

Dios es capaz, pues, de sacar el bien aún del mal. Saber esto debe levantar los corazones a la esperanza…. Todo es posible para quien, como la Virgen Maria, cree en la Palabra de Dios y se entrega en obediencia de amor a servir al prójimo.

La Cruz es Vida

Para toda persona que se acerque a Cristo hay un ofrecimiento de vida abundante. Para darnos esta Vida vino Jesús al mundo. (Cf. Jn.10, 10).

Estemos, pues, convencidos de que a mayor acción del demonio, más fuerte será la ayuda divina y la acción de su gracia en nuestros corazones, en nuestras familias y nuestra Diócesis y en todo el País.

Se puede afirmar también que en toda crisis hay algún aspecto que puede considerarse positivamente ya que nos ofrece la ocasión de realizar acciones solidarias en favor de los demás y de dialogar leal y sinceramente para llegar a consensos que nos permitan superar obstáculos de cualquier clase y prevenir situaciones extremas. De este modo podemos “vencer el mal con el bien” (Rm. 12, 21).

Puedo asegurar que si nos revestimos de humildad nos estamos colocando en el camino adecuado para vislumbrar soluciones realistas y eficaces. Así será con la bendición del Señor, cuyo Pueblo somos.

Cierto es que el esfuerzo que tengamos que hacer nos exige sacrificios; sacrificios que, a veces, podrían ser como pesadas cruces. No olvidemos, sin embargo, que esa cruz, esa carga se hará ligera y llevadera si la asumimos como una manera de responder al Señor Jesucristo que nos invita a ir hacia El en los cansancios y agobios. (Cf. Mt. 11, 28-30). Bien dijo S. Teresa de Jesús que si nos resistimos a llevar la cruz nos será muy pesada pero que si nos decidimos a tomarla, es cierto que se nos hace llevadera.

Quizás nos sorprenderíamos de lo que es capaz la acción de Dios cuando un pueblo (Cf. Sal. 81, 14-15) que cree en El, da testimonio de su fé. Seriamos testigos de verdaderos milagros si realmente creemos. (Cf. Sal. 81, 14-15)

Entonces con la admiración de sentir a nuestro Dios actuando visiblemente en nuestra historia, confesaríamos con el apóstol: “Lejos de nosotros gloriarnos en otra cosa que no sea la cruz de Jesucristo” (Gal. 6, 14)

La Cruz es Luz

Nos levantará el animo saber que aunque el pecado, desgraciadamente, llegara a entrar en nuestra vida, en nuestro hogar y en la sociedad eclesiástica o nacional no llegará nunca el demonio a posesionarse totalmente ni del alma, ni de la familia, ni de las comunidades eclesiales o grupos sociales si, como la Iglesia lo pide (sobre todo en estos días de cuaresma y pascua), buscamos al Señor y, con María Santísima, nos colocamos junto a la cruz en perseverante oración.

Sabiendo, pues, que el Evangelio como luz que es, brilla más en las tinieblas; así también debemos estar ciertos que la Buena Nueva se escucha mejor en épocas difíciles como la nuestra. Les animo por tanto a seguir trabajando para llevar a feliz culminación el II Sínodo Diocesano y a no dejar pasar oportunidades de dar testimonio de Cristo y de invitar a todos con alegría y audacia, a poner la mirada en Cristo muerto y Resucitado que es el único que tiene Palabra de Vida eterna (Cf. Jn. 6, 67-68).

Nuestro anuncio debe hacerse no como lo hacen los enemigos de la cruz del Señor ofreciendo riquezas, bienes materiales o felicidades falsas fundamentadas en sabiduría y bienes mundanos que terminan decepcionando a quienes han puesto su esperanza en esas cosas, sino más bien proclamando valientemente a Cristo crucificado por nuestros pecados y resucitado para nuestra justificación.

Les repito que la verdad del amor de Dios, su misericordia para con nosotros, se prueba con la verdad de la pasión y de la muerte en Cruz de su Hijo. También nosotros tenemos que demostrar nuestro amor al Señor llevando (con su gracia que nunca nos falta) grabada en nuestro espíritu la Pasión de Cristo.

Apostolado de la Cruz

Nunca se pierde, pues, el trabajo y los sufrimientos padecidos con amor. Por el bautismo llegamos a hacer nuestra la muerte de Cristo (muriendo al pecado) e igualmente su resurrección (la vida de la gracia que es semilla de vida eterna).

Además por el bautismo y la confirmación podemos estar ciertos que todo lo que hacemos, sufrimos y trabajamos, llega a ser no solo bendecido por Dios, sino una actividad santa y santificadora para nosotros y para el prójimo.

Habiendo nacido por el bautismo a la vida de la gracia se nos invita a ponernos a salvo de la perversidad del mundo y esto lo hacemos mediante el cumplimiento de los compromisos bautismales. Este tiempo de cuaresma y el tiempo Pascual especialmente son propicios para revisar nuestro compromiso con Cristo y con la Iglesia (Cf. Hech. 2, 37-40).

Siguiendo el ejemplo de la primitiva Iglesia dispongámonos a cumplir la misión encomendada por el Señor, no nos ausentemos de nuestras Asambleas Eucarísticas para que así no decaigamos en la caridad y en el servicio eclesial siempre bajo la mirada de María, la Madre de Jesús. (Cf. Hech 1,14).

Sabiendo que un corazón enamorado es el más dispuesto a sacrificarse si fuera necesario por el ser querido, amemos a Jesucristo y cumpliremos mejor con el apostolado misionero. Pero también es cierto que si trabajamos en la misión eclesial ese mismo trabajo, hará más intenso nuestro amor al Maestro.

Les recuerdo que tendremos que dar cuenta a Dios de los dones recibidos entre los que el ser cristiano católico es un don de privilegio. ¡Hay de nosotros si no evangelizamos ¡(Cf. 1, Cor. 9, 16)

IV PARTE: JUNTO A LA CRUZ ESTABA SU MADRE

Nadie como la Santísima Virgen María está unida a la Cruz de Cristo, su Hijo. Cuando el anciano Simeón anuncio a la Madre de Jesús la Pasión que le esperaba al Niño Dios, le dio a conocer el lugar que ella debía ocupar, por voluntad de Dios, en el misterio de la Redención: su dolor unido al de Jesucristo y causado precisamente por el mismo Hijo que sufre, era parte del plan de Dios que la quería corredentora junto a la cruz. (Cf. Lc. 2, 34-35)

La Virgen en el Misterio de Cristo.

Aunque Jesucristo realiza la Salvación del género humano Él solo y aunque su obra redentora tiene una capacidad infinita de salvación, no obstante, el designio divino era que la Madre del Mesías que le dio al Verbo la naturaleza humana capaz de sufrir y morir, debía unirse (obediente a la voluntad divina) al sacrificio de Jesús, dejando a un lado sus derechos de Madre y aceptando positivamente la pasión y muerte de su Hijo. (Cf. LG, 58; Jn, 1, 12; Jn. 19, 25;)

Bellísima es la afirmación del Papa Juan Pablo II que escribe en su Encíclica sobre la Madre del Redentor: “Su Hijo agoniza en la cruz….¡Cuan grande, cuan heroica de esos momentos es la obediencia de la fe demostrada por María ante los insondables designios de Dios! ¡Como se abandona en Dios sin reservas, prestando el homenaje del entendimiento y de la voluntad de Aquel cuyos designios son inescrutables! Y, a la vez, ¡cuán poderosa es la acción de la gracia en su alma! ¡Cuán penetrante es la influencia del Espíritu Santo, de su luz y de su fuerza! (RM 18).

En la Encíclica sobre el dolor humano el Papa escribe que en Nuestra Señora “los numerosos e intensos sufrimientos fueron prueba de su inquebrantable fe, fueron también una contribución a la redención de todos”….Fueron una participación del todo especial en la muerte redentora del Hijo” (SD,25).

En palabras de S. Luis de Montfort “Dios Hijo comunicó a su Madre todo lo que El había adquirido por su vida y su muerte, sus infinitos méritos y sus virtudes admirables y la hizo tesorera de todo cuanto el Padre le había dado en herencia”.

La Virgen Madre de la Iglesia

Porque las obras de Dios son perfectas y armónicas la maternidad proclamada por Jesús desde la cruz al decir “Mujer, ahí tienes a tu hijo”, “Ahí tienes a tu madre” (Jn.19, 26-27) no tiene fin y se continua ahora con nosotros como una “Mediación Materna” (RM 40) ya que, como enseña el Concilio Ecuménico Vaticano II: “con su amor materno cuida de los hermanos de su Hijo que todavía peregrinan y se hallan en peligro y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada” (LG. 62)

Muchas veces en mis años de Obispo de esta amadísima Diócesis de León y Chinandega les he hablado y escrito acerca de la Virgen María, Nuestra Señora. No me es posible, ni lo deseo, callar lo que considero que es parte importante del Evangelio: La presencia de la Virgen Inmaculada en la vida de Cristo y en su actividad redentora; la presencia de la Madre de Jesús en la vida y acción de la Iglesia Católica (Hch. 1,14); la presencia maternal y el socorro eficaz de la que es invocada confiadamente por los que caminan hacia la imitación de Cristo y por los que quieren salir del pecado y soltar las amarras de los vicios que les impiden caminar hacia el Señor.

Dan testimonio de todo esto las generaciones cristianas representadas por los que han vivido el Evangelio: los santos y santas de la Iglesia.

No olvidemos que es voluntad de Cristo que le hagamos a la Madre suya y nuestra, un espacio importante en nuestra vida y que es el mismo Espíritu Santo quien nos hace clamar a Dios llamándolo “Padre” (Gal,4, 6-7), el que nos da sentimientos filiales hacia la Madre del Señor y Madre de la Iglesia ( Cf. LG.53 y 61) poniendo en nuestros labios y el corazón la palabra “Madre”.

Pues bien, hermanos y hermanas: como la Virgen María estuvo al pie de la cruz para recibir de su Hijo y Maestro las últimas lecciones que El impartía desde la cátedra y altar del sacrificio, busquemos siempre, como el discípulo amado y las piadosas mujeres, la compañía de Santa María para contemplar al Divino Salvador del mundo en la cruz y escucharle y para que, (siempre que nos sea posible) conversemos con Jesús sacramentado y nos unamos a El en la celebración Eucarística, memorial de la muerte y Resurrección del Señor Jesús.

CONCLUSION: EL CRUCIFICADO HA RESUCITADO. ¡¡ALELUYA!!

Meditando la pasión y muerte de Cristo, hermanas y hermanos, se produce en nosotros los cristianos estupor pero no miedo; conmoción pero no repugnancia; dolor pero no desesperación. Al contemplar con amor al Crucificado desearíamos tener la capacidad de sostener la mirada de fe hasta entrar a través de la herida del costado (Jn. 19, 31-36) y permanecer en el Corazón de Jesús y esto que digo no es porque el dolor y el sufrimiento sean por si mismos atractivos, ni porque ante tanto conflicto y situaciones limites del corazón humano queramos evadirnos; todo lo contrario: del reposo en el Corazón de Cristo con María (que vive en ese Corazón), sacaremos con gozo (Cf. Is. 12, 3) el agua – que nos recordará el Bautismo y la fuerza para cumplir los compromisos adquiridos en el sacramento - y la Sangre para purificarnos en el Sacramento de la penitencia y para darnos en la Eucaristía los sentimientos del mismo Cristo en la lucha por la transformación del mundo. (Cf. Fil. 2,5)

Para el que no tiene fe, el ver a Cristo crucificado le puede producir un sentimiento espantoso – aun en estos tiempos en los que nos estamos acostumbrando a ver en las noticias sensacionalistas, en las distracciones y las películas y en los que se catalogan juegos para niños- imágenes aberrantes, monstruosas, repulsivas y hasta satánicas. Aun ahora la Cruz es escándalo y locura para el mundo (Cf.1 Cor.1, 18) como lo era en tiempos del apóstol Pablo. Pero para nosotros, los que tenemos fe y creemos que Jesucristo es el Hijo de Dios, la meditación y la representación en imágenes o pinturas, de Cristo en agonía, muerto en la cruz o en brazos de su Madre, suscita – y esto es una muestra de lo que puede la fe,- paz, dulzura, confianza, satisfacción ante una belleza sobrehumana, fuerza para realizar obras que realmente contribuyan al cambio social, político y económico del país y a un compromiso eclesial humilde y alegre.

Precisamente este cambio y trasformaciones de que hablo deben ser la manera mas decisiva para que los cristianos demos testimonios de la victoria sobre la muerte, es decir de la Resurrección de Cristo.

Toda la luz que irradiaba la vida y la enseñanza de Cristo; luz que momentáneamente se oscureció en las horas de la pasión y muerte y sepultura del Señor, llega a ser en su Resurrección una claridad triunfal y apacible, indescriptible por su capacidad de alumbrar sin dañar (a pesar de su potencia) hasta las fibras mas intimas del ser humano y de producir gozo, fortaleza y una sensación maravillosa de libertad interior, todo lo cual es la mejor disposición para trabajar en la Misión que consiste en entregar a otros la luz de la fe.

Cristo esta vivo. Si El no hubiera resucitado vana seria nuestra fe. Si hemos muerto con Cristo al pecado por el Bautismo, también por ese mismo sacramento o por el sacramento de la Reconciliación, resucitaremos a una vida nueva.

Que la Palabra de Cristo habite en ustedes con toda su riqueza (Col. 3, 16).

Con la mirada puesta fijamente en Cristo podemos decir con la Iglesia “Feliz la culpa que nos mereció tal Redentor”.

Con mi bendición,

FELICES PASCUAS DE RESURECCION
León 3 de Abril de 2009

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Saturday, February 14, 2009

Mensaje de Benedicto XVI para la Cuaresma 2009

"Jesús, después de hacer un ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre"

CIUDAD DEL VATICANO, martes, 3 de febrero de 2009 (ZENIT.org).- Publicamos el mensaje que ha escrito Benedicto XVI para la Cuaresma 2009 que lleva por título "Jesús, después de hacer un ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre" (Mateo 4, 2).

¡Queridos hermanos y hermanas!

Al comenzar la Cuaresma, un tiempo que constituye un camino de preparación espiritual más intenso, la Liturgia nos vuelve a proponer tres prácticas penitenciales a las que la tradición bíblica cristiana confiere un gran valor ! la oración, el ayuno y la limosna ! para disponernos a celebrar mejor la Pascua y, de este modo, hacer experiencia del poder de Dios que, como escucharemos en la Vigilia pascual, "ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos" (Pregón pascual). En mi acostumbrado Mensaje cuaresmal, este año deseo detenerme a reflexionar especialmente sobre el valor y el sentido del ayuno. En efecto, la Cuaresma nos recuerda los cuarenta días de ayuno que el Señor vivió en el desierto antes de emprender su misión pública. Leemos en el Evangelio: "Jesús fue llevado por el Espíritu al desierto para ser tentado por el diablo. Y después de hacer un ayuno durante cuarenta días y cuarenta noches, al fin sintió hambre" (Mt 4,1-2). Al igual que Moisés antes de recibir las Tablas de la Ley (cfr. Ex 34, 8), o que Elías antes de encontrar al Señor en el monte Horeb (cfr. 1R 19,8), Jesús orando y ayunando se preparó a su misión, cuyo inicio fue un duro enfrentamiento con el tentador.

Podemos preguntarnos qué valor y qué sentido tiene para nosotros, los cristianos, privarnos de algo que en sí mismo sería bueno y útil para nuestro sustento. Las Sagradas Escrituras y toda la tradición cristiana enseñan que el ayuno es una gran ayuda para evitar el pecado y todo lo que induce a él. Por esto, en la historia de la salvación encontramos en más de una ocasión la invitación a ayunar. Ya en las primeras páginas de la Sagrada Escritura el Señor impone al hombre que se abstenga de consumir el fruto prohibido: "De cualquier árbol del jardín puedes comer, mas del árbol de la ciencia del bien y del mal no comerás, porque el día que comieres de él, morirás sin remedio" (Gn 2, 16-17). Comentando la orden divina, San Basilio observa que "el ayuno ya existía en el paraíso", y "la primera orden en este sentido fue dada a Adán". Por lo tanto, concluye: "El ‘no debes comer' es, pues, la ley del ayuno y de la abstinencia" (cfr. Sermo de jejunio: PG 31, 163, 98). Puesto que el pecado y sus consecuencias nos oprimen a todos, el ayuno se nos ofrece como un medio para recuperar la amistad con el Señor. Es lo que hizo Esdras antes de su viaje de vuelta desde el exilio a la Tierra Prometida, invitando al pueblo reunido a ayunar "para humillarnos ! dijo ! delante de nuestro Dios" (8,21). El Todopoderoso escuchó su oración y aseguró su favor y su protección. Lo mismo hicieron los habitantes de Nínive que, sensibles al llamamiento de Jonás a que se arrepintieran, proclamaron, como testimonio de su sinceridad, un ayuno diciendo: "A ver si Dios se arrepiente y se compadece, se aplaca el ardor de su ira y no perecemos" (3,9). También en esa ocasión Dios vio sus obras y les perdonó.

En el Nuevo Testamento, Jesús indica la razón profunda del ayuno, estigmatizando la actitud de los fariseos, que observaban escrupulosamente las prescripciones que imponía la ley, pero su corazón estaba lejos de Dios. El verdadero ayuno, repite en otra ocasión el divino Maestro, consiste más bien en cumplir la voluntad del Padre celestial, que "ve en lo secreto y te recompensará" (Mt 6,18). Él mismo nos da ejemplo al responder a Satanás, al término de los 40 días pasados en el desierto, que "no solo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios" (Mt 4,4). El verdadero ayuno, por consiguiente, tiene como finalidad comer el "alimento verdadero", que es hacer la voluntad del Padre (cfr. Jn 4,34). Si, por lo tanto, Adán desobedeció la orden del Señor de "no comer del árbol de la ciencia del bien y del mal", con el ayuno el creyente desea someterse humildemente a Dios, confiando en su bondad y misericordia.

La práctica del ayuno está muy presente en la primera comunidad cristiana (cfr. Hch 13,3; 14,22; 27,21; 2Co 6,5). También los Padres de la Iglesia hablan de la fuerza del ayuno, capaz de frenar el pecado, reprimir los deseos del "viejo Adán" y abrir en el corazón del creyente el camino hacia Dios. El ayuno es, además, una práctica recurrente y recomendada por los santos de todas las épocas. Escribe San Pedro Crisólogo: "El ayuno es el alma de la oración, y la misericordia es la vida del ayuno. Por tanto, quien ora, que ayune; quien ayuna, que se compadezca; que preste oídos a quien le suplica aquel que, al suplicar, desea que se le oiga, pues Dios presta oído a quien no cierra los suyos al que le súplica" (Sermo 43: PL 52, 320, 332).

En nuestros días, parece que la práctica del ayuno ha perdido un poco su valor espiritual y ha adquirido más bien, en una cultura marcada por la búsqueda del bienestar material, el valor de una medida terapéutica para el cuidado del propio cuerpo. Está claro que ayunar es bueno para el bienestar físico, pero para los creyentes es, en primer lugar, una "terapia" para curar todo lo que les impide conformarse a la voluntad de Dios. En la Constitución apostólica Pænitemini de 1966, el Siervo de Dios Pablo VI identificaba la necesidad de colocar el ayuno en el contexto de la llamada a todo cristiano a no "vivir para sí mismo, sino para aquél que lo amó y se entregó por él y a vivir también para los hermanos" (cfr. Cap. I). La Cuaresma podría ser una buena ocasión para retomar las normas contenidas en la citada Constitución apostólica, valorizando el significado auténtico y perenne de esta antigua práctica penitencial, que puede ayudarnos a mortificar nuestro egoísmo y a abrir el corazón al amor de Dios y del prójimo, primer y sumo mandamiento de la nueva ley y compendio de todo el Evangelio (cfr. Mt 22,34-40).

La práctica fiel del ayuno contribuye, además, a dar unidad a la persona, cuerpo y alma, ayudándola a evitar el pecado y a acrecer la intimidad con el Señor. San Agustín, que conocía bien sus propias inclinaciones negativas y las definía "retorcidísima y enredadísima complicación de nudos" (Confesiones, II, 10.18), en su tratado La utilidad del ayuno, escribía: "Yo sufro, es verdad, para que Él me perdone; yo me castigo para que Él me socorra, para que yo sea agradable a sus ojos, para gustar su dulzura" (Sermo 400, 3, 3: PL 40, 708). Privarse del alimento material que nutre el cuerpo facilita una disposición interior a escuchar a Cristo y a nutrirse de su palabra de salvación. Con el ayuno y la oración Le permitimos que venga a saciar el hambre más profunda que experimentamos en lo íntimo de nuestro corazón: el hambre y la sed de Dios.

Al mismo tiempo, el ayuno nos ayuda a tomar conciencia de la situación en la que viven muchos de nuestros hermanos. En su Primera carta San Juan nos pone en guardia: "Si alguno que posee bienes del mundo, ve a su hermano que está necesitado y le cierra sus entrañas, ¿cómo puede permanecer en él el amor de Dios?" (3,17). Ayunar por voluntad propia nos ayuda a cultivar el estilo del Buen Samaritano, que se inclina y socorre al hermano que sufre (cfr. encíclica Deus caritas est, 15). Al escoger libremente privarnos de algo para ayudar a los demás, demostramos concretamente que el prójimo que pasa dificultades no nos es extraño. Precisamente para mantener viva esta actitud de acogida y atención hacia los hermanos, animo a las parroquias y demás comunidades a intensificar durante la Cuaresma la práctica del ayuno personal y comunitario, cuidando asimismo la escucha de la Palabra de Dios, la oración y la limosna. Este fue, desde el principio, el estilo de la comunidad cristiana, en la que se hacían colectas especiales (cfr. 2Co 8-9; Rm 15, 25-27), y se invitaba a los fieles a dar a los pobres lo que, gracias al ayuno, se había recogido (cfr. Didascalia Ap., V, 20,18). También hoy hay que redescubrir esta práctica y promoverla, especialmente durante el tiempo litúrgico cuaresmal.

Lo que he dicho muestra con gran claridad que el ayuno representa una práctica ascética importante, un arma espiritual para luchar contra cualquier posible apego desordenado a nosotros mismos. Privarnos por voluntad propia del placer del alimento y de otros bienes materiales, ayuda al discípulo de Cristo a controlar los apetitos de la naturaleza debilitada por el pecado original, cuyos efectos negativos afectan a toda la personalidad humana. Oportunamente, un antiguo himno litúrgico cuaresmal exhorta: "Utamur ergo parcius, / verbis, cibis et potibus, / somno, iocis et arctius / perstemus in custodia - Usemos de manera más sobria las palabras, los alimentos y bebidas, el sueño y los juegos, y permanezcamos vigilantes, con mayor atención".

Queridos hermanos y hermanas, bien mirado el ayuno tiene como último fin ayudarnos a cada uno de nosotros, como escribía el Siervo de Dios el Papa Juan Pablo II, a hacer don total de uno mismo a Dios (cfr. encíclica Veritatis Splendor, 21). Por lo tanto, que en cada familia y comunidad cristiana se valore la Cuaresma para alejar todo lo que distrae el espíritu y para intensificar lo que alimenta el alma y la abre al amor de Dios y del prójimo. Pienso, especialmente, en un mayor empeño en la oración, en la lectio divina, en el Sacramento de la Reconciliación y en la activa participación en la Eucaristía, sobre todo en la Santa Misa dominical. Con esta disposición interior entremos en el clima penitencial de la Cuaresma. Que nos acompañe la Beata Virgen María, Causa nostræ laetitiæ, y nos sostenga en el esfuerzo por liberar nuestro corazón de la esclavitud del pecado para que se convierta cada vez más en "tabernáculo viviente de Dios". Con este deseo, asegurando mis oraciones para que cada creyente y cada comunidad eclesial recorra un provechoso itinerario cuaresmal, os imparto de corazón a todos la Bendición Apostólica.

Vaticano, 11 de diciembre de 2008

BENEDICTUS PP. XVI

[Traducción del original italiano distribuida por la Santa Sede
© Copyright 2009 - Libreria Editrice Vaticana]

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